Habría seguido en el país de los sueños si no hubiese sido por los gritos de Lucía... La chica estaba bastante alterada, podía escucharlo aun estando encerrada en el aseo. Parpadeé varias veces hasta que mi campo de visión recuperó la nitidez habitual. Clara no estaba en su cama, de modo que debía ser partícipe de la acalorada conversación que estaba teniendo lugar en el baño. Y así lo supuse, no porque oyese su voz, sino porque era menos probable que Lucía estuviese manteniendo un monólogo consigo misma. De todas formas, no era muy difícil de dilucidar que yo era el tema central en torno al que giraba el diálogo...
—¿Cómo se te ocurre dejar que se quede aquí? He tenido que decirle a Adrián que no entrase porque estabas durmiendo... ¿Y si lo hubiese visto? —bramó Lucía, a lo que le sucedió un silencio, o la intervención de Clara en voz baja—. ¿Por qué no me has dicho que te encontrabas tan mal? ¿Acaso... no estarás embarazada?
—Deja de decir estupideces... Sabes de sobra que entre Adrián y yo no... —al fin escuché hablar a Clara, parecía enfadada.
—No lo decía en serio... Y dime, ¿qué piensas hacer ahora con él? —continuó Lucía con su interrogatorio—. Deberías contarle a Adrián lo que hubo entre vosotros, quizá sin mentiras de por medio puedas llegar a enamorarte de verdad.
En ese momento, mi mente pareció colisionar... ¿Qué clase de relación tenían? ¿y por qué Lucía había empleado esas palabras, "enamorarse de verdad"? El primer día que vi a Clara junto a Adrián, fui consciente de la complicidad que existía entre ambos. Después, perdí la esperanza de que fuesen simplemente amigos al escuchar cómo el psicólogo la presentaba como su novia. Todo parecía encajar, pero el afán de la chica por guardar las distancias, por rehuir de sus afectuosos gestos... Algo no encajaba, Clara no compartía cama ni mucho menos habitación con el que decía ser su novio, le había mentido sobre el vínculo que la unía con mi hermana, por no mencionar que tampoco era conocedor del amor que un día nos profesamos. Entonces... ¿por qué Ana insistía tanto en que debía cerrar el ciclo? ¿estarían todos al corriente de las trabas emocionales que arrastraba la chica?
¡Cómo no se me ocurrió que confesándole mis sentimientos solo empeoraría la situación! Debía alejarme de ella, lo único que conseguiría estando a su lado sería confundirla aún más. ¿Y si Clara seguía... enamorada de mí? Ahora que la posibilidad de amarnos resurgía entre las cenizas, tenía que apagar cualquier rescoldo que pudiese prender la llama de nuevo. Clara era la luz que necesitaba para recorrer el camino, pero yo también era su propia perdición. La oscuridad podría atraparla y ni el inmenso amor que sentía por ella, bastaría para rescatarla.
Me aproximé a la puerta del cuarto de baño, di un sutil toque y no esperé a que las protagonistas de semejante riña abrieran. Me dispuse a despedirme tan rápido como los nervios me permitieron. Demasiados secretos revelados, demasiados interrogantes sin respuesta... Una confluencia de incógnitas que me dirigían a un único objetivo, ese por el que tanto había velado, el bienestar y la felicidad de Clara. Este era el final de nuestra historia, ya estaba decidido.
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Ese fue el último día que supe de Clara, y cuatro días habían transcurrido desde aquello. El virus estomacal la había obligado a ausentarse de las actividades del campamento durante ese tiempo. Mientras tanto, yo había sido objeto de múltiples interrogatorios... Me sinceré con Ana, contándole toda la verdad sobre mi encuentro con Clara. Asimismo, Lucía se interpuso en mi camino exigiéndome respuestas. Al parecer, su amiga había acabado desahogándose con ella y con ello me refería a todo, TODO.
—¿Cómo se te ocurre decirle que sigues enamorado de ella? No te das cuenta que esto no hace más que empeorar las cosas —me acusó de mi irrevocable fallo.
—Lo sé, Lucía, me prometí no volver a mentirle y acabé jodiéndola aún más —esbocé cabizbajo. Era un idiota, sí, pero estaba enamorado de ella.
—¿Y qué piensas hacer ahora? —prosiguió la chica.
—Nada —repuse asimilando mis palabras, ante el asombro de Lucía.
—¿Cómo que nada? ¿En serio no ves que esto ahora lo cambia todo? Clara... Lo que Clara siente —su intervención se vio interrumpida por la llegada de Jaime.
