La luz de su mirada - Libro Ii

Capítulo 21

Dejé que los brazos de Morfeo me tomasen el relevo. Clara, con una expresión relajada, cayó dormida en un profundo sueño que revelaba las noches de insomnio y desasosiego. Con cuidado de no despertarla, me separé de su cuerpo y me levanté de la cama. Adrián aún seguía en el mismo lugar y en la misma posición que la última vez que lo vi. Su gesto tampoco había cambiado. Decidí que había llegado la hora de hablar, de explicarle la historia de amor que llevábamos sellada en nuestros corazones. Avancé hacia la puerta y, más por habitualidad que por otra cosa, coloqué el dedo sobre el interruptor de la luz. Entonces, el psicólogo me detuvo interrumpiendo la acción que estaba a punto de llevar a cabo.
—No apagues la luz... No solo el monstruo ha regresado, sus miedos también lo han hecho... Bueno... con los demás, porque contigo Clara es diferente —su confesión me dejó helado. Era una confirmación de mis suposiciones, Adrián conocía la verdad o, al menos, parte de ella.
Retiré la mano y dejé la puerta entreabierta antes de salir. Ese malnacido había traído consigo la nictofobia y la claustrofobia... Pero tal y como Adrián decía, sus temores parecían extinguirse cuando yo estaba a su lado. Sabía bien a qué se referían sus palabras, llevaba meses intentando acercarse a Clara, acariciarla, besarla, hacerle el amor... Pero la chica seguía arraigada al peor de sus miedos. El psicólogo no era ciego, e inevitablemente sentía envidia ante nuestra cercanía. Clara se mostraba cómoda ante mis muestras de cariño, una actitud muy diferente a la que yo mismo había percibido cuando estaba con él.
—¿Podemos hablar? —le propuse a modo de pregunta, antes de tomarme la libertad de profundizar en el tema.
—Está bien —aceptó con gesto serio.
—Supongo que Clara ya te lo ha contado... —comencé diciendo en voz baja.
—¿Lo que hay entre vosotros? —resopló, manteniendo las distancias—. Sí, me lo contó mientras lloraba en su fiesta de cumpleaños... —aquella posibilidad, la que descarté totalmente, fue la que acabó ocurriendo.
—Eso forma parte del pasado. Ya no hay ni habrá nada entre nosotros —confesé más a modo de recordatorio para mí mismo.
—Deja de engañarte, Iván... ¿Crees que no me doy cuenta de que sigues enamorado de ella? –contraatacó. Ahora había dureza en su mirada, a pesar del tono neutral en su pronunciación.
—Yo... No creo que nunca pueda llegar a olvidarla, pero sé que estar a mi lado solo le traerá sufrimiento —dije con la voz compungida.
—No te negaré que la has hecho sufrir, y mucho, pero... creo que te equivocas —Adrián avanzó un par de pasos hacia mí—. Estar lejos de ti es lo que la hace sufrir... Mírala —señaló a través del pequeño espacio que quedaba a la vista—, tu oscuridad le trae paz... Y eso no es algo que todos puedan ofrecerle.
—Lo siento —me disculpé por la parte que le tocaba.
—No te disculpes... Hay quienes luchan por amor y quienes luchan por renunciar a él —se puso en plan filosófico mientras seguía con la mirada fija en la chica, que parecía haber caído dormida en el mejor de los sueños—. E, Iván, me temo que estás en el barco equivocado. No renuncies a ella, así solo os haréis más daño. Si la quieres de verdad, sabrás que alejarte de su lado es lo que menos merece.
—¿Y tú? ¿Renunciarás a ella? —le pregunté con el corazón encogido.
—Ya lo he hecho. Sé que Clara lo intentó... Intentó amarme, pero no es tan fácil como parece —respondió desolado.
—Te agradezco todo lo que has hecho por ella, en serio, Adrián. Aunque me cueste reconocerlo, eres un buen tío —le devolví una sonrisa con la que pretendía elevar sus ánimos.
—Aunque me hayas robado a mi chica, sé que la cuidarás bien... Y si la vuelvo a ver sufrir, ya no te hablo como psicólogo sino como su amigo, te las tendrás que ver conmigo —bromeó, golpeándome el hombro—. No la defraudes, quédate a su lado.
La conversación concluyó ahí. Aquello no nos convertiría en mejores amigos, pero al menos habíamos aclarado las cosas. Y como si me quitase un gran peso de encima, me dejé caer hasta quedar sentado sobre el suelo con la cabeza contra la pared. Aun luchando por no caer rendido, las noches de insomnio y el cansancio del trayecto acabaron por vencerme. No supe bien cuánto tiempo permanecí dormido, pero podía asegurar que habían pasado horas. Recibí la llamada de Lucía a medianoche, y ahora los rayos de sol comenzaban a colarse por los cristales de la ventana del pasillo.
