Ana estaba en lo cierto, había elegido la incertidumbre antes que la verdad. Estaba enamorado de Clara, lo que sentía era tan fuerte que sería capaz de morir por ella... Hacía años que decidí dejar que mi amor muriese oculto entre mis pensamientos, escondido dentro de mi frágil corazón. Pero entonces, ¿por qué no me armaba de valor y zanjaba el asunto? Le prometí a Sandra que no le fallaría otra vez, me lo prometí a mí mismo. Tenía que hablar con Clara, confesarle por mi boca que lo que un día existió entre nosotros, pese a que fue real, no había perdurado en el tiempo. Mis actos no desembocarían en nada bueno, quizá la chica me odiara por haberle mentido en cuanto a mis sentimientos, o tal vez me perdonase para quitarse esa espina que según los demás no la dejaba terminar de florecer en su nueva relación amorosa. Ambas opciones confluían en una renuncia total por mi parte. Si bien, la esperanza que albergaba su mirada constituía un halo de luz capaz de contagiarme sus ganas de luchar. Luchar por dejarla marchar, y a la vez por seguir adelante. La situación se había vuelto insostenible, los chicos sospechaban de mi amor inconfesable y Ana ya no sabía a qué recurrir para hacer que me enfrentase a la realidad de una vez por todas. A veces, un impulso me empujaba a tener la esperada conversación, pero el miedo siempre coartaba mi valentía.
Las palabras de la psicoterapeuta resonaban en mi cabeza, ella podía ver la luz a través de mis ojos... ¿Y si de verdad yo era mi peor enemigo? Solo tenía que creer en mí, confiar en que podría sobrevivir y vencerle a la oscuridad. Mientras tanto, escuchaba la voz de Ana explicándonos el poder de enfrentarnos a nuestro monstruo interior, sobre el cual se erigía la razón de nuestros miedos. Las fobias siempre estaban asociadas a un factor desencadenante, a una causa específica que se consideraba la raíz del problema. Yo temía hacerle daño a los demás, que mi oscuridad los atrapase y acabase engulliéndolos. Al igual que me devoraba el miedo a enfrentarme a la realidad, a dejar que Clara se marchara o que decidiese quedarse en mi vida. Una pregunta lanzada al aire me hizo tomar la iniciativa y darle voz a lo que muchos no aceptábamos creer:
—¿Cuál creéis que es la razón de vuestros miedos? ¿Qué o quién es vuestro peor enemigo? —se dirigió la psicoterapeuta al grupo, que se encontraba sentado conformando un círculo.
—Uno mismo —alcé la voz casi sin percatarme de que la pregunta formulada tenía la intención de hacer que cada uno reflexionara sobre sus propios motivos.
—¿Por qué piensas eso, Iván? —Ana se dirigió a mí, haciendo que las miradas del resto divagaran de uno en otro en busca de seguir el diálogo.
—Porque todo está en mi cabeza, se trata de una lucha interna contra mí mismo —expliqué, perdido en mis pensamientos. No era del todo consciente que contaba con un público expectante a mi alrededor...
—¿Y qué te impide enfrentarte a ello? —prosiguió ella, como si fuese la primera vez que hablábamos del tema.
—No lo sé —suspiré resignado.
—¿La culpa, tal vez? —planteó Lucía. Pese a su intervención, no percibí ningún atisbo en su voz que denotase odio o rencor.
—Da igual el motivo que sea, lo que necesita es perdonarse a sí mismo —aclaró Jaime, en un intento de salvarme de esta jodida desazón.
—Me parece muy acertado el consejo de Jaime, no importa que sea la culpa u otra cosa lo que te atormente, la clave está en vencer el miedo —sostuvo la psicoterapeuta con su calma característica.
—¿Y cómo puedo superar el miedo? —cuestioné, tratando de salir de esta espiral emocional que me tenía absorbido.
—Quizá lo que necesites sea hablar —me propuso Clara con su dulce voz. La chica, aunque dubitativa, pareció pronunciar las palabras mágicas que podían hacer sanar mi mente, y romper aún más mi corazón.
Alcé la mirada que había mantenido perdida en algún punto del suelo, como si no me atreviese a dejarme llevar por la fugacidad de su luz. Lo primero que observé fue la fuerza con la que Adrián sostenía la mano de Clara, era un agarre que buscaba reconfortar a la susodicha. ¿Habría descubierto lo que en el pasado nos unió? Eran tiempos pretéritos, sí, pero el tono de esa frase demostraba algo más... Detrás de esas simples palabras había años de trabajo, de un esfuerzo continuado, del anhelo de un final. El momento, ya inaplazable, había llegado.
