La tensión era palpable. Todas las miradas se cernían sobre mí, cada una de ellas expresando un sentimiento distinto. Pero solo unos ojos podrían iluminar mi alma oscura. Mientras tanto, Clara permanecía impasible como si aún no hubiese despertado del impacto que le suponía verme cara a cara dos años después de nuestro último adiós. Fue una despedida agridulce, pues, según me contó la psicoterapeuta, los sollozos de Clara sosteniéndome la mano mientras entraba a la ambulancia compusieron la banda sonora de lo que supuse el final de mi vida.
—¡Iván! ¿Qué haces aquí? —pronunció Jaime a modo de saludo. Su voz no demostraba ni un ápice de rencor, al contrario que el rostro de su novia.
—Pensé que os vendría bien mi ayuda con el grupo de apoyo —reuní todas las fuerzas necesarias para que mi tono sonase natural, a pesar de que por dentro estuviese haciendo de tripas corazón.
—Por supuesto que sí —me abrazó Jaime, el cual instó a Lucía a que dibujase una sonrisa en su rostro. Mientras, trataba de no fijar la vista en Clara, y su... "amigo".
—¡Me alegro de que te hayas animado! —escupió con su don de gentes el tal Adrián, ahora sí que inevitablemente desvié mi mirada hacia la chica. Ella lo contemplaba con una mezcla de incredulidad y asombro, quizá él no le había contado nada sobre nuestro encuentro. "Hay que darle importancia a lo importante", pensé, y yo era algo irrelevante en sus vidas—. Formaremos un buen equipo —y una risa sarcástica se escapó de mi boca—... Por cierto, no sé si os conocéis, pero esta es Clara, mi novia.
Esas palabras me hirieron el alma, se clavaron como dagas en mi pecho. Siempre imaginé que había cierta cercanía entre ellos, pero el término empleado no daba lugar a dudas. El vínculo que los unía era algo más que serio, y Ana, aun sin quererlo, me lo había confirmado horas antes. Pero entonces, ¿por qué me insistía tanto en que Clara necesitaba cerrar esa historia de su vida, o sea, la nuestra? Parecía feliz, enamorada, esta vez de alguien que podría corresponderle y estar a la altura de las circunstancias. Aunque como bien había dicho, el significado del verbo parecer difería al del verbo ser. Sin embargo, si pretendía seguir con mi mentira, los interrogantes que cuestionaban dicha relación no podían tener cabida en mi cabeza.
—Ya nos conocíamos —acertó a responder la aludida, sosteniéndome la mirada décimas de segundo. Su voz, ahogada y lejana, hablaba en un tiempo pasado. Y así debía ser. Si bien, debí arrojar mi amor a la oscuridad y no dejarme atraer por su luz.
—Bueno, si tanto quieres ayudar... ¿A qué esperas? —me presionó Lucía, que buscaba poner fin a la incomodidad de su amiga.
Acaté la orden de la chica, y como si todo ya estuviese preestablecido, nos dividimos para repartirnos las tareas. Era algo obvio que yo acompañaría a Lucía y Jaime, pero también era bien sabido que mis ojos y mi mente estarían puestos sobre la otra pareja. Intenté mantenerme centrado en mi trabajo, debíamos preparar varias pesas con palabras que describían los miedos de los integrantes del grupo de apoyo, las cuales colgarían de un cinturón para experimentar físicamente el peso que suponía vivir con ellos. Si bien, mi falta de atención no pasó desapercibida para mis compañeros, y Lucía pronto me reprendió por ello:
—¿Piensas quedarte mirándola todo el día, o tendremos que posponer la actividad? —soltó, haciendo que diese un pequeño salto por el susto. Su intervención me pilló desprevenido...
—Lo siento, Lucía —atiné a decir algo abochornado, tras ser pillado "in fraganti".
—No es a mí a quien deberías pedir disculpas —contestó, lanzándome una indirecta.
—¿Crees que no me arrepiento de todo el daño que le hice... a Clara, a ti, a Jaime, a Ana... a mí mismo? —escupí sacando a relucir mis verdaderos sentimientos... Así no llegaría muy lejos con el plan de continuar con mi mentira.
—¿Y por qué no le pides perdón de una vez? Más vale que te dejes de notas y hagas las cosas bien —sentenció con firmeza. ¿Lucía sabía de la existencia de la nota? ¿Cómo la había encontrado?
—¡Ya está bien! —se impuso Jaime, provocando que su chica hiciese un mohín. Lo último que quería era crear un conflicto entre ellos. Esta no era su guerra.
—Lo haré —afirmé_. Si estoy aquí es porque quiero que ella cierre ese capítulo de su vida y sea feliz —añadí, mirándola de soslayo. Eso quería, que ella cerrase ese capítulo; aunque para mí no fuese tan fácil pasar de página.
