La luz de su mirada - Libro Ii

Capítulo 19

Aquella noche regresé a la cabaña, cogí la maleta que parecía seguir esperándome en la entrada, y recorrí cientos de kilómetros hasta llegar al apartamento donde residía habitualmente. Aunque, bueno, quizá llamarlo así era parte del pasado. Cuando Ana me recogió del centro de rehabilitación, me llevó directamente hasta la cabaña del bosque. Y solo había regresado a la ciudad para recuperar mi coche, el cual estaba resguardado en un garaje a un par de calles de mi casa. Tampoco podía denominarlo como mi hogar, pues nunca lo fue. Al menos no como algo sentimental.
La soledad de la vivienda me acogió entre el aroma a cerrado y el polvo acumulado. Mientras yo estaba abstraído, sentado sobre mi cama y mirando un punto fijo en la desamueblada habitación, Clara debía estar bailando en su fiesta de cumpleaños. Más bien, no me quería imaginar su rostro empapado por las lágrimas, llorando por haberle roto el corazón. Estaba seguro de que era lo que había conseguido con mis palabras, en estos momentos era imposible que siguiese amándome. Sí, debía odiarme; con todo su ser, me odiaba.
Pero ya no había vuelta atrás... Con el teléfono entre mis manos y el pulgar debatiéndose entre presionar o no el botón de "llamada", opté por apagar el aparato, como si con ello todos mis problemas se pusieran en "off". Lógicamente, las cosas no eran así de sencillas. No existía un botón que disuadiese el nudo que me oprimía el pecho, ni un interruptor que desconectase mi cerebro y, ni muchos menos existía un poder divino que secase las lágrimas que emanaban de mis ojos.
"Bailar y odiar, sí, eso es lo que Clara debería estar haciendo ahora", me repetí intentando convencerme... Porque llorar y amar, ambas eran opciones que prefería no barajar. Si valoraba esa alternativa, la probabilidad de que estuviese sucediendo esa opción en ese mismo instante era exactamente la misma que la otra. Y, aunque yo tendiese a autoflagelarme, si lo hacía acabaría destruyéndome, aún más si cabía. Nuestra despedida fue un hasta luego, sí, no un adiós.

Hace ya tiempo que no hablamos
Contacto cero necesario
Me daba miedo dar el salto
De quererte soltar
Y sé que no vas a encontrar nadie como yo
Que te dé calor
Me va a tocar sanarme de todo ese dolor
Todo ese dolor

Me has hecho brujería
Pa' amarrarme to' los días
Quiero invertir mi tiempo
En la lucha de olvidarnos

Bailar y llorar
Amar y odiar
Bailar y llorar
Amar y odiar
Bailar y llorar

Mi corazón
Dice que te escriba y toque tu puerta, pero yo no
Aunque me muera de ganas
Siento demasiado dolor
Tu conjuro no funcionó

No queda magia entre tú y yo, yo, yo (uh)
Yo sé que no, yo
Tú o yo, yo, yo (uh)
No queda magia entre tú y yo, yo, yo (uh)
Yo sé que no. yo
Tú o yo, yo, yo (uh)
Entre tú y yo

Me has hecho brujería
Pa' amarrarme to' los días (to' los días)
Quiero invertir mi tiempo
En la lucha de olvidarnos

