—Hola —pronuncié por inercia, sin ser consciente de que la chica que se encontraba frente a mí era real.
El hecho de verla al otro lado de la puerta me pilló algo desprevenido. Lo primero que se me pasó por la cabeza fue que alguien se había ido de la lengua. Tal vez Adrián le había comentado que me marchaba, y Clara había decidido venir a despedirse, o incluso a pedirme que me quedase. Pero la burbuja del "quizá" explotó al escuchar lo que verdaderamente la había traído hasta aquí.
—Solo he venido para saber cómo estabas... —explicó Clara con cierta timidez el motivo de su visita.
—No hacía falta que te molestaras en venir, ya estoy recuperado —contesté en un intento por romper la tensión que se palpaba en el ambiente.
—Siento haberte contagiado el virus —forzó una sonrisa ante la incomodidad—... También quería disculparme por cómo me comporté contigo el otro día, me fui y te dejé solo —agregó desviando la mirada.
—No te preocupes –me apresuré a decir, pero ¿a qué se refería con aquello último? ¿en qué momento se había ido y me había dejado solo? ¿estaría hablando de la discusión que nos distanció dos años atrás? "El otro día", decía...
—Te debo una disculpa —añadió en tono serio, disuadiendo los interrogantes que se formulaban en mi cabeza—... Quizás no he sido tan valiente como pensaba, tan valiente como tú...
—No digas eso, Clara, si por algo destacas es por ser la chica más inteligente, valiente y fuerte que conozco. No todos consiguen superar sus miedos —repetí aquella frase, antes como apoyo para vencer sus fobias, ahora como recordatorio de todo lo que había logrado.
—No, no es así... Yo... yo tengo miedo a pedirte perdón, a hablar de lo sucedido, a aceptar que... —reveló entre suspiros, intentando ahogar su incipiente llanto.
—Por mi parte está todo perdonado, ya te dije que tú no debías cargar con la culpa. Solo yo soy responsable de las decisiones que tomo –la detuve antes de que terminase por desmoronarse—. Tenemos que dejar atrás el pasado... —busqué conectar con sus vidriosos ojos antes de confesarle la verdad. Esa que tanto había tratado de ocultar—. Clara, me marcho.
—¿Qué? ¿Por qué? —cuestionó ella asombrada.
—Ya he tomado la decisión —repliqué, rompiendo el contacto visual. Si me dejaba llevar por su luz, cualquier atisbo de duda acabaría revirtiendo mi futuro.
—Te vas por mí, otra vez... —expresó con las mejillas humedecidas por las lágrimas, que recorrían con avidez su rostro.
—Yo... necesito alejarme de todo, de todos... —traté de dominar el nudo que comprimía mi estómago.
Mientras tanto, Clara se talló los ojos, como si eso la ayudase a encontrar cualquier pretexto que alargase mi estancia aquí. Tal vez fue el destino, o quizá el as bajo la manga que se guardaba el karma contra mí... No era momento para discutir cuál de los dos estaba en mi contra, puesto que ambos tenían razones de peso para estarlo. En definitiva y por consiguiente, la chica reparó en el objeto que aún sostenía entre mis dedos. Como si mis nervios tratasen de ocultarla, apreté con mis falanges la pulsera. Pero... ya era demasiado tarde.
—Esa pulsera... ¿Sigues con tu tradición de regalársela a quien consigue superar sus miedos? —preguntó, posando sus ojos sobre ella.
—Bueno, eso lo hice solo una vez... Estaba ordenando mis cosas cuando la encontré en un cajón —le expliqué sin saber muy bien a dónde quería ir a parar.
—¿Pero, me la regalarías? —me rogó suplicante.
—Supongo que sí... —volví a echarle un vistazo a la pulsera antes de ofrecérsela—. Toma.
—No, déjame que te demuestre antes que puedo superar mis miedos —negó mi ofrecimiento con un gesto.
—Clara, tengo que irme —reafirmé mis palabras, lo que pintó de desilusión su rostro.
—No... Iván, tú siempre... me has ayudado, has estado ahí, apoyándome... Deja que te lo demuestre, por favor —me insistió con cierta desesperación en su voz—... Se supone que los chicos están organizando una fiesta sorpresa en la playa por mi cumpleaños... Quédate hasta ese día —me rogó con el brillo de su mirada—. Allí te espero.
Clara se despidió de forma apresurada. Ni siquiera me dejó tiempo para denegar su invitación. La chica parecía estar decidida a hacerme cambiar de opinión. Pretendía retenerme, me había rogado que no me marchase hasta su fiesta de cumpleaños. Ese era el plazo que se había impuesto para superar sus nuevos temores. Decía tener miedo a pedirme perdón, a hablar de lo sucedido, a aceptar que... tal vez... ¿me amaba? Esa posibilidad, que llevaba días rondando mi cabeza, había resurgido de entre las cenizas. Mis sentimientos, tan profundos y honestos como el primer día, hacían que mi corazón latiese acelerado frente a esa idea.
Ahora me encontraba en una encrucijada, con la pulsera entre mis dedos me preguntaba si debía asistir a su fiesta. Cuando al fin tomaba la decisión de decirle adiós, entonces aparecía frente a mí. Por más que intentaba mantenerme firme a mi palabra, por más que trataba de alejarme de ella, siempre acababa perdido buscando una luz blanca dentro de un agujero negro. Era posible que ni siquiera supiera el poder que tenía sobre mí, mis fantasías se tornaban en una realidad paralela que acababan engulliéndome. Y por más que quisiese salir, irme de allí... Siempre terminaba dejándome llevar por ese rayo de luz que iluminaba todo mi universo. A veces, dudaba de si ya sería demasiado tarde para salir de aquel infierno que ardía, de si aún debía bajar para elevarme... Pero de lo que estaba seguro, era de que Clara me hacía volar.
Volar (oh, yeah), ya es una realidad
Tienes esa habilidad de hacer (oh, yeah)
Lógico lo irreal, creo que empiezo a delirar, yeah (oh, yeah)
Mis manos te pertenecen, la fe en ti no decrece nunca
Y si quieres la respuesta pregúntame, busca y júntate
Tú siempre haces que se me pare el tiempo
Y tenga que estar más que contento
Marchito sin tu rayo de luz
Que hace brillar todo el universo
No quiero aceptar quedarme dentro
Quiero sali', irme de aquí