La luz de su mirada - Libro Ii

Capítulo 6

Los días avanzaron y seguí repitiendo la misma jugada. Observar a Clara desde las sombras se había convertido en mi nueva adicción: interactuando con el grupo, riendo con sus amigos, ayudándolos a ambos... Sin embargo, lo que más me llamaba la atención era lo serena que se veía, seguía siendo la misma chica valiente que con la madurez había logrado demostrar su fortaleza superando los varapalos de la vida. Y sí, yo fui el causante de muchos de ellos. Por otra parte, sabía que ese tipo de actitud, que incluso podría considerarse abusiva siendo objetivo, era una traba más, una excusa, un pretexto para no afrontar la situación de la forma adecuada. Pero no podía, y Ana no dudó ni un segundo de mis sospechosos itinerarios...
—¿Qué excusa tienes hoy? ¿Estás cansado, quieres salir a pasear o hacer limpieza general? —me echó en cara la psicoterapeuta después de estar evitándola toda la semana. ¿Cuánto tiempo más tenía que pasar para darme cuenta de que era imposible ocultarle nada?
—Ana... —esbocé a modo de disculpa—. Necesitaba tiempo, te prometo que iré pero...
—Pero aún no es el momento —completó la frase por mí—. Lo sé, y te entiendo. Pero debes retomar tu vida. Si lo que te preocupa es que alguien te juzgue... que Clara te juzgue...
—No me importa que todos me juzguen. Es más, ojalá Clara me odie y no se atreva ni a mirarme a los ojos. Porque me lo tengo bien merecido —afirmé contundente. Quería que todo el peso de la traición cayese sobre mí como un castigo que el karma me tuviese preparado.
—Pero es que eso no es así. Tomaste el camino equivocado, sí, es cierto; pero te has dejado engañar por tu propia mentira. ¿En serio te acercaste a Clara para que ocupase el vacío de Sandra? ¿No te enamoraste de ella? —me recriminó, haciendo que perdiera los estribos. Eran verdades como puños que se clavaban en mi pecho como dagas.
—No quise que cayese en la misma espiral que llevó a que mi hermana se suicidase —grité cargado de furia—. Aunque puede que el problema sea yo, que solo sirvo para hacerle daño a quienes me rodean. Mi oscuridad las atrapa, yo... yo estoy atrapado en ella y nunca podré ver la luz —agregué, pegando un portazo y dirigiendo mis pasos hacia el bosque.
Escuché un "Iván" de fondo, la voz de Ana no me hizo cambiar de idea, al contrario, agilicé mi huida adentrándome sin rumbo en el interior del paisaje arbolado. Nunca sería capaz de escapar de la oscuridad que me embargaba. Por más que superase mis adicciones, siempre aparecía un móvil que iniciaba de nuevo el circuito. Con el corazón en un puño y la respiración agitada caminé hasta dejar de sentir los pies. Ni el dolor ni el cansancio me harían desaparecer de este maldito mundo oscuro. Aun así, mi afán por conseguirlo no quedó ahí. Seguí avanzando, sin mirar atrás, ladeando ramas de árboles y sorteando rocas, hasta que vi que mis deseos estaban a punto de cumplirse...
Estaba en lo alto de la cima de una montaña rocosa. Las vistas desde aquella perspectiva eran preciosas, todo el paisaje lucía iluminado por una tenue luz como si los rayos del sol atravesaran cada rincón. Yo era la oscuridad, todo se teñía de negro por donde pasaba y las personas que me rodeaban siempre acababan siendo engullidas por las tinieblas. Unos padres que siempre renegaron de mí o me abandonaron, una hermana que cayó sumida en un sueño profundo infinito, un amor que sufrió lo indecible por mí. Si la oscuridad tanto quería dominarme, ¿por qué no me iba con ella? Algo rápido y sencillo, y todo se habría acabado. Un paso más y me perdería en mi propia oscuridad.
—Sandra, hermanita mía, voy contigo —recité cerrando los ojos e inspirando profundamente.
—¡Espera! ¡No lo hagas! —gritó Ana con tono suplicante. Pronunció las palabras con dificultad, como si su desesperación la dejase casi desfallecida—. ¡Sandra no querría que te fueses así, a ella le hubiese gustado que luchases por salir adelante!
—No —murmuré casi para mí mismo—, si no pude luchar y conseguir que ella siguiese aquí conmigo, ya nada tiene sentido. Lo he perdido todo.
