La luz de su mirada - Libro Ii

Capítulo 10

—La primera vez que vine al campamento fue para apoyar a mi hermana —empecé relatando. Mi voz salía en apenas un susurro, pero los ojos de Clara me instaban a seguir narrando mi historia—... Por desgracia, nos dejó al poco tiempo. Aun así, confié en el grupo de apoyo e intenté ayudar a personas como ella. Pensé que siendo el genio de la lámpara mágica podría conceder ese deseo, pero entonces comprendí que solo quienes confían en si mismos vencerían sus miedos —un nudo se me formó en el pecho al contemplar la lágrima que recorría la mejilla de Clara—. He estado un tiempo ausente... Cometí errores, algunos imperdonables, que casi me ganan la partida, pero he vuelto para apoyaros y para sentirme bien —completé mi discurso.
Clara se enjugó las lágrimas antes de que los demás abrieran los ojos de nuevo. Un aplauso le sucedió a mi historia y, una vez hechas las presentaciones, dió comienzo la actividad. Las pesas que contenían escritas las fobias de los participantes traccionaban de ellos, haciéndoles casi imposible moverse con soltura. Un simple juego como "El Pañuelo" tentaba los límites del sobreesfuerzo que debían hacer los chicos para conseguir alzarse con la prenda. Más bien esa era la enseñanza de la tarea: No rendirse, sacar fuerzas de donde no las hubiera y luchar hasta el final. Solo así podrían despojarse de sus temores. Esto último fue lo que pronunció Adrián justo antes de dar por finalizado el ejercicio de hoy. ¿Y yo? ¿me había rendido para dejar que Clara fuese feliz? ¿o estaba luchando por intentar sacarla de mi vida, por más que mi corazón me pidiese lo contrario?
Por otro lado, las sesiones con Ana me habían servido de gran ayuda. En ellas, la psicoterapeuta se interesaba por saber cómo me encontraba cada día, recalcando mis fortalezas y disuadiendo mis debilidades. Si bien, pese a que siempre comenzaba con preguntas relacionadas con mi periodo de abstinencia y mi estado anímico, las cuestiones acerca de la evolución de mi relación con Clara guiaban la terapia. No era raro escuchar por boca de Ana frases como: "Tienes que dejarla marchar, aferrarte al recuerdo no te ayudará a continuar con tu vida", o "Sincérate con ella, solo así podrás liberarte de la carga emocional que supone ocultar lo que sientes". Pero no era tan sencillo como parecía, ni podía hacer lo primero ni tampoco lo segundo. Estábamos de acuerdo en que había dado un paso al frente, pero me había quedado estancado en esa casilla.
—¿Qué sientes cuando ves a Clara? —me preguntó la psicoterapeuta, algo tan elemental que nunca lo había verbalizado en público.
—Añoranza y dolor, pero también alegría al mismo tiempo —expuse sacando a relucir mis sentimientos.
—¿Lo ves, Iván? —comentó Ana como si todos los interrogantes obtuviesen respuesta con mi oración—. Esos sentimientos encontrados son los que te llevan a aferrarte a Clara, sigues amándola como el primer día que la viste, y a la vez te regocijas en tu propio sufrimiento. Aunque te duela no la dejarás ir, porque tienes miedo del vacío que pueda quedar en tu pecho. Te has resignado a vivir con ese miedo y has optado por sobrevivir de los recuerdos e ilusiones, por evitar el diálogo y seguir creyendo que Clara te odia... Eso es, temes que ella te perdone, al igual que temes que no lo haga. Prefieres la incertidumbre a la verdad, y con ello te castigas a ti mismo —hiló ella, poniendo en contexto la realidad y haciendo tambalear mi mundo.
—¿Y qué quieres que haga? Sin ella nada tiene sentido... Acepté tu trato, fui a un centro de desintoxicación, me deshice de ese lastre en mi vida. Pero las drogas solo agilizaban el proceso, el problema está en mi cabeza... y en mi corazón —me rompí por dentro al confesar lo que tanto había tratado de ocultar—. Sigo enamorado de Clara, sí, pero también sé que no le beneficiaría en nada seguir a mi lado. Cada mañana me despierto pensando en ella, en perderme en su mirada, en ver la luz a través de sus ojos. Volveré a sumirme en la oscuridad si la dejo ir. Y no pienso recaer en las drogas, porque mi mente... yo... yo soy mi peor enemigo —concluí liberando toda la presión retenida que mi cuerpo albergaba.
—Iván, tú brillas con luz propia, y no necesitas depender de nadie para hacerlo —Ana trató de convencerme... ¿Sería la única que no veía la oscuridad que habitaba en mí? ¿o acaso ella tenía más confianza en mí que yo mismo?
—No sé cómo explicarlo... No puedo vivir sin Clara, y cuando la tengo cerca siento... siento como si me muriese por dentro —solté todo lo que albergaba en mi interior—. La quiero, ¡joder!, y por eso mismo no puedo decírselo. Lo que más deseo en este mundo es que ella pueda ser feliz, y para eso necesita ser libre... Si de amor hay que morir, yo moriré el primero —acepté lo que tanto tiempo me había llevado comprender.

Nunca imaginé que esto iba a pasar
Con un verano te quedaste todo un año
Nunca imaginé que un: Hola, qué tal
Acabaría siendo: Si no estás, te extraño

No te das cuenta que te quiero
Y si te cuento que te quiero seré el idiota de este puto cuento
Y a ti te pongo primero, yo voy detrás de mis miedos

Porque me mata estar contigo
Me mata dejarte
Me matas cerquita
Y me mata besarte
Me mata que vuelvo
Que vuelvo
Que vuelvo a elegirte a ti
Porque me mata tu recuerdo
Me mata olvidarte
Me matas aún más si te tengo adelante
Me mata quererte porque da miedo
Si de amor hay que morir
Yo moriré el primero

Nunca imaginé que esto iba a estallar
Jugábamos con fuego en medio del incendio
Tú mi arma letal y mi debilidad
Estoy como un extraño en medio del desierto

Miento si no admito que esto es un infierno
Siento que no puede quedar así



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En el texto hay: superacion, romance, drama

Editado: 31.01.2026

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