—Ya lo ha hecho... Ser feliz, digo —corroboró la chica. Hasta ahora era las más reacia a retomar nuestra relación amistosa. No la juzgaba, estaba en todo su derecho.
Jaime me pidió que le ayudase a preparar las cuerdas que harían de nexo de unión entre la pesa y la persona que soportaba dicha fobia. No obstante, sabía que lo que pretendía era poner distancia entre su novia y yo. Si bien, me encargué de pedirle que no se interpusiera entre nosotros. Lo razonable era el rencor con el que me trataba la joven, lo inusual era el amigable trato casi reconciliador que el chico mantenía conmigo.
—¿Me buscabas el otro día? Adrián me dijo que Ana te había pedido que le llevases algo —cambió de tema él—. ¿Fue una excusa para dejar la nota, no?
—Emm —sopesé qué inventarme, pero su mirada determinó que optase por la verdad esta vez—... Sí... ¿fue Lucía quien te enseñó la nota? —pregunté a fin de resolver la duda que llevaba reconcomiéndome por dentro.
—No, yo la encontré por casualidad y después de escuchar que me estuviste buscando, comprendí que Clara era la destinataria —explicó resolviendo un enigma que parecía indescifrable.
—Un momento... ¿Clara ha leído la nota? —inquirí sopesando que el mensaje, aunado a las palabras de Ana, había sido el detonante que la llevó a buscarme esa tarde en mi cabaña.
—Sí —afirmó, provocándome un vuelco al corazón—... ¿Sigues enamorado de ella, verdad? —prosiguió ante mi prolongado mutis.
Estuve a punto de dar respuesta a su interrogante, de confesarle mi plan para renunciar a Clara, pero, como solía ocurrir en las películas, Ana hizo acto de presencia en ese preciso instante. Le expliqué que desde ahora le ayudaría con el grupo de apoyo, y ella supo leer entre líneas. Lo entendí en el momento que sus labios se curvaron dibujando una complaciente sonrisa. Por supuesto que este paso significaba mucho más que el simple hecho de colaborar con la terapia grupal. Y como si fuese capaz de deducir lo que pasaba por mi mente, desvió la mirada en dirección a donde se encontraba Clara. Comprendió que al fin había dado el paso, claro que no era con el propósito real que ella conocía de buena mano.
Una vez concluidos los preparativos, todos los participantes se sentaron dispuestos en círculo. Ana se despidió de los integrantes dejándole el mando a Adrián. Me sorprendió dicha acción, no por restarle profesionalidad al psicólogo, sino por la total confianza que la psicoterapeuta depositaba en él para manejar la terapia en su ausencia. Con la misma cualidad empezó la sesión de hoy, la autoconfianza, un imprescindible para combatir el miedo. Pero cuando ya pensaba que pasaríamos a la acción, el chico me invitó a presentarme delante de todos:
—Bueno, chicos, antes de empezar con la actividad quiero presentaros a Iván. A partir de ahora formará parte de la terapia. Al igual que nosotros, él os servirá de guía y apoyo en este camino —enunció el líder, invitándome a decir unas palabras.
—Hola a todos, soy Iván —esbocé de forma escueta.
—Vamos, cuéntales tu historia —insistió el psicólogo. Miré a quienes un día me consideraron su amigo, en ese preciso instante comprendí que Jaime y Lucía habían hablado de cómo superaron sus miedos sin adornos ni magia de por medio. Mi silencio, más prolongado del habitual, instó a que Adrián interviniese de nuevo—. Hay veces que nos cuesta recordar el pasado, a veces duele o simplemente sentimos vergüenza. Clara, por favor, explícale qué hacemos para sentirnos más cómodos al hablar —le pidió a la susodicha.
—Cerramos los ojos —pronunció con su dulce voz.
—Ya habéis oído, chicos, ojos cerrados —ordenó él para, a continuación, dirigirse exclusivamente a mí—. Iván, una vez que todos hayan cerrado los ojos, podrás comenzar. Debes confiar en nosotros, pero sobre todo confía en ti mismo –agregó con un tono que me dejó entrever que sabía que yo no solo estaba aquí para ayudar, sino para recibir apoyo y superar mis propios miedos.
Poco a poco todos los integrantes de la sesión de terapia fueron cumpliendo lo pedido. Mis ojos hicieron un barrido general hasta que chocaron con otros de color verde. Desde que nos reencontramos esta era la primera vez que nos manteníamos la mirada durante tanto tiempo. Y, como si ese gesto superase cualquier interacción verbal, le rogué con un movimiento de cabeza que ella no acatase la orden. Mientras que los demás se sumían en su propia oscuridad para abrir su alma, yo necesitaba dejarme guiar por la luz de su mirada. Solo así podría desenterrar el dolor de mi pasado. Sin embargo, no imaginaba que con cada recuerdo se iría una parte de ese dolor, y que cada palabra me acercaría más a la verdad de lo que sentía por Clara, por más que intentase ocultarla.