—Hay otras formas de estar con Sandra —intentó convencerme aproximándose al borde de la colina—. Piénsalo con más calma, ven —me tendió su mano y yo dudé un instante antes de tomarla—... Vayamos a visitar a tu hermana.
El silencio predominó durante el trayecto hasta llegar al cementerio. La psicoterapeuta no me presionó ni fingió sacar cualquier tema para mantenerme distraído, simplemente me dejó divagar entre mis pensamientos. Ana estacionó el coche junto a la puerta de entrada, pero prefirió quedarse allí esperando. Sabía que la privacidad que me había otorgado solo era una moneda de cambio, pues así lo sugirió su mirada que me suplicaba que regresase de vuelta. Crucé el umbral de la puerta, y me dirigí a la tumba de Sandra. Me imaginé que las flores secas o los restos que quedaran de ellas caracterizarían el lugar, pero lejos de lo esperado, alguien se había preocupado en visitar la tumba de mi hermana e incluso de agasajarla con flores. Ana, probablemente ella había sido la encargada de mantener vivo el recuerdo de mi querida hermanita.
Me senté junto a su mausoleo, extrañaba esos momentos... Habían pasado dos años desde la última que vez que vine, el día de su cumpleaños. La confesión que acabó con el distanciamiento de Clara marcó un antes y un después en mi vida, y como si ahora regresara a ese punto de reversibilidad, me encontraba sumido en un mar de dudas. Mis primeros días de vuelta al mundo real se habían basado en un atrincheramiento físico y emocional. Desde que puse un pie en la fiesta solo había salido para camuflarme entre las sombras y observar a la chica de mis sueños, que si lo deseaba incluso podía alcanzar a tocarla con un dedo. Pero mi temor a perderme en la luz de su mirada era más fuerte que el valor a enfrentarme a ello. ¿Y si Clara no me odiaba? ¿y si le confesaba la verdad y ella era capaz de perdonarme? El miedo a toparme con esa posibilidad me llevaba a huir de mí mismo, pero... ¿y si no podía ni mirarme a la cara después de todo el daño que le ocasioné? Esa alternativa, la que tanto tiempo había estado asimilando, me aterraba aún más. Lo mirase por donde lo mirase, todas las respuestas a mis preguntas confluían en la misma sensación de angustia.
—¿Por qué la oscuridad no es la solución? Si me dejo caer, tal vez ya no tenga que preocuparme por eso. Clara seguirá siendo feliz y tú... tú y yo estaremos juntos. Nunca debí abandonarte, Sandra —le hablé a la lápida de mi hermana, sosteniendo un gladiolo entre mis dedos.
Desde su fotografía, sonriente y con su mirada vivaz, me contemplaba como si intentase redirigir mi camino, como si me estuviese avisando de que elegir esa opción no era una alternativa. Quería reencontrarme con mi hermana, mi mente solo sanaría si me unía al oscuro velo de la muerte... Pero como si el propio destino me pidiese que siguiese creyendo en él, uno de los pétalos de la flor que portaba en mi mano cayó al suelo. Así de fugaz era la vida, el tiempo pasaba sin apenas darnos cuenta y la mayor parte de él lo perdíamos sumidos en nuestros propios miedos. Quizá el último pétalo de la vida de Sandra se desprendió el día en que logró el consuelo eterno, por más que me costase entenderlo. La muerte de mi hermana provocó un torbellino en mi vida, me volví reticente a comprender su decisión. ¿Por qué no luchó si lo tenía todo? Entonces recordé las palabras de Clara, y todo concordó con mis propios pensamientos. Nosotros mismos íbamos construyendo bloque a bloque el pozo que nos devoraba y llegaba un momento en el que ni siquiera éramos capaces de ver la superficie, de percatarnos de que había una mano que nos brindaba auxilio. Lo mío era distinto, me había cegado de tal manera que hacía como si esas manos no existieran, pese a que estuviesen a centímetros de agarrar la mía. La mano de Sandra no pretendía llevarme a la oscuridad, sino ayudarme a seguir en el camino. Ganaría la batalla, por mí, por ella.



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En el texto hay: superacion, romance, drama

Editado: 11.01.2026

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