La luz de su mirada - Libro Ii

Capítulo 7

—Gracias Ana... Por no rendirte y estar siempre para mí, por cuidar de Sandra, por cuidarme a mí. Visitar su tumba me ha hecho darme cuenta de que tengo que buscar la luz al final del camino, y esta vez me he prometido a mí mismo que no me fallaré —me sinceré con la psicoterapeuta, como si pronunciar esas palabras en voz alta fuese una forma de firmar un pacto conmigo mismo—... Ahh, y gracias por llevarle flores a mi hermana durante todo este tiempo.
—Me alegro tanto por ti... Es normal que a veces dudes, pero nunca olvides que no estás solo —esbozó una cálida sonrisa que me reconfortó el alma—. Y no me des las gracias, que todo lo hago porque me preocupo por vosotros... En cuanto a las flores...
—¿Cómo sabías que a mi hermana le encantaban los gladiolos rojos? —evité que su orgullo denegara de nuevo mi agradecimiento.
—Quizá deberías preguntarle a la persona que ha llevado las flores —sentenció, sembrando la duda respecto a su procedencia.
—¿Cómo? ¿No has sido tú? —inquirí repleto de incertidumbre.
—No —afirmó con rotundidad.
—Pero... —no pude terminar de verbalizar mis suposiciones, solo había una persona que me había acompañado a visitar la tumba de Sandra, y no era otra que Clara.
—Puede que sea un buen momento para darle las gracias a ella —me animó, dándome el empujoncito que me faltaba para dar el paso.
Tal vez fuese una buena idea. No podía seguir escondido huyendo de Clara. Probablemente nuestro reencuentro nos dolería a los dos, pero esa sería la única forma de sellar nuestro capítulo tal y como Ana dijo. No obstante, la cobardía me sedujo, quizás un cara a cara sería demasiado impactante. Barajé la opción de enviarle un mensaje de texto, pero después de leer el último de despedida mis dedos no fueron capaces de teclear palabra alguna. Dejé el tema estar, necesitaba tomarme un tiempo para reflexionar y hacerlo de la mejor manera posible. De lo que no había duda era que debía agradecerle a Clara la atención que había tenido con mi hermana.
Ya de vuelta en la cabaña, el portafotos con la imagen de Sandra acaparó mi interés, el pañuelo de Clara rodeaba su marco. Pudo haber sido una señal, una demostración de que sus vidas habían estado ligadas más de lo que jamás imaginé. Abrí el cajón de la cómoda y me detuve en una hoja de papel doblada. La saqué y la desdoblé, y al segundo descubrí que se trataba de la lista que albergaba las razones por las que me enamoré de Clara. Podrían tacharme de anticuado, pero me pareció que una nota sería el medio perfecto para confesarle mi agradecimiento.

"Gracias por visitar a mi hermana y llevarle sus flores favoritas".

Escribí el mensaje en una hoja, era algo escueto pero con la información suficiente. Tampoco quise darle mayor importancia, pedirle perdón sí que era algo que debía hacer en persona. Incluso podía funcionar como "efecto llamada" y que sirviese como detonante del ya inaplazable reencuentro. Guardé la nota en el bolsillo de la chaqueta y me dirigí hasta el albergue. Antes de entrar al ala de los dormitorios, me cercioré de que el grupo de apoyo se encontrase fuera realizando alguna actividad. Conforme avancé por el pasillo caí en la cuenta de que no sabía con exactitud dónde se alojaba, pero un huésped inesperado se interpuso en mi camino...
—¡Hola! ¿Eres nuevo? Nunca te había visto por aquí —me saludó el mismo chico, alias "el graciosillo", que vi en la fiesta de bienvenida con Clara.
—Hola... Digamos que he estado fuera un tiempo —le respondí con desgana. Lo último que me apetecía era socializar con ese tío.
—Bueno, pues me alegro que estés de vuelta —festejó como si se creyera la persona más altruista del mundo—... Por cierto, soy Adrián, el nuevo psicólogo del grupo de apoyo. Espero verte por ahí... —hizo una pausa esperando a que dijese mi nombre.
—Iván, me llamo Iván. Y no soy un integrante del grupo de apoyo, más bien también colaboro ayudando a Ana —expliqué de manera escueta.
—Ahh, ¿y entonces qué haces por aquí? ¿buscabas algo? —me preguntó indagando más sobre el tema.
—Sí, buscaba la habitación de Jaime. Ana me ha pedido que recoja unas cosas —dije con el tono más convincente que pude emular.
—¡Vaya! Es esta —dijo señalando uno de los dormitorios—, Jaime y yo compartimos habitación. Aunque por la hora que es ya debe estar en la sesión de terapia —indicó haciendo una mueca con los labios como si algo no encajase en la ecuación—. ¡¿Qué raro que Ana no me haya avisado?! Yo podría acercarle lo que necesitara...
—Déjalo, tampoco sería tan importante, vendré en otro momento —me apresuré a decir antes de que terminase de pillarme. Las mentiras nunca se me habían dado demasiado bien, al fin y al cabo una mentira había truncado mi vida.
Di media vuelta y deshice mis pasos, la nota que aún permanecía guardada en el interior de mi bolsillo casi me hizo quedar contra las cuerdas. Arrugué el papel y lo arrojé al suelo. "¿En qué estaba pensado?", me reproché mentalmente. El tal Adrián, el mismo que alardeaba ante todos de la buena relación que mantenía con Clara, el nuevo compañero de cuarto de Jaime, quien había aceptado el trato para que la chica no tuviese que compartir dormitorio con él... Había algo en ese tío que no encajaba. Necesitaba descubrir el porqué de todo esto, y más si afectaba a Clara...

