La luz de su mirada - Libro Ii

Capítulo 23

El rostro de Clara ya no reflejaba la vulnerabilidad de horas atrás. No era la misma chica de mirada asustada que en silencio pedía auxilio y buscaba protección frente al mayor de sus temores. En sus ojos brillaba un atisbo de valentía, de ganas de luchar, de desafiar los miedos que un día logró vencer. Era imposible no quedarse hipnotizado con esa mirada que tantas veces me había salvado. En mis sueños, en mis alucinaciones y, ahora, en la vida real. Una sonrisa se dibujó en sus labios al percatarse de que me había quedado embobado contemplándola.
—¿Qué? —le dije, tratando de hacerme el sorprendido. Pensé que sería mejor que delatarme a mí mismo.
—Te he echado de menos, Iván —respondió al tiempo que me rodeaba con sus brazos, descansado la cabeza sobre mi pecho.
—Y yo, Clara... Y yo... —correspondí su gesto, estrechándola con fuerza. Era como si quisiéramos acortar la distancia que nos había mantenido separados durante todo este tiempo.
Impregnarme de su aroma, disfrutar de su cercanía, sentir la calidez de su cuerpo... Aquella amalgama de sensaciones me sirvió para recordar el acuerdo. La firma del amor había sellado nuestro pacto. Sin embargo, no bastaba con recomponer dos corazones fragmentados. No. No habría espacio para el miedo o la culpa, ahora lo entendía. Con aquellas palabras Clara no se refería al monstruo de mirada intimidante, sino a superar la barrera que nos mantenía distanciados. Lo que sentíamos el uno por el otro era algo innegable, a estas alturas hasta lo habíamos verbalizado en varias ocasiones. Si bien, el temor a darnos una nueva oportunidad y la culpabilidad por las malas acciones obradas en el pasado, parecía superar el esfuerzo conjunto por construir una historia en el presente. Pero el genio de la lámpara mágica dijo un día: "No podemos cambiar el pasado, pero sí que podemos trabajar en el presente para cambiar nuestro futuro"... Y nuestro devenir estaba aún sin escribir.
—Clara, tú siempre has sido luz... No dejes que la oscuridad te invada —comencé a decir alejándome lo estrictamente necesario para no romper nuestra conexión—. No estés triste, sonríe —sus labios se curvaron acatando mi orden—; no llores, ríe de felicidad —y esa dulce melodía se coló en mis oídos, como tantas otras veces lo había hecho—. Esa es la Clara que me salvó...
—Espero que algún día entiendas, Iván, que contigo siempre me he sentido segura —me cogió de las manos sin despegar la vista de mí—... Que solo la oscuridad de tu mirada me devuelve la paz y la calma que necesito. Eres mi refugio, mi salvavidas... El único capaz de sacarme una sonrisa en mis peores días.
—Dejarán de serlo, te lo prometo... Yo... Todos queremos ayudarte —Clara tragó saliva al intuir hacia donde se dirigía la conversación—. Se me rompió el alma cuando te vi anoche... Sé que no has querido hablar con nadie, pero...
—Por favor, Iván... —me suplicó, intentando zafarse de mi agarre.
—No te presionaré... Aunque ya sabes que yo no puedo hacer nada ante mis poderes mágicos —bromeé, a fin de disuadir la tensión que sobrecargaba el ambiente.
—¿Qué? —mi comentario la descolocó.
—Soy el genio de la lámpara mágica... ¿O tan pronto lo has olvidado? —expliqué con cierto tono teatral.
—¿Y tú... ya has olvidado los tres deseos que me concediste? —su mirada desafiante me retaba a recordar cada uno de los momentos en los que pronuncié aquello de "deseo concedido". Ahora mismo desearía revivirlos una y otra vez.
—Siempre hubo un deseo, Clara, que temías que no se cumpliese si lo decías en voz alta... —opté por no desviarme del tema principal, o si no acabaría sucumbiendo a la tentación—. Tal vez no era un deseo que el genio mágico te podría conceder. Tal vez el poder de la justicia sea quien te lo otorgue. Pero... mientras tanto tendrás que conformarte con este que tienes aquí delante —me señalé a mí mismo, quitándole hierro al asunto—, y tal vez te conceda otros deseos que me gustaría verte cumplir.
Una risa sonora escapó de los labios de Clara, antes de que acabase guiándola hasta la parte trasera de la cabaña. No estaba de broma cuando dije que tenía pensado concederle algún que otro deseo extra... Pero aún era pronto para revelarlo. De modo que la dejé con la palabra en la boca y me dirigí a una pequeña caseta anexa donde solía guardar algunos enseres. Regresé con la cámara de un neumático viejo y una cuerda. De manera improvisada armé un columpio como el que años atrás colgaba del árbol. No estaba de más decir que este tipo de tareas no se me daban del todo bien. Suerte que tenía a mi lado a toda una manitas del bricolaje y las manualidades...