—Adrián os llama, quiere que le ayudemos a llevar un par de cosas al bosque —indicó él, que también parecía estar al tanto de lo acontecido.
El único que vivía al margen de todo era el psicólogo. Últimamente, incluso prefería compartir tiempo con él para deshacerme de la presión constante del resto. Por un lado, me servía para abstraerme de la realidad; por otro, sentía que estaba engordando la gran mentira que lo rodeaba. ¿Qué ganaban los demás ocultándole la verdad? A leguas se reconocía el amor que Adrián sentía por Clara... Pero, entonces ¿por qué Lucía habló de enamorarse de verdad? Si Clara no sentía lo mismo por él, ¿para qué fingía? Los interrogantes opacaron mi mente, traté de borrarlos de mis pensamientos antes de llegar a una conclusión común: y si, tan solo y si, Clara sentía algo por mí... Si bien, la tarea era imposible de llevarla a cabo, necesitaba pronunciar su nombre en voz alta y saber que estaba bien.
—¿Cómo está Clara? —le pregunté a Adrián mientras preparábamos la zona de acampada, una de las actividades preferidas por el grupo.
—Ya está mejor, mañana vendrá a la acampada —respondió con optimismo—. La verdad es que me tenía preocupado...
—Se nota lo mucho que la quieres —dije casi sin pensarlo.
—Si, ¿no? —se rió ante mi comentario—. No puedo negarlo, daría mi vida por ella.
—¿Lleváis mucho tiempo juntos? —la pregunta salió de mis labios como si llevase atorada en mi garganta desde el día en que los vi juntos.
—Un año ya... —alegó pensativo.
—¿Os conocisteis aquí? —debí morderme la lengua para no indagar más sobre su relación.
—No exactamente... Clara empezó siendo mi paciente. Se puede decir que nuestro amor surgió de forma inesperada —se abrió confesándome sus emociones—. Ya sabes cómo es, cabezota como ella sola. Y creo que eso fue lo que acabó enamorándome de ella.
—Sí, cuando se lo propone, no hay nada que la haga cambiar de opinión —bromeé rememorando viejas hazañas—. Y... esto... ¿Clara ya está bien?
—Era un virus estomacal, no hay nada de lo que preocuparse —se reafirmó en sus palabras.
—No me refiero a eso, sé que Clara lo pasó mal hace tiempo y como comenzó siendo tu paciente... —no se me ocurrió otra forma mejor de preguntarle por ello.
—Bueno, se trata de un proceso que requiere su tiempo... Cada paso, por pequeño que sea, nos hace avanzar en el camino. Y lo más importante es no rendirse nunca. Mejor que tú no lo sabe nadie, ¿verdad? —viró el tema hacia mí, sin expresar una respuesta clara, valga la redundancia.
—Así es —afirmé, intentando no profundizar demasiado. Adrián debió notarlo, lo supe por su disculpa.
—Lo siento, sé que es algo personal y no tienes por qué contármelo —trató de excusarse.
—No es por eso. Es que no me siento bien —alegué, colocando una mano sobre la tripa.
No estaba mintiendo, un calambre me recorrió el abdomen y como si fuese el detonante de mi malestar, la sensación pronto se instauró en todo mi cuerpo. Acto seguido me disculpé con los chicos, hablé con Ana y, aun con la preocupación transluciendo en sus palabras, me aconsejó que me marchase a descansar. Acaté su recomendación y, tan rápido como llegué a la cabaña, me tomé un analgésico y me metí en la cama. El paso del tiempo dejó de ser cuantificable en el momento en que caí dormido. Apenas podía con mi cuerpo, me levanté y me comí algunas sobras que quedaban en la nevera para después ingerir otra pastilla y acostarme de nuevo. Tecleé un "Estoy bien, no te preocupes" y se lo envié a Ana. Lo menos que quería era ser una carga para ella cuando al día siguiente se celebraba la acampada. Me jodía perdérmelo, y más sabiendo que ese día volvería a ver a Clara.
El periodo de abstinencia y recuperación ni de cerca se le aproximaba a la fuerza de voluntad que debía hacer para no pensar cada segundo en ella. El estado febril me estaba llevando al borde de la locura y, entre desvarío y desvarío, Clara apareció junto a mi cama. Estaba de pie, observándome con sus preciosos ojos verdes, podía leer la preocupación en su mirada. Intenté decirle que estaba bien, pero mi debilidad era tal que me fue imposible articular palabra alguna. Cerré los ojos con fuerza, tal vez y solo tal vez, el sueño acabaría por consumirme y desaparecería de mi lado. Pero el anhelo de tenerla junto a mí era más fuerte, ¿estaba delirando o esa Clara era real?