La luz de su mirada - Libro Ii

Capítulo 3

El camino de "vuelta a casa" se me hizo muy ameno. La alegría predominaba en el ambiente y la psicoterapeuta no dejó de hablarme durante todo el trayecto para impedir que me dejase invadir por mis pensamientos, supuse. Ana me puso al corriente de todos los avances y logros obtenidos con el grupo de apoyo. Realmente se veía entusiasmada, como si mi regreso fuese la pieza que completaba el puzzle para que se sintiese plena. Detuvo el vehículo justo enfrente de la puerta de mi cabaña, los especialistas me habían aconsejado que me mantuviese un tiempo sin conducir el mío propio, así que mi coche debía estar resguardado en un garaje de la ciudad. En principio, mis días aquí me servirían como unas "pequeñas vacaciones" para una paulatina vuelta al mundo real.
Deshacerme de mis adicciones no significaba lo mismo que deshacerme de la carga emocional que los últimos acontecimientos habían desencadenado en mi vida. Ese era el verdadero motivo de alojarme en la cabaña, Ana quería estar cerca de mí y brindarme el apoyo psicológico que tanto necesitaba para cerrar ese capítulo. Pero... ¿de verdad quería olvidar por completo mi pasado? Desde que dejé de consumir drogas, me aferré a idealizar en mi mente cada recuerdo que atesoraba, intentando quedarme con lo bueno y desechando lo malo. Y como cabía esperar, Sandra y Clara se convirtieron en las protagonistas. Conforme recorría cada paso de aquella cabaña, las imágenes se proyectaban en mi mente. Todo en sí era un continua travesía de recuerdos, pero me detuve en dos de ellos...
—¿Has ordenado la casa? —le pregunté a Ana, que amablemente se había ofrecido a bajar mi equipaje.
—Sí —afirmó, como si no quisiera recordar el desorden que reinaba el día que la ambulancia vino a por mí.
—Me gusta la forma con la que has adornado el portafotos —señalé mi fotografía preferida con Sandra, aún se notaban las marcas de adhesivo en el marco. Ahora lucía rodeado con el pañuelo que un día le perteneció a Clara y del que yo me adueñé sin su consentimiento. Era como una forma de mantener unidas a las dos personas que marcaron mi vida.
—Si hay algo que no te guste, acomódalo como lo solieses tener —añadió intentando no tocar el tema, a sabiendas de que eso solo despertaría el dolor adormecido en mi pecho.
—Tranquila, está todo bien. Te agradezco el detalle que has tenido, siempre has confiado en mí y espero que vuelvas a hacerlo. Trabajaré para recuperarme —hablé desde lo más profundo de mi corazón.
—Sigo confiando en ti, Iván, y no te pongas melancólico o me harás llorar —rió restándole importancia a sus actos—. Tengo que irme, los chicos me esperan para su jornada de apoyo. Esta tarde me paso —agregó, despidiéndose desde el marco de la puerta.
La soledad nunca me aterró, si bien disponer de más tiempo libre solo servía para alimentar mi mente. El hambre de recuerdos me devoraba, cada rincón me hacía rememorar desde el primer hasta el último momento vivido en aquella casa. Y como si a mi cerebro le gustase jugar con fuego, reviví aquella fatídica noche en la que intenté poner fin a mi vida. Lo único que mi mente conseguiría sería probar mi capacidad de superación, de resiliencia. Porque si de verdad pensaba que volvería a caer en aquel infierno, se las tendría que ver conmigo. Yo mismo me demostraría que evadir la sensación de culpa no era una opción, sino que tendría que aprender a vivir con las consecuencias de mis actos y, lo más importante, sin dañar a las personas que me rodeaban y que tanto quería...

Dos años antes...