—Menos mal que no se te ha ocurrido llenar el árbol de luces —se jactó de mis nulas habilidades, a la vez que yo la columpiaba sobre la rueda.
—De momento no, pero espera y verás —le hice cosquillas en los costados.
—¡Para! —se movió, tratando de escabullirse de mis vengativos dedos.
—Está bien... Supongo que habrás aprendido la lección —me detuve finalmente.
—¿Qué es lo siguiente? ¿Recordarme que me tengo que comer todo lo que haya en el plato, o despertarme cada mañana? —preguntó con voz reflexiva. Aquello me hizo ver que los recuerdos se escondían detrás de la suavidad de su tono.
—Si eso te hace feliz, lo pondré todo de mi parte... —repuse, invadido por la nostalgia del pasado—. Y hablando de comida, me ha dicho un pajarito que llevas unos días que no comes del todo bien... Así que con tu permiso, voy a pasarme por la cocina del albergue a por refuerzos.
Clara se había convertido en mi huésped de forma inesperada. El regreso a la cabaña no era un plan con el que contara, así que me pilló desprovisto de víveres. Mientras la chica se quedaba deshaciendo su equipaje, yo me dirigí al albergue en busca de comida. El resto estaba haciendo lo propio en el comedor, y al verme, todos acudieron hacia mí. Traté de calmar los nervios, la sonrisa de Clara me recordaba que íbamos por buen camino. Lucía insistió en que quería visitarla, pero entre Jaime y yo la convencimos de que aún era demasiado pronto. Adrián, por su parte, se mantuvo en silencio todo el tiempo que duró nuestro breve encuentro; su mirada hablaba por él. Sabía que la situación lo requería, de forma que les aseguré que haría todo lo posible por hacer que la Clara que conocíamos regresase cuanto antes a nuestro lado.
Una vez de vuelta en la cabaña, el miedo se apoderó de mí de nuevo. Clara no estaba por ninguna parte. En otro momento habría pensado en que se fue huyendo, pero esa opción ahora me parecía del todo imposible. El corazón se me detuvo al comprobar que estaba sentada en los escalones de la parte trasera de la casa. La sangre volvió a circular por mis venas, y con un gran suspiro me aproximé hasta ella. Allí estaba, con la mirada perdida en algún punto remoto de la frondosidad del bosque, ajena a mi nerviosismo que con dificultad intentaba ocultar.
—Ahora entiendo porqué este era el lugar favorito de Sandra. Respirar ese aroma, perderte en el verde de los árboles... Todo eso me trae paz, incluso me hace olvidar mis miedos —habló con voz sosegada.
—Sí, se podría decir que es terapéutico —reflexioné sobre la profundidad de sus palabras—. ¿También se ha convertido en tu lugar favorito?
—Sabes bien quién es mi lugar favorito —admitió con una afirmación que trajo a mi memoria confesiones pasadas... "Tú eres mi lugar favorito. Donde tú estés, allí estaré". Tuve que hacer un sobreesfuerzo para no responderle cuál era mi comida favorita, pero supuse que posar mis ojos sobre sus labios acabó delatándome.
—La comida... —tragué saliva, como si con eso me pudiese tragar las ganas que tenía de besarla—. Vamos dentro, o se acabará enfriando.
—Llevo demasiado tiempo encerrada en una habitación, ¿podemos comer aquí? —me suplicó con el brillo característico que transmitía su mirada.
—¡Buena idea! Improvisaremos un picnic entonces —y otra vez los recuerdos se agolparon en mi mente.
El resto del día lo pasamos entre bromas y risas. Apostaría a que Clara llevaba días sin sonreír tanto. Nuestro acuerdo avanzaba tal cual lo pactado, mas ese gigante al que llamábamos miedo no seguiría dormido eternamente. Fue justamente en ese momento, cuando el pánico volvió a inundar el rostro de la chica. Clara descansaba sobre su cama, esperando mi mensaje de buenas noches como le había prometido esa misma tarde. "No solo pienso despertarte cada mañana, todas las noches te desearé que sueñes con los angelitos", le dije con una seriedad impostada. Pero alguien se me había adelantado, y precisamente esa no era su intención...
—Estoy aquí para protegerte, no dejaré que nada malo te pase —arropé la sábana que la cubría—. Buenas noches...
Dejé la luz de la mesita de noche encendida y antes de atravesar el umbral de la puerta, sentí un nudo formarse en mi estómago. El miedo aún latente seguía ahí, dentro de ella, dentro de mí. Aunque Clara aún no se sintiese preparada para hablar de ello o para enfrentarse a sus fobias, sabía que en mí debía ver un ejemplo de superación. De modo que afronté mis propios sentimientos y como si aquellas dos simples palabras sirviesen para disuadir cualquier temor, el genio de la lámpara hizo su magia y le abrió su corazón:
— Te quiero.



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En el texto hay: superacion, romance, drama

Editado: 15.03.2026

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