Ahora que le había confesado a Clara toda la verdad, ya no tenía nada que ocultar. Si le hubiese mentido sobre mis sentimientos, si los hubiese dejado guardados en una cápsula del tiempo, aún seguiría con esa espina clavada en mi pecho. Sin embargo, sincerarme con ella no me había traído la paz y el sosiego mental que anhelaba, al contrario, el insomnio se había apoderado de mí... ¿Por qué tuve que dormirme una hora antes de que comenzase la sesión grupal? Hoy era uno de esos días trascendentales, los integrantes compartirían con sus compañeros aquellas historias que arraigaban sus propios miedos. Después de un esfuerzo continuado, tocaba abrirse con el mundo. Solo así podrían deshacerse de sus temores. Yo ya lo había puesto en práctica... Lástima que el efecto que desencadenó no era el deseado.
Llegué media hora tarde, Ana me sostuvo la mirada unos segundos y mis ojeras parecieron convencerle de que ese era el motivo de mi tardanza. Claro que a la psicoterapeuta no le bastaría con suponerlo, estaba seguro que en cuanto pudiese me interceptaría y acabaría por sonsacarme todo lo que había ocurrido un par de días atrás... Eso si con su agudeza característica aún no había detectado en Clara que algo había sucedido... Y hablando de la chica, no tardé ni un segundo en darme cuenta de que no estaba sentada en el círculo. Con un simple e inadvertido gesto le pregunté a Jaime por ella, y en voz baja me contestó que no había venido. La cabeza empezó a darme vueltas, terminé evadiéndome de las historias que los chicos relataban y me sumí en mis propias conjeturas.
Lucía me observaba como si tratase de leerme la mente. En su mirada no había ningún resquicio de reproche, y eso me hizo pensar que Clara no le había hablado de nuestra conversación. Por otro lado, Adrián seguía impasible, como si también estuviese al margen de todo... No debía conocer bien a Clara cuando se tragó la excusa de que se encontraba indispuesta... Ella nunca dejaría de lado al grupo de apoyo, se tomaba tan en serio su labor que, de manera altruista, se había convertido en la líder del grupo. Se esforzaba en consolar a quienes sufrían un momento de bajón emocional, animaba a los que se creían incapaces de superar sus miedos, e incluso había decidido participar en cada actividad como si ella fuese una más.
Veinte minutos después, Ana nos dió un pequeño descanso. Era mi oportunidad, o me escapaba ahora o la incertidumbre acabaría conmigo... Me acerqué a la psicoterapeuta y le expliqué que no había podido pegar ojo en toda la noche, que necesitaba irme a la cama o terminaría durmiéndome en mitad de la sesión. Ana me miró algo incrédula, pero acabó aceptando mi pretexto. En el fondo sabía que no me creía del todo. Cuando al fin me disponía a salir de aquellas cuatro paredes, Adrián salió a mi paso, obligándome a detenerme. Pese a que me había propuesto mantener un trato cordial con él, este no era el momento propicio para ponerlo en práctica...
—¡Gracias, Iván, por lo del otro día! —repitió como si se sintiese en deuda conmigo—. Clara echa mucho de menos a Sandra... Yo también perdí a un amigo, falleció en un accidente, y sé lo que se siente...
—Sandra era mucho más que una amiga, era mi hermana —apostillé endureciendo la voz, hablar de ella siempre me removía por dentro.
—Mmm, lo siento, de verdad que no lo sabía... Recuerdo cómo hablaste de ella el primer día, debe ser muy duro haberla perdido —musitó apenado. En el fondo, muy en el fondo, no se veía mal tío... Pero eso no quitaba que siguiese desconfiando de él.
—Sí —acerté a decir, el aura de nostalgia empezaba a pasarme factura.
—Supongo que de eso conocías a Clara, ¿no?... Si algún día necesitas, ya sabes, cualquier cosa... Cuenta conmigo —Adrián me brindó su apoyo, y yo no fui capaz de aclararle que estaba equivocado.
—Te lo agradezco... Tal vez en otro momento —me despedí de forma apresurada.
Durante el trayecto de regreso al albergue, fui rememorando la conversación que mantuvimos el último día, o más bien mi monólogo. Demasiada información, demasiada verdad. Yo mismo había pagado el precio de mis actos, pero jamás llegué a imaginar que mis palabras le afectarían tanto a Clara. Se suponía que ya había rehecho su vida y que con ello lograría liberarse de los recuerdos que compartimos y que tanto parecían atormentarla... Entonces caí en la cuenta y todo cobró más sentido, la chica le había hecho creer a su novio que visitaba la tumba de mi hermana porque era su amiga. El remordimiento la hacía cargar con una culpa que no le correspondía soportar, por eso dijo que se sentía en deuda con Sandra. Aquella tarde en la playa, ella misma me echó en cara que la había abandonado tal y como hice con mi hermana. Estaba arrepentida de sus palabras... Y yo no supe interpretarlo.