No podría irme de este mundo dejando que Clara se sintiese culpable por mi triste final. De modo que decidí enviarle un mensaje de texto. Si dejaba por escrito que no la amaba y que todo había sido una farsa, a la chica no le dolería mi ausencia. O, al menos, eso quise creer. Presioné las teclas de cada letra sintiendo cómo el alma se me iba rompiendo pedazo a pedazo... Si bien, yo tampoco sería capaz de irme sin pedirle perdón y recordarle su valentía. Yo carecía de tal cualidad, era un inútil que solo traía pesar a las vidas de quienes me rodeaban. Por eso solo me quedaba un sueño por cumplir... Que Clara viviese su vida y fuese feliz; eso era algo que yo nunca podría brindarle. Siempre mereció a alguien mejor que yo. "Te quiero, Clara", me dije a mí mismo después de presionar el botón de "enviar".
Esa fue mi forma de despedirme de ella, ya no le haría daño a nadie más. Tuve que renunciar a la vida que tanto soñaba para que la protagonista de ese sueño pudiese lograr labrarse el suyo propio. Jamás imaginé que aquella chica me robaría el corazón de esa forma, aunque ella misma me confesara que me hacía entrega del suyo propio. No me marcharía con esa carga, su corazón siempre debió pertenecerle, o al menos entregárselo a quien de verdad supiese cuidarlo. Me despojé de cualquier pensamiento que me hiciese cambiar de opinión, acaricié el tatuaje de mi clavícula con la letra "C", y con ese gesto me despropié de mi corazón. Una mezcla de sustancias pronto recorrió todo mi organismo. Era cuestión de tiempo que cayera inconsciente, lo que significaría el preludio de una muerte anunciada.
Sin embargo, la jugada que me tenía preparada el destino distaba mucho de los planes que yo mismo había trazado. Me sentía superado, a punto de desfallecer, cuando escuché en la lejanía a alguien golpeando fuertemente la puerta. Ana gritaba mi nombre desde el exterior, pero mi cuerpo ya no respondía a mis órdenes. Yo no podía dar más de mí, el sonido cada vez parecía más lejano como si no fuese un par de metros lo que nos separaba, sino cientos. Mi respiración se ralentizó y caí en un sueño profundo, no sin antes sentir que la psicoterapeuta conseguía forzar la puerta y llegar hasta mí. "No permitiré que te vayas", fueron las últimas palabras que salieron de su boca y que mi cerebro fue capaz de procesar.
Lo que pasó después lo supe por boca de los demás, la ambulancia llegó y el personal médico me trasladó de emergencia al hospital. Allí actuaron a fin de revertir la situación, lo que no implicó que los días sucesivos recurriese a las drogas buscando lograr tan deseado objetivo. Me trasladé a mi casa, donde solía residir el resto del año. Sin la supervisión de Ana dejé de sentirme culpable por optar por el camino fácil y reincidir en mi adicción. No fue hasta el tercero ingreso, cuando los profesionales sanitarios, a la desesperada, avisaron a mi psicoterapeuta después de varios intentos de suicidio y de denegar su ayuda.
Tomé esa decisión indirectamente por la única persona viva que me importaba hasta tal punto, pero no de la manera que cualquiera pensaría. Cuando Ana me propuso aquel trato, accedí con rapidez para evitar que Clara me viese en tan deplorable estado. No fue por el miedo a lo que los demás pensaran, ni por afrontar que mi vida se había descarrilado, ni siquiera por ausentarme durante un tiempo indefinido; nada de eso importaba, yo solo buscaba el bienestar de Clara y, por consiguiente pero no con tal finalidad, el bienestar mío. Mi proceso de rehabilitación fue más largo de lo que en un principio todos esperaban, dejar atrás el propósito de consumir sustancias no era algo que yo quisiera aceptar. Solo seguía con vida para sumergirme cada día en un mundo de ilusiones ópticas, donde las alucinaciones me devolvían a la realidad ficticia que quería vivir.
Ana, en colaboración con el propio personal de salud mental del centro, me apoyaron para encontrarle sentido a la realidad que vivía y no a la que imaginaba. El día que la psicoterapeuta me acompañó hasta el recinto, me despedí de ella sin estar convencido de que conseguiría salir de esa espiral, pero hoy, después de dieciséis meses de rehabilitación y seis de apoyo grupal en el propio centro, volvía al presente. La época de transición me había llevado a quedarme con lo bueno que había vivido en el pasado, un periodo de trabajo duro y continuado que al fin había dado sus frutos. Estaba de regreso, y aquella etapa me había servido para crecer como persona y ser el Iván valiente que Ana siempre vio en mí. Pero la valentía, al igual que el destino, siempre te ponía a prueba. Un día empecé a creer en el destino, y ahora me preguntaba si también debía creer en que valía la pena vivirlo.



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En el texto hay: superacion, romance, drama

Editado: 11.01.2026

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