Intenté contener las lágrimas, mas no lo logré, brotaron de mis ojos a mayor velocidad. Nada de eso ocurrió. Las drogas ya no nublaban mi mente, sino que dicho delirio había sido producto de mi imaginación, de mi subconsciente. El mundo ficticio que yo mismo había armado solo servía para saciar las ganas de revivir ese encuentro. Pero, por contra, siempre acababan destruyéndome y demostrándome que nunca sería real. Lo imaginario superaba a lo vivido, no existió ningún acercamiento ni siquiera una voz que pronunciase mi nombre.
Me quedé allí escondido tras el árbol, paralizado, como si la sensación de que Clara seguía allí no se se hubiese desvanecido tras su marcha. No debí esconderme, tendría que haberle dicho lo que durante tanto tiempo había guardado para mí: que la amaba, que mis sentimientos siempre fueron honestos, y que aún seguía enamorado de ella. Debí confesarle que en ella vi algo más que una simple pieza que reemplazaba a Sandra, que era el motor de mi vida y que renuncié a ella buscando su bienestar. Al igual que debería haberle asegurado que mi destino se encontraba en la oscuridad abismal de la muerte y que solo mía era la responsabilidad de adentrarme en ella. Debí decirle tantas cosas, pero no lo hice.
★★★★★
Los días transcurrieron y como cada año llegó una fecha tan señalada como lo era hoy. Me encontrada sentado sobre el mausoleo de Sandra, conmemorando el aniversario de su fallecimiento. En otra ocasión, el llanto inundaría la estancia. Aun así, la tristeza y la añoranza seguían estando tan presentes como el día en el que perdí a mi hermana. En mi última visita le prometí que lucharía, pero otra vez le había fallado. Me había fallado. Juré que afrontaría la situación, que superaría mis miedos y le confesaría la verdad a Clara. Ese era el motivo de mi desazón, de mi autocastigo, reprimiendo toda lágrima que acechara con salir de mis párpados.
—Te he fallado, hermanita. Lo siento con todo mi corazón, pero no he podido hacerlo. Clara vino a visitarme hace unos días —le expliqué a la imagen de su lápida—, pero no fui capaz de hablar con ella... ¿Por qué, Sandra? ¿por qué no puedo hacerlo?
Lancé esta última pregunta al aire. La chica había tomado la iniciativa de buscarme, había dado el paso que tanto se me resistía a mí. Esta reflexión me llevó a plantearme otra cuestión: ¿Qué había cambiado en ella para que el rencor y la ira que vislumbré en la conversación que mantuvo con Ana la noche de la fiesta de bienvenida, se transformase en cordialidad y benevolencia? Entonces recordé cómo la psicoterapeuta le había instado a Jaime y Lucía a tratarme con compasión de una manera forzosa. Ana tenía la respuesta, y delatarme como espía, por llamarlo de una forma lícita, no era un impedimento que me obstaculizase.
—Ana —me dirigí a ella nada más subir al coche. La mujer insistía en que aún era demasiado pronto para conducir el mío propio, así que desinteresadamente se prestaba a llevarme a donde fuese necesario—, quiero que me respondas con total sinceridad a una pregunta —le exigí de forma autoritaria. No quería que sonase a amenaza, pero mi paciencia estaba jugando a superar sus propios límites.
—Está bien, pregunta —asintió a sabiendas de lo que se avecinaba.
—¿Le dijiste a Clara que viniese a hablar conmigo porque sabías que yo no era capaz de dar el paso? —enuncié, tomándome un segundo para proseguir con más interrogantes—. ¿La has... —dudé de la palabra correcta que debía utilizar— obligado a hacerlo?
—Por supuesto que no —se negó en rotundo—, yo solo hablé con ella... Tenía que entender que no todo era como parecía.
—¿Pero era algo que me correspondía hacer a mí? ¿Qué le has contado? —mis nervios explotaron, jugándome una mala pasada. Yo no era así, pero esta situación estaba sobrepasándome.
—Nada en específico, yo nunca le confesaría nada personal tuyo —admitió dolida. Estaba poniendo en duda su fidelidad. Porque así su profesión lo exigía.
—Ya, el secreto profesional... —acepté con resignación.
—No solo por eso, para mí vosotros sois parte de mi familia. Y me duele que pienses eso de mí —sentenció. Era la primera vez que veía a Ana en ese estado. La había decepcionado, ella siempre había velado por mí.
—Lo siento —musité en voz baja—. No sé por qué me comporto así.
—No te frustres, sé que te has dejado llevar por la rabia que sientes. No te preocupes —dijo con rapidez como si sus palabras le generasen alivio a ella misma también—... ¿Has hablado con Clara, entonces?
—No, no fui capaz de hacerlo —acepté algo avergonzado—. Ni siquiera tuve el valor de mirarla a la cara. La he estado vigilando a escondidas —desvié los ojos, rogándole que no me juzgase por ello—. Intenté darle las gracias por las flores con una nota, pero me encontré con ese tal Adrián...
—¿Adrián? ¿Lo conoces? —me preguntó como si existiese un vínculo que los uniese a ambos.
—Sí, se presentó como el nuevo psicólogo... No sabía que necesitaras ayuda, ya sabes, más allá de los chicos... o de mí —cuestioné como si el hecho en sí estuviese fuera de lo usual.
—Pensé que no me vendría mal la ayuda de otro psicoterapeuta... Este es su primer año —explicó brevemente, más bien parecía omitir ciertos detalles de su verdadera identidad—. Y ya que lo dices, ¿por qué no vienes a las sesiones de terapia, como voluntario?
—Sí, ya sé, me vendrá bien para retomar mi vida —repetí sus palabras con cierta desgana—. Lo haré —añadí unos segundos más tarde—, se lo he prometido a Sandra, y esta vez no pienso faltar a mi palabra.
★★★★★
A la mañana siguiente me levanté con una firme idea en mente, ya no había vuelta atrás. La tarde anterior, durante el trayecto de regreso al campamento, Ana me había explicado la actividad que tenían planificada para el día de hoy. De modo que dirigí mis pasos hacia el bosque, allí donde se escuchaban unas conocidas voces. Conforme me aproximaba al lugar, el sonido se volvió más claro. Jaime y Lucía bromeaban cual tortolitos que parecían reencontrarse tras meses de estar separados. Una vez que atravesé las frondosas ramas de los árboles, pude divisar la escena al completo. La decisión ya estaba tomada, la sonrisa que adornaba mis labios, aunque forzosa, era lo único que enmascararía mi desazón. La pareja no estaba sola, Adrián y Clara los acompañaban...
—Hola —los saludé, intentando disimular mi nerviosismo. La duda que aún albergaba sobre la verdadera relación entre Adrián y Clara se había disipado reafirmando lo que mis ojos contemplaban. Las manos del chico tapaban los ojos de Clara, por lo que pude observar la expresión de la última al escuchar mi voz.
Clara agarró sus manos hasta liberarse de ellas. Fue más una acción desarrollada por su propio instinto, un acto reflejo que buscaba a la desesperada confirmar que mi presencia era real. Entonces, sus luminosos ojos verdes chocaron con la oscuridad de mi mirada. Tal impacto hizo que un profundo dolor se instaurara en mi pecho, al fin y al cabo había renunciado a ella para que pudiese disfrutar de un auspicioso futuro. El golpe de realidad me sirvió para autoconvencerme que había hecho lo correcto. Fue por ella más que por mí. ¡Qué difícil sería seguir con mi mentira!... pero no le haría más daño. Esta vez no faltaría a mi promesa.