Aquella confesión fue como un huracán, un torbellino de emociones se desató en mi interior. Acababa de escucharlo de su boca, de esos labios que me habían impulsado a caer en la tentación. Ya no era un posibilidad, cualquier atisbo de duda se había erradicado, dando paso a un sincero "te amo". Clara seguía enamorada de mí, nuestro amor era recíproco... Sin embargo, eso no significaba que nuestra historia podría tener un final feliz. Ya lo dije una vez, a veces el amor significaba renuncia. Y hoy más que nunca había sido consciente de cuál debía ser mi lugar, y se encontraba a kilómetros de distancia de Clara.
—Clara, no... —le rogué que no continuase.
—No... Aquel día en el cementerio, cuando me abriste tu corazón, te pedí que comenzases por la verdad. Llevabas razón, la verdad solo duele cuando se oculta, y yo llevo demasiado tiempo ocultándola —prosiguió bajo mi atenta mirada, que contemplaba obnubilado cada gesto, cada expresión de su rostro—. No he sido valiente, me he mentido a mí misma e incluso he jugado con los sentimientos de los demás.
—No te culpes por eso —intenté animarla. Sus ojos, cristalinos por las lágrimas que amenazaban con salir, me transmitían la frustración y el dolor acumulado por los años.
—Luché por superarte, por comprender tus decisiones, por olvidarte... Y pensaba que lo había conseguido... hasta que te tuve frente a mí —se detuvo un segundo para tomar aire, y soltar todo lo que llevaba tanto tiempo callando—. Después de años de terapia, tratando de convencerme de que lo nuestro había terminado, de que ya no sentía nada por ti... Volviste a mi vida y pusiste patas arriba mi mundo.
Era la primera vez que Clara se abría ante mí, exponiendo lo que sentía sin mentiras de por medio. Tanto tiempo había permanecido en silencio, culpabilizándose por tantas cosas... Entre ellas, sus propios sentimientos. Pero ahora podía entenderlo, había seguido la voz de lo que le instaba su entorno, no la de su corazón. Por eso Ana siempre insistía en que debíamos cerrar nuestro capítulo, Lucía se oponía a que retomásemos cualquier contacto y Adrián... en fin, él vivía al margen de todo. Sin duda, él había sido el mayor damnificado y Clara se sentía culpable por haber jugado con él. Asimismo, ella lo confirmó.
—Tal vez si nunca hubiese regresado, tu vida seguiría siendo igual. Adrián... —Clara no me dejó concluir la frase.
—Adrián... Él es tan bueno conmigo... ¿Sabes que, a pesar de ser mi psicólogo, nunca le llegué a hablar de ti? Ni siquiera sabe que eres el hermano de Sandra, piensa que le llevo flores a la tumba de una amiga que perdí —pareció arrepentida por decir lo último—. Creía que si le contaba lo que un día llegué a sentir por ti, cómo había vencido hasta mis miedos más profundos, me habría abandonado al saber que con él... era diferente.
—Adrián te quiere con locura, salta a la vista, y no sería tan idiota de abandonarte por eso... Él no soy yo —aclaré, buscando hacerla recapacitar.
—No, él no eres tú... Siempre has sido tú, Iván. Y no importa lo mucho que me esfuerce en negar la realidad, porque siempre serás tú —reforzó su discurso, convencida de sus palabras.
—Pero yo te abandoné, y él jamás lo haría —agregué sosteniendo el dije que colgaba de su cuello entre mis dedos—. Te escuché hablar con Lucía el día que me quedé dormido en tu habitación, si me marcho al final entenderás que lo amas de verdad. Tú misma lo has dicho, si yo no hubiese reaparecido en tu vida, quizás ese miedo que te impide entregarle tu corazón se habría acabado disuadiendo.
—Yo ya le entregué mi corazón a alguien una vez —dijo en un susurro al tiempo que desabotonaba el cuello de mi camisa, buscando acceder a la prueba que confirmaba sus palabras—. Mi corazón te pertenece —añadió acariciando el tatuaje de mi pecho.
—Clara... —traté de detenerla, pero aquella sensación que despertaba el contacto de sus dedos sobre mi piel le restaban validez a mi súplica.
—Te necesito a mi lado —volvió a acariciar la tinta que enmarcaba su inicial en un corazón—. Aquella noche, en tu cabaña, me dijiste que te arrepentías de haberme abandonado, y que yo siempre sería la dueña de tu corazón... ¿Acaso ya no sientes lo mismo?
Sus palabras revivieron aquella ilusión en mi memoria. Entre delirio y delirio, la figura de Clara se erigía frente a mí. Sus labios expectantes y ansiosos por rozar los míos, permanecían inmóviles como si su cerebro no fuese capaz de seguir las órdenes enviadas, como si se resistiese a sus deseos. Aquella noche pensé que Clara era irreal, una ilusión forjada por mi desesperación. La confesión previa que le antecedió a tan memorable gesto ahora parecía convertirse en cientos de puñales clavándose en mi corazón. Sí, me arrepentía de haberla abandonado, al igual que siempre seguiría enamorado de ella... Pero entonces, ¿su visita, la forma en la que me cuidó cuando estaba enfermo... todo fue real? Si era así...
