Lo que tanto había planeado se desmoronó en cuanto la voz suplicante de Clara me imploró que le contase la verdad. ¿Tan difícil era ceñirse a lo planificado? ¿decirle que la amé, pero que nuestros caminos se habían separado y ahora debía continuar su vida? ¿por qué no me limité a hablar en pretérito? Sabía que de esa forma solo le haría más daño. Estaba removiendo una vieja herida ya cicatrizada, y como un sabio genio dijo en su día: "somos de quien besa las cicatrices sin abrir heridas nuevas"... Ya no podía cumplir ese juramento, pero me fue imposible mentirle de nuevo.
Como era habitual, el miedo me invadió. De modo que puse el coche en marcha y conduje en silencio hasta llegar al albergue. Clara no despegó sus labios, mi respuesta pareció dejarla enmudecida. En mi mente me repetía una y otra vez que había hecho lo correcto... ¿Pero qué debía esperar ahora? Con semejante declaración todo jugaba en mi contra. Había lanzado una moneda al aire, pero elegir "cara o cruz" no aumentaría mis probabilidades de alzarme como ganador. Con este paso hacia delante había firmado mi sentencia de muerte, pero aún debía recordarle a Clara que era libre. No la dejaría ir sin estar seguro de que nada la ataba a mí. "Nuestra historia necesita ponerle un punto y final", me dije a mí mismo mientras estacionaba el coche justo enfrente de la puerta del albergue.
Cuando muera, que me entierren de costado
Y así dejo más huequito pa' los dos
Cuando vengan a comerme los gusanos
Y se encuentren tu nombre en mi corazón
Murcianica mía, el mundo este es muy malo
Y no se merece a gente como tú
Una lágrima apagó mi último calo
Ya no queda pa' brindar a tu salud
Y me duele pensar que esos ojos, en realidad
Son las cosas más bonitas que yo haya visto jamás
Maldigo cada día las veces que los hice llorar
No paro de sobrepensar, voy a ponerme una más por ti
—Sé que intentaste ir al hospital cuando me ingresaron, fui yo quien le pidió a Ana que no te dejase venir. Tenía miedo de que me vieras así, yo solo... solo quería escapar de este mundo. Ese era el plan, marcharme con Sandra y dejar que fueras feliz... Pero aquí sigo, cumpliendo la promesa que le hice a mi hermana —tomé aire antes de proseguir con mi discurso, ahora me quedaba concluir la parte final de mi misión—. Por eso he dado el paso... Sé que has necesitado tiempo y has trabajado duro para salir adelante, que tal vez debimos tener esta conversación hace mucho y que puede que jamás me perdones, pero quiero pedirte disculpas por todo el daño que te hice —finalicé mi declaración, al tiempo que viraba la cabeza hacia la chica. Ella, con la mirada perdida en el infinito, parecía divagar entre sus propios pensamientos.
Haz lo que quieras conmigo
No te he dejado otra opción, soy mi peor enemigo
Puedo probar mil más, que no voy a cambiar
Pero tú haz lo que quieras conmigo
Déjame hacerlo mejor, no me des aún por perdido
Que no voy a volver a ver el sol (yo)
—Clara, tú nunca fuiste un reemplazo de mi hermana. No sé en qué momento me enamoré de ti, pero jamás busqué llenar su vacío contigo —seguí explicándole, contemplando cómo la chica no salía de su propio trance—. Siento haber huido y no haberme enfrentado a mis propios miedos, siento haberte hecho cargar con la culpa. Nada de lo que pasó fue responsabilidad tuya, créeme —me sequé las lágrimas que brotaban de mis ojos.