Parpadeé varias veces en un intento por volver a la realidad. Giré la cabeza a ambas direcciones, pero no había ni rastro de los chicos. Con el cuerpo adolorido me levanté del suelo, y me asomé a la habitación de Clara. Ella aún seguía en el país de los sueños, incluso diría que una sonrisa adornaba sus labios. Me quedé embobado contemplándola, hasta que el ruido de unos pasos rompió la magia del momento. Jaime y Lucía se acercaban con un humeante café entre las manos, ofreciéndome la tercera taza que traían. Ambos se interesaron por su amiga, les expliqué que aún seguía dormida, pero que ya estaba más tranquila.
Clara estaba rodeada de buenas personas, de gente que la adoraba... Y hablando de ellas, necesitaba ver a Ana. Debía avisarla de mi llegada, además de que necesitaba más información de cómo Clara había actuado al enterarse de la noticia. Cuando Lucía me pidió ayuda a la desesperada, no me imaginé que la chica se negaría a que nadie se le acercara... Siempre se había mostrado reticente al contacto más "íntimo", pero solía mantener una relación estrecha con sus amigos. Tal debía ser la tormenta emocional que la sacudía, que se aisló del mundo para dejarse arrastrar por sus sentimientos.
—Necesito hablar con Ana —avisé a los chicos de mi partida—. Avisadme si despierta.
—Iván... —Jaime me llamó, haciendo que girase sobre mis talones para escuchar lo que quería decirme—, no sé cómo lo has sabido pero... gracias por venir.
Inevitablemente una sonrisa se dibujó en mis labios después de oír sus palabras de agradecimiento. Le devolví una última mirada antes de continuar mi camino, los ojos de Lucía secundaban su discurso. Sin más dilación, me dirigí a la zona del pabellón donde se organizaban las actividades del grupo de apoyo. Crucé los dedos para que no estuviesen en el bosque desarrollando cualquier ejercicio al aire libre. La suerte o, tal vez, el destino pareció estar de mi parte. Avancé hacia la sala y pronto acaparé la atención de Ana y del resto de integrantes. La psicoterapeuta me miró con asombro, aunque no como lo haría alguien que no esperaba verme por allí. Si bien, no estaba sola; Adrián la acompañaba. Ese podría ser el motivo.
—Ana, ¿podemos hablar? —repetí la frase por segunda vez desde mi regreso.
—Salgamos fuera —me pidió invitándome a salir.
Ana y yo caminamos por el bosque. Al principio los susurros del viento y los cánticos de los pájaros pusieron voz a nuestro encuentro. Unos minutos más tarde, fue la psicoterapeuta la que acabó rompiendo nuestro mutis. No hubo reproches ni malas palabras. Ana era una de las pocas personas que conocía, que siempre actuaba fiel a la causa, empática y justa a partes iguales, independientemente de que nuestros actos fuesen o no los correctos. Esta vez no fue diferente, pero pude descifrar un atisbo de culpa en su voz.
—Siento haberte ocultado lo de Clara... Pensaba que manteniéndote al margen, de esa forma te protegería... Os protegería a los dos —se disculpó con la voz quebrada—. Iván, sabes que siempre he intentado guiarte, aconsejarte sobre cuál es el camino correcto... pero me equivoqué al ocultarte la verdad. Antes y ahora.
—Todos nos equivocamos, Ana. Y a veces confundimos la culpa con el arrepentimiento... Pero ahora lo que importa es ayudar a Clara —traté de disuadir su frustración para centrarnos en la chica.
—Estoy orgullosa de ti, Iván —conseguí que sus labios se curvaran formando una sonrisa—. No es momento para lamentarse, sino para actuar. Adrián y yo lo hemos intentado, pero no parece escucharnos... En cambio tú, siempre fuiste su genio de la lámpara mágica.
—Ana, sabes que daría mi vida por ella —afirmé con vehemencia—. Sé que puedo ayudarla, pero necesito que lo hagamos a mi manera.
—Mientras no hagas ninguna locura y dejes que te asesore, no veo por qué no —la psicoterapeuta aceptó mi propuesta.
Mi plan estaba en marcha, ayudar a Clara era una forma de, indirectamente, ayudarme a mí mismo. Necesitábamos alejarnos del abismo, juntos...



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En el texto hay: superacion, romance, drama

Editado: 15.03.2026

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