Le expliqué a Ana el plan que tenía en mente para rescatar a Clara de su tormenta, y finalmente accedió a que lo llevase a cabo. Ella, como buena profesional, me dio algunos consejos sobre cómo abordar el tema para que aceptase mi apoyo y no se sintiese insegura. No era la primera vez que ayudaba a Clara a superar sus fobias, pero ahora era diferente. En diez días se celebraría el juicio, y para ese entonces la chica debería sentirse preparada para enfrentarse a su agresor. Era una tarea difícil, bastante diría yo... Pero debía dar el primer paso para despojarse de todos sus miedos. Ahora lo comprendía, estaba seguro de que escuchar por boca de un juez que ese malnacido sería castigado por los delitos cometidos, le ayudaría a sanar completamente.
Hasta ahora, Clara había sido capaz de deshacerse de sus temores, incluso de los más personales. Sin embargo, esas fobias tan solo componían la coraza superficial que rodeaba al núcleo central del problema. Ese miedo atroz que sentía hacia el monstruo de mirada intimidante era algo que había permanecido adormecido por un tiempo, casi olvidado. Pero tan difícil era de olvidar como nuestro amor. Y su recuerdo resurgió el día en el que recibió la llamada, esa que en lugar de ayudarle a curar sus heridas, las abrió de nuevo.
El monstruo no solo le había dejado una cicatriz física en su cadera, sino que el daño emocional que le había ocasionado era aún más doloroso. Aquello me hizo reflexionar sobre mí mismo... "Somos de quien besa las cicatrices, sin abrir heridas nuevas", escribí sobre su piel. La promesa que un día juré se borró al igual que la tinta del bolígrafo. Ahora era el momento de repararlo, esas cicatrices la acompañarían toda su vida, pero debía entenderlas como marcas de guerra, como un recordatorio de lo mucho que luchó... Por olvidar a ese depravado; por revivir nuestro amor.
Llegué a la habitación de Clara, aún seguía dormida en la misma posición en la que la dejé. Acaricié su mejilla con la mayor de las delicadezas, como si de esa forma la alentase a ser la chica valiente y guerrera que conocí dos años atrás. Ese minúsculo gesto sirvió para despertar a la bella durmiente, parpadeando varias veces en un intento por confirmar que mi presencia no se tratase de un sueño etéreo a punto de desvanecerse. Con toda la calma del mundo, la saludé dejando un beso sobre su coronilla:
—Buenos días, dormilona —dije con voz cursi, llevándome un pellizco en la mejilla por respuesta.
—Eres real... Iván, estás aquí —musitó, esta vez acariciándome la zona antes pellizcada.
—No se lo digas a nadie, pero he venido a llevarte conmigo —le susurré con cierta intriga.
—¿Qué? Yo... yo... ¿me protegerás del monstruo? —me preguntó, como si los segundos que le habían precedido fuesen una mera ilusión, un escape de la realidad.
—Por supuesto que te protegeré, Clara. Y además, te ayudaré a luchar contra él. Lucharemos juntos —le prometí rodeándola en un emotivo abrazo—. ¿Quieres venir conmigo?
—Vale —aceptó tomando mi mano.
Clara y yo nos montamos en el coche. El trayecto que nos separaba de nuestro destino era corto, a tan solo un par de minutos. Llegamos hasta la cabaña y estacioné frente a la puerta. Me bajé con rapidez, y me dirigí al otro lado del vehículo mientras Clara permanecía impasible en el interior. Con aquella actitud, la chica no buscaba que mi caballerosidad saliese a relucir, algo dentro de ella le impedía actuar por sí misma. Y ese algo no era otra cosa que el propio miedo. Si bien, esta vez ese sentimiento iba disfrazado de culpa.
—¡Vamos, Clara! —la animé a que saliese del coche, al tiempo que abría la puerta del copiloto. Mi énfasis tan solo logró que se virase hasta quedar sentada con los pies sobre el suelo. Su mirada seguía perdida, no en un lugar sino en sus propios pensamientos.
—No tienes que hacerlo —su mirada al fin conectó con la mía. La dureza de su voz me dejó congelado.
—¿Qué? —repuse aún incrédulo.
—No sé quién te lo habrá pedido, pero no quiero que te sientas obligado a ayudarme —explicó con el semblante serio.
—Quiero hacerlo, Clara —le sostuve las manos, acariciándoselas con devoción—. Si te salvo a ti, me salvaré a mí mismo... No me alejaré, esta vez no —palpé con suavidad las cicatrices del dorso de sus muñecas—. Acepta mi ayuda, por favor.
—Tal vez... Pero con una condición... —sus ojos anhelantes me miraron con el brillo de las lágrimas contenidas—. Que en este tiempo solo seamos tú y yo. Sin miedos, sin culpa... Solamente nosotros.
Le devolví una sonrisa en señal de aprobación, la emoción no me dejó articular palabra alguna. La chica al fin bajó del coche. Cruzamos el umbral de la cabaña cogidos de la mano, como si esa unión sirviese para recordarnos la promesa de ser nosotros mismos. No habría lugar para el monstruo de mirada intimidante, ni para responsabilidades veladas. Simplemente seríamos dos personas libres de cargas, guiadas por una única razón de peso: el amor. Ese sentimiento que con tanta insistencia había intentado sacar de mi corazón... Pero Clara merecía ser feliz, y en el fondo su salvación traía consigo la mía propia. Siempre fue ella, y siempre lo sería...
Tú no llegaste tarde sino justo a tiempo para estar conmigo
Éramos uña y carne, como dos amantes que ahora están unidos
Con las manos pegadas pero andando por diferentes caminos
En todos separados pero con los labios demasiado unidos
Amaneceres
Veo en tus ojos y llueve
Agua en mitad del desierto
Cuando despierto y me quieres
Si no sabes qué somos
Te voy a decir lo que eres
Un rayito de luz en la noche
Cuando las flores se mueren
Cuando las flores se mueren
Te has vuelto una necesidad
Como pa' depender de ti
El mar ya se ha vuelto a calmar
El cielo vuelve a sonreír