Las horas transcurrieron con rapidez, ¿cómo aquí podía correr tanto el minutero del reloj, mientras que en el centro de rehabilitación el segundero se quedaba atascado durante horas? Me encontraba sentado en la parte trasera de la cabaña, con la mirada perdida en la inmensidad del bosque. Aquel siempre fue el lugar favorito de Sandra, con solo recordarla las lágrimas emanaban de mis párpados. Me había prometido no estar triste, pero esa era otra de mis muchas promesas incumplidas. El "toc-toc" de la puerta me hizo salir de mi aura de autoculpabilidad. Me dirigí hasta la entrada, aún me sentía extraño por hacer actividades cotidianas como esa.
—¿Cómo estás, Iván? —me saludó Ana, interesándose por mi estado. Ella sí que había cumplido su promesa, había regresado esta tarde como prometió.
—Bien, acostumbrándome a la vida real —respondí, invitándola a pasar al interior con un gesto.
—Llevo algo de prisa, por eso he venido... Quería preguntarte si te apetecía ayudarme a preparar la fiesta de bienvenida del grupo de apoyo —esbozó con nerviosismo, como si esa fuese una excusa para reincorporarme a la rutina—... Además, cuando les he contado que habías vuelto, se han alegrado mucho —agregó, comprendiendo la negativa por mi parte que se avecinaba.
—¿Quiénes? —murmuré al tiempo que sufría un vuelco al corazón. ¿A quiénes se había referido? No me había relacionado con demasiada gente del "campamento" con anterioridad para dudar de los sujetos de dicha oración... ¿Y si Clara estaba aquí?
—Ya sabes, Jaime y Lucía, ¿eran tus amigos, no? —desveló la respuesta, desvaneciendo los sentimientos encontrados que me producía la idea de que la chica de la que siempre estaría enamorado, podría encontrarse en este mismo lugar.
—Ahh, sí —asumí con cierta desgana.
—Iván, por favor —me suplicó con la mirada, solo le faltó ponerse de rodillas—, sé que aún es difícil para ti, pero será una buena forma de volver a las andadas... Serías de gran ayuda, y te vendrá bien conocer gente nueva. Confía en mí —me rogó, como si en estos momentos estuviese pensando en ampliar mi círculo social, o lo que era aún peor, en dejar que alguien se colase en mi corazón. Ese lugar ya tenía su dueña, y nadie la reemplazaría.
—Está bien —acepté al fin, solo lo hacía porque confiaba en ella y nunca le negaría mi ayuda. Mil veces me había auxiliado aun sin pedírselo...
—Vale, te espero y vamos juntos —afirmó complacida. Pero su insistencia por acompañarme no dejaba lugar a dudas de que no se fiaba de mi palabra. La opción de inventarme cualquier pretexto para quedarme encerrado en la cabaña ya no era posible...
Caminamos por el sendero que llevaba hasta la zona del albergue. Durante todo el trayecto permanecimos en silencio, era como si Ana comprendiese el papel que tenía cada rama, cada piedra, cada brisa de aire en mí. Necesitaba sentirme dueño de mí mismo, disfrutar de la independencia y la libertad que gozaba ahora. Ya no era aquel Iván que cargaba con sus adicciones, aunque el peso del pasado siguiese sobre mis espaldas y la sensación de culpabilidad no se hubiese disuadido. Siempre me costó pedir ayuda, por más que supiese que encerrarme con mis demonios no fuese la solución.
Al llegar, la psicoterapeuta me guió hasta donde se encontraban los preparativos para la fiesta y me indicó el lugar al que debía llevarlos: el valle donde se solían hacer las acampadas. Cargué desde banderines y pancartas hasta una mesa plegable con todo tipo de menaje. El tiempo que había estado enclaustrado me había hecho perder la forma, por lo que llegué a mi destino prácticamente agotado. Para mi sorpresa nadie me esperaba en el lugar, por lo que me permití sentarme a descansar unos minutos. Después comencé montando la mesa, y proseguí colocando los banderines. Me encontraba encaramado a un árbol atando la cinta, cuando una conocida voz casi me hizo caer del susto:
—¡Iván! ¡Cuánto me alegro de verte! ¿Cómo estás? —me saludó Jaime eufórico. Su miraba denotaba la verdad de sus palabras.
—Bien, Jaime, empiezo a estar bien —esa era la realidad, aún estaba viviendo el inicio de mi nueva vida—. Hola, Lucía —dije, apretando los labios con cierta tensión. Mi relación había sido estrecha con los dos, pero la chica era la mejor amiga de Clara y con esta última no me comporté como debía.