Bailar y llorar
Amar y odiar
Bailar y llorar
Amar y odiar
Bailar y llorar

Bailar y llorar
Hmm, hmm, hmm

★★★★★

Dos semanas habían pasado desde la última vez que vi a Clara, dos semanas en las que me había sido imposible sacarme de la cabeza la última imagen que guardaba de ella. Tiempo atrás había aprendido a vivir de los recuerdos, a atesorar los momentos felices que vivimos juntos. Sin embargo, llevaba unos días en los que era habitual que me despertase en mitad de la noche. A juzgar por la desazón y la inquietud que me invadían al abrir los ojos, debía tratarse de una pesadilla, y en el fondo de mi corazón tenía el presentimiento de que Clara era la protagonista de ella.
A los pocos días de volver, encendí de nuevo el teléfono. Lo último que quería era preocupar a Ana al no poder contactar conmigo. Como suponía, el mensaje de sus llamadas perdidas llenaron mi barra de notificaciones. Todas de la psicoterapeuta. Ninguna del resto. Ninguna de ella. Ana también debió recibir el mensaje de que mi número volvía a estar operativo, porque escasos minutos después sonó su llamada entrante. Al principio, esperaba un regaño de su parte, pero todo fueron buenas palabras. Su tono era tranquilo, demasiado diría yo... Y eso me hizo sospechar.
Ana estaba tratando de ocultarme algo, no sabía el qué, pero debía ser importante cuando se esforzaba tanto por fingir. La psicoterapeuta había adquirido una capacidad, un sexto sentido muy desarrollado, para detectar cualquier atisbo de amenaza en mi vida. Pero el tiempo había pasado para ambos, y ella no era la única que contaba con un radar para detectar mentiras. Yo también tenía mis sospechas de que, si no una mentira, al menos estaba omitiendo información al respecto. Cuando le pregunté por los chicos, su respuesta fue demasiado vaga y generalizada. Un simple "bien"... No obstante, por más que insistí, Ana no soltó prenda.
La inquietud crecía por momentos. Despertarme bañado en sudor y con la garganta adolorida por los gritos, se había vuelto cada vez más frecuente. Las pesadillas eran recurrentes. Al abrir los ojos nunca recordaba lo sucedido, hasta que en una de ellas mi subconsciente logró capturar una imagen de Clara llorando desesperadamente. Su rostro desencajado, sus ojos reflejando ese miedo atroz... La situación se asemejaba a la Clara de hacía dos años, la que recién comenzaba el campamento. Pero no a la Clara desesperanzada que se creía incapaz de superar sus fobias, sino a la que temblaba con solo rememorar la terrible pesadilla que vivió, con solo recordar al monstruo de mirada intimidante.
Tres días más tuvieron que pasar para que aquella corazonada que vaticinaba un mal presagio dejase de ser un simple delirio de mi inmensa imaginación, y se consolidarse en un hecho refutado. Aunque pareciese extraño, aquella madrugada no me desperté por el impacto de otra pesadilla, fue el sonido del teléfono lo que me hizo casi saltar del susto. Parpadeé con rapidez hasta que pude leer el nombre de la persona que se encontraba, probablemente desesperada, al otro lado de la línea. Algo me decía que no se debía a un error, que no quería molestarme a tan altas horas, un pálpito me avisaba de que mi desazón tenía una razón de ser. Descolgué con rapidez, no sin antes carraspear para que mi voz no sonase demasiado cansada...
—Dime, Lucía —olvidé las formalidades y me dirigí directo al grano—. ¿Ocurre algo?
—Sabes que no te llamaría si no estuviera desesperada... —se explicó, intentando mantener oculta su preocupación—. ¡Mierda! Prométeme que no le dirás a nadie que fui yo quien te avisó —agregó, bajando el tono de voz para que no la escucharan.
—Sí, sí... ¿qué pasa? —insistí para que me confesase el motivo de tanto secretismo.
—Es Clara... Ha pasado... algo —Lucía vaciló unos segundos, haciendo que mi corazón latiese desbocado.
—Pero... ¿está bien? —pregunté atragantándome con mis propias palabras.
—No... Bueno, físicamente sí... Pero está mal... No quiere hablar con nadie, ni siquiera deja que nos acerquemos a ella. Iván, Clara te necesita a ti —con esa última frase saqué la ropa del armario y me apresuré a vestirme.
Ni cinco minutos transcurrieron desde que le prometí a Lucía que regresaría con Clara hasta que accioné el motor del vehículo para emprender el viaje. Me juré a mí mismo que conduciría con la mente fría, no había tiempo para lamentaciones ni para sucumbir a la tormenta emocional que implicaba saber que Clara estaba pasándolo mal. Ahora lo único que importaba era ella, su salud y su bienestar. Clara me necesitaba, nuestro "hasta luego" estaba a punto de convertirse en un "hola". Estaría ahí para lo que necesitara, se lo había prometido. Siempre lo supe, era ella.



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En el texto hay: superacion, romance, drama

Editado: 22.02.2026

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