La vida se está tintando de gris
Y no hay manera de tenerte aquí
Pagando cada error que cometí
Y ahora mira en lo que me he quedado
Emborrachándome con mis fantasmas del pasado
Y salgo pa' la calle sin móvil y sin un chavo
Buscándome un disparo
Pues no vale la pena estar así
Haz lo que quieras conmigo
No te he dejado otra opción, soy mi peor enemigo
Puedo probar mil más, que no voy a cambiar
Pero tú haz lo que quieras conmigo
Déjame hacerlo mejor, no me des aún por perdido
Que no voy a volver a ver el sol
Si no estás aquí
—Haz lo que quieras conmigo: ódiame, no me perdones, no vuelvas a mirarme con esos preciosos ojos verdes, haz lo que tú quieras... Sé que es difícil olvidar a quien tanto daño te hizo, pero solo así serás feliz —le rogué con la voz quebrada. Una mezcla de sentimientos encontrados revoloteaban en mi interior. Inconscientemente me llevé la mano al pecho, y acaricié el tatuaje que albergaba su inicial. Había renunciado a ella, ya nunca volvería a ver el sol.
Haz lo que quieras conmigo
No te he dejado otra opción, soy mi peor enemigo
Puedo probar mil más, que no voy a cambiar
Pero tú haz lo que quieras conmigo
Déjame hacerlo mejor, no me des aún por perdido
Que no voy a volver a ver el sol
Si no estás aquí
Me mantuve callado unos minutos, no quería seguir presionando a Clara, pero estaba empezando a preocuparme por ella. ¿Y si no estaba tan preparada como les había hecho creer a los demás? Desde que nos habíamos reencontrado, su comportamiento conmigo había sido algo distante pero a la vez cercano. No sabía cómo explicarlo, en el reflejo de su mirada veía un destello de esperanza. Sin embargo, esa fe se desvanecía justo cuando Adrián entraba en acción. La relación amorosa que mantenía con el psicólogo era el único hecho irrefutable capaz de destruir cualquiera de las teorías más auspiciosas. Y como si mi poder de genio sirviese para invocarlo, Clara salió de su ensimismamiento en el instante en el que su novio golpeó el cristal de la ventanilla del coche.
—¡Clara! ¡Me tenías preocupado! —expuso Adrián acogiéndola entre sus brazos, una vez que la chica se bajó del vehículo—. ¿Por qué no me avisaste de que Iván te traería de vuelta?
—No sé, no se me ocurrió decírtelo —se justificó ella aún desorientada, al tiempo que despegaba las manos de su cuerpo para poner fin al abrazo mutuo.
—Bueno, por esta vez estás perdonada —jugó con un mechón de su cabello, mientras que yo continuaba en el interior del coche—. Gracias por traerla —se dirigió a mí, obligándome a participar en la conversación.
—No hay de qué —expresé con una amabilidad forzada. Si quería cumplir con mi promesa, la relación entre Adrián y yo debía ser cordial.
Me quedé contemplando cómo la pareja se dirigía a la entrada del albergue. Las juguetonas manos de Adrián acariciaban los costados de Clara, buscando hacerle cosquillas. La chica trataba de escabullirse de su agarre, pero tras varios intentos fallidos, algo me hizo accionar el botón para soltarme el cinturón de seguridad y apretar la manecilla de la puerta con fuerza. Estaba seguro de que Adrián había tocado la cicatriz que recorría su cadera, esa que tanto prometí besar, a pesar de que acabase abriendo la herida.
Me resistía a creer que la chica más valiente que conocía se hubiese dejado vencer por sus miedos. Ella misma había tratado de motivar a los participantes del grupo de apoyo a que superaran sus fobias, explicándoles cómo años atrás se deshizo de la nictofobia y la claustrofobia... Pero entonces, ¿qué era lo que acababa de ver con mis propios ojos? El gesto apenado del psicólogo demostraba su equivocación, incluso me atrevería a decir que le estaba pidiendo perdón. Esa no era la Clara que conocía, mi Clara, la que se dejaba llevar por sus emociones y estaba dispuesta a saltar cualquier barrera que le impidiese estar cerca de quien más amaba. No sabía el tiempo exacto que llevaban saliendo, pero un pálpito me hacía presentir que no solo yo ocultaba la verdad...