La luz de su mirada - Libro Ii

Capítulo 15

Quise tocarla, acariciar su piel y confirmar así que no era producto de mi imaginación... pero no pude. Siempre había preferido la incertidumbre a la verdad, y esta vez me dejé llevar por la duda. Si Ana estuviese aquí me diría que lo que tenía era miedo a descubrir que no era real, que prefería vivir en un mundo de fantasía a comprender que ya nada podría existir entre nosotros. Y así era. El desconsuelo se vio reflejado en la lágrima rebelde que acabó recorriendo mi mejilla. No era real, no podía serlo... Pero otra vez mi obstinado cerebro se empeñaba en arrebatarme la cordura, su voz rompió el silencio y mi corazón se detuvo.
—Estás enfermo, deberías hablar con Ana para que te lleve al hospital —su armoniosa voz llegaba a mis oídos como un eco lejano. Negué con la cabeza.
Mi cuerpo había pasado de la frialdad de un glaciar al calor de una hoguera ardiendo. En ella debían estar consumiéndose los miedos de los campistas; no obstante, los míos crecían con cada décima que subía mi temperatura corporal. Como pude, arrojé las mantas hacia un lado. El sudor había empapado las sábanas y los zumbidos de mis oídos me impedían escuchar a Clara. La chica gesticulaba y señalaba hacia la puerta de mi habitación... ¿cuánto tiempo hacía que me había tomado el último antipirético? Mis ojos vacilaban entre el umbral que daba al pasillo y la figura de Clara, mas no encontraba fuerzas suficientes para cumplir sus órdenes.
Viendo que me era imposible llevar a cabo tan sencilla tarea, me resigné a cerrar los ojos y esperar a que mi propio organismo luchase contra la fiebre. Cuando los volví a abrir, Clara estaba frente a mí con un bol que debía contener algo alimenticio, me limité a comérmelo y después me tomé otra pastilla. Al cabo de un tiempo la fiebre descendió un par de décimas, o eso mostraba el termómetro. Si bien los zumbidos de los oídos habían desaparecido, mi cuerpo continuaba regado en sudor. De nuevo, volví a escuchar su voz:
—Date una ducha, el agua fría te ayudará a bajar la fiebre —musitó con ternura. Esa Clara, tan irreal como mis delirios, parecía ser mi ángel de la guarda.
Con un esfuerzo titánico, logré levantarme de la cama y llegué hasta el baño. Cada dos pasos volvía la mirada hacia atrás esperando comprobar que Clara siguiese ahí, acompañándome. Tenía miedo de que remitiese mi estado febril y su reflejo se esfumase entre las sombras. ¿Era real o solo producto de mi desvariada imaginación? Si no lo confirmaba, si no sentía la cercanía de su piel, la calidez de su aliento, jamás podría saberlo. Entré en la ducha con la convicción de que era "ahora o nunca". Así que, sin más dilación, avancé hacia ella a la vez que iba acortando la distancia que separaba nuestros cuerpos. Mientras tanto, ella me observaba expectante como si sus músculos la obligasen a permanecer inmóvil a sabiendas de mis intenciones.
—No debí abandonarte... Ojalá pudiese cambiar el pasado, pero no puedo —susurré. Percibía cómo su respiración se agitaba, antecediéndose al irremediable contacto que mi boca deseaba—. Clara, siempre serás la dueña de mi corazón —y mis labios rozaron los suyos, desatando un incendio en mi interior que ningún antiemético podría reducir.
Nuestros labios danzaron al unísono en un baile donde el anhelo y la añoranza prevalecían sobre lo erótico. Sentí cómo nuestras almas volvían a conectarse. Los latidos acelerados de nuestros corazones galopaban en un intento de sobrepasar los límites de la fisionomía humana para salir de nuestro pecho. Fue un beso lento, en el que saboreamos los recuerdos de un pasado juntos. Al fin y al cabo, solo nos quedaba eso... Rememorar el amor que algún día vivimos.
El agua fría, o más bien gélida, me hizo tiritar y volver a la realidad. Mi cuerpo había dejado de estar ardiendo, pero la llama eterna de mi corazón jamás podría apagarse. Clara había desaparecido... La busqué por toda la casa, mas no había rastro de ella. Salí corriendo en dirección al valle donde habían montado las tiendas de campaña improvisadas. ¿Qué ganaba con eso? ¿demostrarle a mi cerebro que no había sido una alucinación, una ilusión que rozaba los límites de lo real? Desistí en la búsqueda y desandé mis pasos regresando a la cabaña. Había sentido ese beso como si lo hubiese vivido en primera persona... Pero la mente tampoco conocía límites.