Atravesé el pasillo y me detuve en la puerta de su dormitorio. Mis poderes de genio no fueron los que me revelaron cuál era su habitación, sino los sollozos que se escuchaban desde fuera. Golpeé un par de veces la madera. Si bien mi acción no sirvió para que abriese la puerta, sí que resultó ser efectiva para detener su llanto. Volví a tocar con insistencia, de sobra sabía que alguien la había escuchado llorar y esa no era una excusa que coartara su valentía. Éramos tan diferentes... yo hubiese seguido atrincherado en su lugar. Iván era el que huía, y Clara la que se enfrentaba a la realidad.
—Me duele mucho la tripa —comenzó ella a decir sin apenas mirar quién se encontraba al otro lado de la puerta.
Al verme, su rostro se descompuso y salió corriendo hacia el baño. La seguí y me apresuré a sostener su pelo antes de que el vómito lo alcanzase. Después se lavó la cara, no supe bien si quería deshacerse del malestar o de las lágrimas que recorrían sus mejillas. Mientras, decidí quedarme al margen para dejarle algo de privacidad. Al atravesar el umbral del aseo, nuestras miradas volvieron a conectarse... un contacto que apenas duró unos segundos.
—¿A qué has venido? —me interpeló abstraída en sus pensamientos.
—Quería saber cómo estabas... Y disculparme por lo del otro... —me interrumpió antes de terminar la frase.
—Ya estoy mejor, puedes irte si quieres —sentenció casi empujándome con sus palabras.
—No, no lo estás. Y tampoco creo que deba dejarte sola —afirmé con contundencia.
—Te he dicho que puedes marcharte. Me acabo de tomar un analgésico, y pronto estaré mejor —repuso enfadada.
—Y acabas de vomitar, así que no estás mejor... Por cierto, has dicho que podía irme si quería, y no quiero —apostillé, retándole a que se tumbara en su cama.
—No necesito ninguna niñera, y mucho menos me apetece discutir contigo —prosiguió al tiempo que se recostaba y se tapaba con la sábana.
Una ligera sonrisa se dibujó en mis labios al recordar cómo la situación se asemejaba al inicio de nuestra relación. Me prometí a mí mismo no volver a comportarme como un capullo, simplemente no podía. Las dos noches que llevaba en vela comenzaron a hacer mella en mí, dejándome caer en la cama de Lucía. ¿Cómo habían cambiado tanto las cosas? Ya no necesitaba cerrar los ojos para imaginarme a Clara en mis sueños, ahora la tenía a un metro de mí. ¿Dónde estaba el insomnio cuando lo necesitaba? Estaba a punto de dormirme, haciendo un sobreesfuerzo para que mis párpados no se cerrasen y me perdiese tan memorable estampa, cuando noté que la chica temblaba y suspiraba. En ese instante deduje que estaba conteniendo el llanto o tal vez llorando de manera silenciosa.
—Tranquila, estoy aquí... No te dejaré sola —traté de reconfortarla. Lo último que deseaba era acrecentar sus sollozos. Y eso fue lo que conseguí.
—Iván, yo no quise decir eso... Tú nunca abandonaste a Sandra —se volteó en la cama quedando frente a mí. No me esperaba que aquello siguiese atormentándola.
—Pero te abandoné a ti —le rebatí.
—No... Por mi culpa te abandonaste a ti mismo —clamó con firmeza. El peso de sus palabras recayó sobre mí como un cubo de agua fría, ella no tenía la culpa. Ni de eso ni de nada de lo que hice después.
—Clara, escúchame, tú no tienes la culpa de nada —la miré fijamente a los ojos. Su luz me devolvía a la vida, al igual que mi oscuridad era su perdición—. La culpa nos consume. He necesitado años para darme cuenta de que lo di todo por Sandra y que, aunque jamás llegaré a comprender su decisión, yo no tuve la culpa de que escogiese ese final. Al igual que yo elegí mi camino... No quiero que cargues con un peso que no te corresponde. Lo siento, por todo el daño que te hice, por hacerte sufrir, por dejar que pensaras que nunca te quise...
—¿Por qué dijiste el otro día que aún sentías algo por mí? —preguntó en un susurro apenas audible.
—No importa... lo que quiero es que continúes tu vida libre de cargas, que sigas siendo feliz y que nada ni nadie te robe la sonrisa —le expliqué, intentando retener mi propio llanto. La sentía tan cerca y a la vez tan lejos...
Al fin y al cabo, el amor también podía significar renuncia. No importaba lo que verdaderamente sentía, sino la felicidad de Clara. Me bastaba con su sola compañía, incluso no me interpondría si ella decidiera alejarse de mí. La calma que nos envolvía nos sirvió para que ambos nos perdiésemos en el país de los sueños, allá donde Clara no se autoculpara, donde yo fuese el único responsable que tomó la maldita decisión de acabar con mi vida. Fui yo el que elegí abandonarme a mí mismo. Yo.