—Hola —murmuró ella con tono distante. Era merecedor de su desprecio, incluso del que Jaime debería haberme mostrado. Sin embargo, en el fondo sabía que comprendían que el rencor y el odio no les traería nada bueno, y más después de la trágica forma en la que salí de sus vidas. La lástima reinaba sobre el resentimiento, y yo no quería que me tratasen así por pena.
—No tenéis que hablar conmigo por mucho que Ana os lo haya pedido —me dirigí a ambos, a pesar de que Lucía sí que actuase fiel a sus ideas—. No fui un buen amigo, me porté con vosotros como un capullo y os hice daño. No os pido que me perdonéis, pero tampoco quiero que os acerquéis a mí por pena —concluí desde lo más profundo de mi ser.
—No lo hacemos por pena, al menos hablo por mi parte —miró Jaime a su novia, que prefería quedarse al margen de la conversación—. Me tienes aquí para lo que necesites, tal vez quieras darnos una explicación o tal vez no, pero entiendo que hay motivos que te llevan a tomar decisiones a la desesperada, aunque después te arrepientas.
—Eres un buen tío, Jaime... Y ojalá algún día podamos volver a ser los de antes —expresé, intentando contener la nostalgia y la añoranza del pasado—. Lo siento, chicos.
—Estarás bien, no te preocupes —me animó Jaime rodeándome con un abrazo—. Estamos contigo, ¿verdad Lucía?
—Yo... no puedo. Lo siento, pero no puedo. No puedo hacer como si no hubiese pasado nada. Por una parte te entiendo, pero, ¡joder!, ella es mi amiga y no sé cómo se lo tomará cuando te vea... Clara... —dejé de escuchar las palabras de Lucía cuando pronunció su nombre. Clara estaba aquí, al margen de todo, sin saber que el capullo que un día le destrozó el corazón estaba de regreso. Me negaba a hacerla sufrir de nuevo, no podía seguir aquí. ¿Por qué Ana no me lo había dicho?
—Tengo... tengo que irme —alegué preso del pánico mientras iniciaba mi plan desesperado de huida. Ni siquiera me despedí de los chicos, no les dediqué una última mirada. Si bien, el asombro y la preocupación seguro que describía sus rostros.
Volví casi corriendo hasta la cabaña, la sensación de ahogo no provenía de mi bajo estado de forma, sino de lo que suponía la posibilidad de cruzarme con Clara. Me faltaba el aire, no estaba preparado para enfrentarme a esa situación. Me tumbé como pude sobre mi cama, y con los dedos temblando marqué el teléfono de Ana. "¿Cómo podía haberme ocultado que la chica estaba en el campamento? ¿cómo me había expuesto de esa forma si de sobra sabía que lo había hecho para evitar que sufriera y que no soportaría que me viese de nuevo?", me preguntaba una y otra vez al tiempo que escuchaba el tono de la llamada, que continuaba sin ser atendida. Repetí la acción y marqué otra vez. A la segunda, oí la voz preocupada de la psicoterapeuta al otro lado de la línea:
—¿Pasa algo, Iván? —comentó alarmada.
—¿Por qué no me dijiste que ella estaba aquí? —le reclamé sin divagar. Exigía una respuesta, los nervios me estaban consumiendo.
—Porque aún no estabas preparado —repuso algo confundida.
—¿Y qué esperabas, que me topase con ella y la saludara como si todo estuviese bien entre nosotros? —le reproché a gritos—. ¿Piensas que ella sí que estará preparada?
—Lo está, ha trabajado mucho en ello y aclarar lo que ocurrió entre vosotros será la única forma de cerrar ese capítulo de vuestra historia —explicó con cautela. Me estaba volviendo loco, las ideas de Ana no eran las de alguien precisamente cuerdo.
—Y yo... Como bien dices, no estoy preparado. Y no sé si alguna vez lo estaré —sentencié con firmeza, soltando toda la rabia a través del auricular.
Corté la llamada y cerré los ojos. Siempre preferí vivir en un mundo de fantasía, donde la imaginación proyectase las imágenes que mi cerebro y mi corazón anhelaban. La Clara de mis sueños siempre fue mi motor de vida, no necesitaba las drogas para conseguirlo. Esa lección la tenía bien aprendida. Pero con el solo hecho de pensar en que podría ver a la de carne y hueso, se me erizaba el alma. No estaba preparado y probablemente nunca lo estaría.