★★★★★
Cada fin de semana visitaba religiosamente la tumba de Sandra. Sincerarme con ella se había convertido en una rutina que me servía para liberarme emocionalmente. En ocasiones anteriores, la misma Ana me había traído en su coche, pero al fin me dió un voto de confianza accediendo a que condujese el mío propio. Después de mi intervención en la sesión grupal, la psicoterapeuta pensó que si cada vez iba reintroduciendo más hábitos de mi antigua vida, me sería más fácil llegar a mi propósito principal: perdonarme a mí mismo. Tiempo atrás había creído que sólo necesitaba obtener el perdón de los demás, pero la tarea más complicada residía en firmar la paz conmigo mismo. ¿Conseguiría dejar de ser mi peor enemigo?
Estacioné el coche en el exterior del cementerio y me dirigí al mausoleo donde yacían los restos físicos de mi hermana, al contrario de su alma, que la sentía acompañándome y velando por mí a cada instante. El asombro pintó mi rostro, el jarrón con los gladiolos que Clara le había obsequiado había desaparecido. No quedaba rastro alguno del ramo, ni un pétalo marchito ni una hoja seca. Alguien se había encargado de borrar cualquier resquicio de lo que un día adornaba su tumba, pero ¿quién? Salí de dudas justo en el momento en que volteé la cabeza y divisé a la adorable chica, que sostenía el jarrón con los arreglos florales que acostumbraba a traer.
—Hola —me saludó asombrada—, no esperaba encontrarte aquí. Estaba cambiando los gladiolos de Sandra —agregó pasando a mi lado y colocando el jarrón con el ramo en su lugar.
—Hola —esbocé una sonrisa en agradecimiento—. Gracias por traerle a mi hermana sus flores favoritas.
—Leí la nota... No tienes que agradecerme nada... Yo... yo me sentía en deuda con ella —habló sin despegar la vista de la fotografía de Sandra.
—No tenías por qué hacerlo —insistí en reafirmar su cortesía.
—Será mejor que me vaya —suspiró tras unos segundos de incómodo silencio—. Avisaré a Adrián para que venga a recogerme —añadió, compartiendo un efímero contacto visual conmigo.
—¡Espera! —elevé la voz para llamarla—. Si quieres puedo llevarte de vuelta al albergue —la mirada de Clara, ahora fija en mis ojos, denotaba cierto nerviosismo. No había duda en su mirada, sino que parecía estar procesando las palabras antes de aceptar mi propuesta.
—Supongo que sí —confirmó al fin.
Una vez montados en el coche, el sudor de mis manos me impedía sujetar con firmeza el volante. De modo que con un acto con el que pretendía más bien despojarme de la ansiedad que de los restos de sudoración, froté las palmas de las mismas contra mi pantalón. Dos años atrás se había repetido la misma historia: una conversación en el cementerio, un bloqueo verbal dentro del vehículo... Era como si el ciclo comenzase de nuevo y me quisiese llevar al momento de nuestro distanciamiento. Esta vez no habría playa de por medio, pero sí mentiras que taparan mis verdaderos sentimientos. No podría perdonarme a mí mismo si no me enfrentaba a esta situación. Ella misma me había aconsejado hablar para lograrlo, como si lanzase esa indirecta para agilizar el proceso... Pero entonces, una palabra sirvió para cambiar el juego. La estrategia que tenía en mente se desbarató al escuchar la voz de Clara:
—Clara, yo... no sé ni por dónde empezar —traté de elegir las palabras adecuadas al tiempo que deslizaba con fuerza mis manos contra la tela del vaquero, repitiendo dicha acción una y otra vez.
—Yo también estoy un poco nerviosa —me miró, haciendo que con ese simple acto frenase los acelerados movimientos de mis manos—. Empieza por la verdad, aunque duela —me rogó casi en tono suplicante. No le mentiría, no le ocultaría mis sentimientos, no volvería a huir.
—La verdad solo duele cuando se oculta... ¿Sabes cuántas veces he imaginado que te tenía frente a mí? ¿que te confesaba todo lo que sentía? —inquirí con el corazón en un puño. Clara ya no era una alucinación, y las palabras tampoco se quedarían atoradas en mi garganta.
—¿Qué sentías? —insistió la chica en conocer la respuesta. Su mirada, intrigada y nostálgica a partes iguales, acabó hechizándome...
—Lo mismo que aún sigo sintiendo hoy por ti —clamé embelesado en sus ojos verdes, que me servían de guía hacia el camino de la verdad.