★★★★★

Transcurrieron varios días hasta que me recuperé del maldito virus. Después de la fiebre llegaron los vómitos, y más tarde la astenia y la fatiga. Se trataba de un cuadro clínico similar al que Clara había pasado. Durante ese tiempo, Ana se encargó de que no me faltase de nada. Yo, por mi parte, opté por no mencionarle el episodio alucinatorio de la noche de la acampada. Sin embargo, el tiempo había jugado en mi contra, o a mi favor, según como se mirase. Estuve dándole demasiadas vueltas al asunto, lo que menos importaba en estos momentos era la veracidad de lo que ocurrió. Estar cerca de Clara se había convertido en mi nueva adicción, pero confesarle mis sentimientos solo empeoró las cosas. Mi intención era dejarla marchar, que volase hacia la felicidad. Pero mis palabras obtuvieron el efecto contrario, parecían cadenas que la anclaban a mí, a nuestro pasado. Por tanto, tenía que alejarme de ella. Solo la distancia podría devolverle el sentido a su vida, aunque con ello renunciase a la mía propia. Ya lo dije una vez, el amor también significaba renuncia.
—¡No puedes irte tan pronto! —gruñó la psicoterapeuta mientras yo preparaba la maleta—. Iván, aún no te has acostumbrado del todo a esto...
—No te preocupes, a veces la vida no entiende de procesos de adaptación —le dirigí una sonrisa tranquilizadora.
—¿Y la terapia grupal? ¿Qué le diré a los chicos? ¿que has decidido abandonarlos en el proceso? —me atacó donde más me dolía.
—No quiero abandonar a nadie, pero... sabes que no puedo seguir aquí... Esto me está matando —asumí resignado.
—Así que es por Clara... —sugirió Ana, cruzándose de brazos. La interrumpí antes de que siguiese con la reprimenda.
—Ya he cumplido con mi promesa, le he contado toda la verdad... hasta lo que sentía —dije elevando el tono de voz—. Pero mi presencia es más una traba que una liberación. Si desaparezco de su vida, todo habrá acabado.
—¿Quieres saber lo que Clara dijo cuando te estaban metiendo inconsciente en la ambulancia? —soltó a modo de contraataque—... Que no la abandonases. Y ahora planeas irte sin despedirte de nadie.
—No me lo pongas más difícil, Ana —repliqué, cerrando la cremallera del macuto—. Invéntate una excusa, algo por lo que haya tenido que ausentarme...
—Lo siento, pero no. Contarás con mi apoyo, te ayudaré si me necesitas. Pero no pienso mentir... Jaime es tu amigo, por lo menos despídete de él —me aconsejó algo enfadada.
Ana estaba en lo cierto. De modo que esperé a que finalizase la actividad que tenían programada con el grupo de terapia para hacer lo propio, no sin antes cerciorarme de que Clara estuviese en su habitación y no pudiese verme. Cuando le comenté a mi amigo que me marchaba, la desolación inundó su rostro. A veces no me daba cuenta de que contaba con el apoyo de más gente de la que creía. Jaime me conocía bien, y desde el primer momento supo leer entre líneas el verdadero motivo de mi partida.
—¿Te vas por ella, verdad? —preguntó.
—Sí, pero no se lo digas —le supliqué que me guardara el secreto.
—No te preocupes, que tampoco se lo diré a Lucía —me tranquilizó con una palmadita en el hombro—. Espero que esta decisión también te sirva de ayuda a ti mismo. Te echaré de menos, tío —concluyó a la vez que Adrián entraba en el dormitorio.
—Perdón... —se disculpó por interrumpir nuestro abrazo de despedida—. ¿Te vas?
—Sí —confirmé lo que segundos antes había oído—. Me alegro de haberte conocido, cuida de Clara —le encomendé a la que siempre sería el amor de mi vida.
No esperé más tiempo del necesario y pronto estuve de regreso en la cabaña. Unas horas más tarde, ya casi lo tenía todo listo. Le eché un vistazo a mi fotografía con Sandra, su marco aún seguía adornado alrededor con el pañuelo de Clara. Dejaría ambos así, unidos, como si el alma de mi hermana también protegiese de alguna forma a la chica. Abrí el cajón de la cómoda para comprobar que no me olvidaba de nada, y entonces lo vi: el papel con la lista de razones por las que me había enamorado de ella. La nostalgia inicial pronto se tornó en resignación, aquel fragmento siempre sería la prueba de lo que algún día fuimos.
Palpé a tientas el fondo del cajón y mis dedos dieron con otro objeto más que olvidado... Cuando le obsequié a Clara la pulsera por haber superado sus miedos, guardé otra también trenzada por mí mismo en señal del amor que nos profesábamos. Pensaba que cada uno podría llevarla como símbolo de unión, pero me pareció demasiado cursi y decidí guardarla en el cajón. Ahora que la veía, ya nunca podría ser así. La suya debía estar en el fondo del mar y la mía, se quedaría allí guardada... escondida, como mi amor por ella. El "toc-toc" de la puerta me hizo despertar del letargo, debía ser Ana. No querría que me fuese sin dedicarle un "hasta pronto". El adiós sonaba como a una despedida definitiva, y no lo era. Aún con la pulsera entre mis dedos, avancé por el pasillo y abrí la puerta...
—Hola —me saludó Clara agitando la mano con timidez.
"¿Por qué el destino me lo ponía tan difícil?", pensé. Ojalá nunca hubiese creído en el azar... Pero por ella acabé creyendo. Jamás me arrepentiría de lo vivido, aun maldiciéndolo, seguiría confiando ciegamente en él. Y estaba a escasos segundos de descubrir qué era lo que me tenía preparado...



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En el texto hay: superacion, romance, drama

Editado: 22.02.2026

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