La luz de su mirada - Libro Ii

Capítulo 20

Detuve el coche frente a la puerta del albergue, no había tiempo para tratar de esconderlo. Lo que menos me preocupaba ahora era no levantar sospechas; aunque me pillasen, no delataría a Lucía. Me dirigí al pasillo que daba a los dormitorios, allí estaban Jaime y ella. Los signos del sufrimiento compartido se reflejaban en sus rostros, aunque sus expresiones cambiaron al verme. Un halo de esperanza brillaba en la mirada de la chica, mientras que su novio me observaba con asombro y sorpresa. Aquella decisión había sido unilateral, Lucía debió recurrir a mí sin siquiera comentarlo con su chico.
Avancé a paso ligero para llegar cuanto antes hasta la habitación de Clara. Allí, Adrián descansaba la espalda contra la puerta. La tensión que se creó entre nosotros era palpable, el tiempo pareció detenerse unos segundos como si el silencio revelase las palabras no dichas. Podía notarlo, su mirada distante y fría dejaba traslucir cientos de verdades ocultas. No obstante, la situación de emergencia que nos tenía a todos en un ay, se encontraba al otro lado de la puerta. Sus sollozos resonaban en todo el pasillo. Recuerdos del pasado invadieron mi mente, a pesar de que el llanto ahora era más sonoro, más desgarrador.
—¿Puedo... puedo pasar? —le pedí permiso a Adrián, como si fuese el guardia que custodiaba su dormitorio. El psicólogo no abrió la boca, simplemente asintió resignado.
Atravesé el umbral de la habitación, agilizando mis pasos hasta su cama. Clara se encontraba hecha un ovillo, con los brazos rodeando sus piernas. Seguía con los ojos cerrados, de los cuales emanaban ríos de lágrimas que atravesaban sus mejillas. Sus labios, hinchados por los sollozos, temblaban a la par de su respiración agitada. Sin pensarlo, me recosté a su lado y la abracé con todas mis fuerzas. Traté de devolverle la paz y el sosiego que siempre me decía transmitirle. Al principio, continuó en su letargo; después, abrió los ojos y se quedó observándome inmóvil. Mientras tanto, en mi afán por calmarla, enjugué con el pulgar sus lágrimas. El rubor se instauró en sus mejillas y, como si al fin correspondiera mi gesto, noté cómo se relajaba entre mis brazos.
Permanecimos así un largo tiempo, éramos ella y yo contra el mundo. Irremediablemente, mi vista se posó en el chico que ahora se encontraba recargado sobre el marco de la puerta. El dolor que Adrián reflejaba no solo provenía de sentir el sufrimiento de su novia, sino también de cargar con el suyo propio. Clara era su novia, la chica por la que daría su vida entera... Y sin embargo, buscaba refugio en los brazos de otra persona. Lo que sentíamos era recíproco y, aunque alejados, estábamos haciéndole daño a Adrián. Pero por encima de todo y de todos estaba ella...
—Iván, ha vuelto... El monstruo ha regresado... —Clara masculló entre suspiros el nombre de la razón de todas sus pesadillas.
— Tranquila, estoy aquí, ¿vale? Y jamás volverá a hacerte daño, ni a ti ni a nadie más —intenté reconfortarla, aun sabiendo que era una tarea difícil de conseguir.
Cuando Lucía me explicó lo sucedido, yo también temí por Clara, cuando debería de ser justo al contrario. Después de que la chica presentase la denuncia, la investigación policial siguió su curso: le tomaron declaración y realizaron los informes médicos y psicológicos pertinentes. Pero lamentablemente las pruebas llevaron a las autoridades hasta un callejón sin salida. No hubo testigos que proporcionasen más información que la que Clara pudo ofrecer, las cámaras de la discoteca estaban averiadas y después de rastrear cada metro cuadrado del bosque, el cuartucho donde ese depravado la mantuvo cautiva parecía haberse volatilizado... Por lo que dar con aquel monstruo de mirada intimidante era como dar con una aguja en un pajar.
Aquello llevó a que su expediente formase parte de una larga pila de casos inconclusos. La policía llegó a mostrarle a Clara las fotografías de otros delincuentes que actuaban con su mismo "modus operandi", mas ninguno de ellos tenía esos característicos ojos que jamás olvidaría. Ahora, todo era diferente. La declaración de Clara había servido para apoyar la de otra víctima que corrió con mejor suerte que ella. Otra chica había sufrido un intento de abuso en una fiesta, pero la ayuda del resto de asistentes no solo impidió que el agresor actuase, sino que juntos consiguieron inmovilizarlo y entregarlo a las autoridades. Su descripción encajaba con la detallada por Clara, así como con su "modus operandi".
No había margen de error, el monstruo más aterrador había sido capturado por los cazadores de la ley. El "sospechoso", como lo llamaban –aunque para mí era culpable desde el primer momento que le puso un ojo encima a Clara–, fue detenido. Y después de que el fiscal formalizara los cargos, entró en prisión preventiva. Fue tras ese momento, cuando la policía contactó con ella. Clara era una de las posibles víctimas del sospechoso, y sí, efectivamente otras chicas habían caído en manos de ese depravado. Ahora estaban a la espera del juicio, que de manera excepcional se desarrollaría inminentemente. Y ese era el miedo que la paralizaba, volver a toparse con su oscura mirada intimidante.
Tal vez Clara no era del todo consciente de que antes de que ese monstruo estuviese entre rejas, existía la posibilidad de que volviera a cruzarse en su camino. La vida continuaba, y la chica inteligente, valiente y fuerte que tenía entre mis brazos había superado las barreras que la anclaban al pasado. Sin embargo, nadie era inmune a sus emociones, y la lluvia torrencial que había supuesto revivir su peor pesadilla se cernía sobre ella. Yo era su paraguas, quien la resguardaba de la tormenta, quien le ofrecía la mano para que no se sintiese sola. Yo era eso y más, porque mi propio debate interno ahora había pasado a un segundo plano, sin importar las consecuencias... sin valorar el dolor que me supondría volver a renunciar a ella.
El paraguas funcionó, no serviría para detener la tormenta, pero sí para que Clara no acabase empapada. Las lágrimas de sus ojos cesaron, y pronto cayó dormida en un profundo sueño. Tiempo atrás prometí cuidarla de los malos sueños, y como si aquel recuerdo aclarara mis cuerdas vocales, comencé a entonar la nana. Sus versos hablaban desde el corazón, desde el dolor y el pesar que me despertaba verla tan abatida. Los malos presagios que días atrás me desvelaron, se habían confirmado. Y ahora solo nos quedaba enfrentarnos a la realidad, juntos. A pesar de que Clara era luz y yo oscuridad, éramos el refugio del otro. Nos acompañábamos en las tempestades, entre los dos nos salvábamos de caer en el abismo. Juntos.



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En el texto hay: superacion, romance, drama

Editado: 22.02.2026

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