★★★★★

Salí a correr por el bosque. Por un lado, necesitaba recuperarme físicamente; por otro, dejar de darle vueltas a la cabeza o, de lo contrario, acabaría enloqueciendo. Horas antes había pensado en sonsacarle a Ana algo más de información sobre Adrián, pero mi reciente interés por su subordinado podría demostrar que conocía más detalles de la nueva vida de Clara de lo que le había contado a la psicoterapeuta. Me detuve unos segundos en la misma cima de la colina donde casi me dejé atrapar por la oscuridad, ya no era el mismo Iván que se rendía a la primera de cambio. Ya no... Regresé a la cabaña con las energías renovadas y la convicción de que podría superar cualquier cosa que se me pusiera por delante. Confiaba en mí. Tiempo atrás aprendí que la autoconfianza era algo esencial e imprescindible para afrontar la vida.
Lástima que el miedo acabase apoderándose de todo justo cuando vi a Clara parada frente a mi cabaña... Así que decidí esconderme entre unos árboles. Era lo que acostumbraba a hacer: huir. Me prometí que esta sería la última vez que lo haría. Mientras tanto, la chica golpeaba la puerta, al principio con indecisión y, tras varios intentos sin obtener respuesta, desistió en su empeño. Pareció comprender que no me encontraba en casa, pero entonces como si nuestro magnetismo se pusiese de manifiesto de nuevo, su mirada se desvió en mi dirección. Me oculté detrás del tronco, aferrándome con fuerza y cerrando los ojos, como si fuese un niño pequeño que creía en el poder de la invisibilidad.
—¡Hola! ¿Hay alguien ahí? —rompió la quietud del silencio con su eco—. ¿Eres tú... Iván? —añadió, buscando confirmar sus sospechas. Ahora su voz sonaba como si tan solo unos metros la separasen de mí. Podía sentir su cercanía, el vínculo inquebrantable que existía entre nosotros—. Solo quería hablar contigo —concluyó con un susurro que llegó como una brisa de aire fresco a mis oídos.
Los nervios me dominaron, reforcé mi agarre sobre el árbol, y en ese instante sentí el roce de su mano con la mía. Un cosquilleo invadió mi cuerpo, mi corazón se aceleró y fue como si de nuevo un camino de luz se abriese ante mí. Permanecí con los ojos cerrados, sin lugar a dudas ese había sido el sueño más bonito de todos. Clara reposaba recargada sobre la otra mitad del tronco, podía sentir su cercanía en el ambiente... Pero tan pronto como sus dedos se alejaron de los míos, la realidad me sacudió con fuerza. Fue algo efímero. Llevaba razón, por mucho que pusiera todo de mí seguía sin estar preparado. La oscuridad se alzaba de nuevo, y solo sus preciosos ojos verdes iluminarían este sinsentido.



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En el texto hay: superacion, romance, drama

Editado: 11.01.2026

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