—¿Qué? —pregunté incrédulo.
—Tus besos decían lo contrario —me dejó enmudecido su revelación. Era la confirmación de que aquel desvarío no fue producto de mi imaginación, sino que lo que vivimos fue real... Había besado a Clara.
—No, no, no —retrocedí un par de pasos, alejándome de ella y rompiendo el contacto creado entre nuestros cuerpos—. Clara, te juro que lo siento... La fiebre... yo... pensaba que mi mente estaba jugándomela otra vez. De verdad que lo siento, crucé unos límites que no debería haber cruzado...
—No lo sientas... Porque yo no me arrepiento de haberte besado —avanzó de nuevo, acortando la distancia entre nosotros—. Eso me hizo ver que mis miedos solo desaparecían con la persona correcta. Perdóname, Iván, por todo lo que te dije. Quiero que sepas que estoy muy orgullosa de ti, por cómo lograste salir de ese infierno.
—Yo siempre estaré orgulloso de ti, Clara, por tu valentía y tu coraje... Pero lo nuestro no funcionaría —me reafirmé con el corazón hecho añicos. Me dolía verbalizarlo, me dolía renunciar a mis sentimientos.
—Intentémoslo, por favor, Iván —me rogó tomándome de las manos, virando sus ojos entre la pulsera que aún mantenía sostenida y los míos—. Me has ayudado a superar todos mis miedos... Me lo prometiste...
Se lo había prometido, le obsequiaría la pulsera como premio por vencer sus temores. Clara se había abierto ante mí, se había enfrentado a sus miedos, y merecía ser recompensada por ello. Era una promesa que no podía romper, no otra vez. De modo que, con el corazón latiendo a mil por hora, me solté de su agarre y volteé su mano. La mirada enigmática de Clara, con sus ojos brillando expectantes, me instaban a que continuase. Con mi dedo fui dibujando el recorrido desde la palma de su mano hasta su muñeca. Me deleité sintiendo la suavidad de su piel, observando el rubor de sus mejillas por aquel contacto tan sutil pero íntimo. Mi pulgar se detuvo en la línea engrosada del reverso de su muñeca, aquella cicatriz que recordaba la tragedia vivida. Sin embargo, ya nada quedaba de esa Clara. Las mariposas de tinta que antes adornaban la zona eran un símbolo de su lucha, de su capacidad de resiliencia... Pero ya no quedaba ningún resquicio de aquella señal de esperanza.
—¿Y tu tatuaje? —pregunté, alzando la vista.
—Está aquí —Clara giró la otra mano, mostrándome el dibujo que tan bien recordaba... Pero entonces, aquella cicatriz ¿era nueva? Casi por instinto me apresuré a comprobar el engrosamiento que trataba de ser borrado por el delineado... La marca de su batalla interna estaba en ambos lados.
—...¿Cuándo... Cuándo intentaste hacerlo? —inquirí con un nudo en la garganta que me impedía pronunciar las palabras con claridad... La chica que tenía justo frente a mí había intentando quitarse la vida. Otra vez. Después de habérselo prometido a su familia, a su madre...
—Iván... Yo... estaba mal... Pensaba que... que aquella noche, cuando te vi en la ambulancia te perdería —su declaración me dejó helado, no podía reaccionar ante semejante confesión—. Te juro que me arrepentí, después me arrepentí... Y no pienso volver a hacerlo.
—¿No te das cuenta, Clara? —dije apenas en un susurro, como si la propia voz no saliese de mi cuerpo—. Solo sirvo para hacerte daño, para hacerte sufrir... —agregué, llevándome las manos a la cabeza y retrocediendo un par de pasos. Esta agonía me superaba, me negaba a ser el causante de su dolor, de su renuncia a la vida.
—No te vayas, Iván, te necesito a mi lado —me suplicó entre sollozos, pero manteniendo la distancia que había crecido conforme mis pasos buscaban separarme de ella. Yo era el problema, siempre lo había sido. Sin embargo, no quería abandonarla otra vez, simplemente no podía.
—No dejaré de estar a tu lado —murmuré más para mí mismo, pero la chica lo escuchó. Su mirada perpleja denotaba sorpresa ante mi comentario—. Entiéndelo, Clara, seguiré estando ahí cada vez que me necesites, no quiero abandonarte... pero verte cada día, no poder... ¡joder!... Esto me está matando. Te amo, y por eso quiero lo mejor para ti —me despedí avanzando en dirección contraria. No viré la cabeza, no podía comprobar con mis propios ojos cómo mis palabras dejaban devastada a la chica que amaba.
La situación se asemejaba demasiado al abrupto distanciamiento que habíamos vivido dos años atrás. La abandoné aquel día, la dejé sola, con la única compañía del bramido de las olas. Sin embargo, esta vez era diferente; no era un adiós, sino un hasta luego... Lamentablemente, ni el destino ni nosotros mismos seríamos quienes decidiríamos cuándo nuestros caminos volverían a cruzarse. Más tarde, el recuerdo de cómo Clara habló de los tipos de fobias, de las denominadas "fobias específicas" y del "factor externo" que las desencadenaba, opacó mi memoria... y como si de una premonición se tratase, la maldita oscuridad acabaría sacudiéndonos con fuerza.