La luz de su mirada - Libro Ii

Capítulo 24

Los últimos días compartidos con Clara me habían dejado una sabor un tanto agridulce. En cierto modo la chica parecía feliz, pero había pequeños detalles que me hacían recordar que no todas las sonrisas hablaban de felicidad. Al contrario, la suya escondía un ligero matiz de tristeza velada. Aún no se había sentido lo suficientemente cómoda como para abordar ese tema que la mantenía en vela. Sus temores, al contrario de lo que ella pensaba, apagaban su luz y le abrían las puertas a su desazón. Era la segunda vez que Clara asumía vivir rodeada de sus miedos, que aceptaba con resignación lo que el futuro le deparaba. Y por segunda vez, yo no me quedaría de brazos cruzados...
La tensión que sentía cuando se acercaba la noche era un recordatorio de lo que en apenas seis días experimentaría. Cuando el sol brillaba regresaba la Clara alegre y vivaz, pero esa luz se iba desvaneciendo conforme sus rayos se apagaban. Y en el fondo, ella lo sabía. Aún no había querido que los chicos la visitaran, ni siquiera había accedido a hablar con Ana. Si no fuese por nuestro acuerdo, tampoco permitiría que yo estuviese a su lado. Debía respetar el pacto, no faltaría a mi palabra. Si bien, desplegaría todo mi armamento para demostrarle que más de una eran las razones por las que debía enfrentarse a sus miedos.
Aproveché que la chica se estaba dando una ducha para comenzar con mi plan. El dormitorio que un día fue de Sandra y que ahora le pertenecía a Clara estaba al otro lado del pasillo, justo enfrente de mi habitación. "Iván, contigo no tengo miedo", fue lo que me dijo una noche mientras descansaba entre mis brazos. Yo era su pilar, le había prometido que siempre la protegería de aquel monstruo de mirada intimidante. No obstante, y aunque no lo creyera, ella misma era capaz de protegerse de esa sombra que la seguía a todas partes. Solo necesitaba un empujón, un recordatorio de su valentía... Aunque más bien fui yo el que tuvo que sacar toda la fuerza para mover el mobiliario de mi dormitorio.
—¿Qué haces? —Clara, con el cabello aún mojado, avanzó hasta mi habitación ante el estruendo que se estaba formando.
—Reorganizar mi cuarto —le respondí, a la vez que me tomaba un respiro antes de recolocar la cama.
—¿Por qué has cambiado el armario de sitio? ¿Y dónde piensas poner la cama? —continuó reclamándome respuestas.
—¡Espera y verás! —fue lo único que pronuncié—. ¿Me ayudas a mover la cómoda?
—Últimamente repites demasiado esa frase, y nunca trae nada bueno... —comentó, al tiempo que sosteníamos el mueble de cada lado—. ¡Cuidado! —exclamó, atrapando el famoso portarretratos que amenazaba con caerse del tablero—. Si se cae, esta vez no será por mi culpa...
—Esta vez... —y una sonora carcajada salió de mi boca.
—No te rías, y diré a mi favor que el marco está más bonito adornado con mi pañuelo... —se quedó embelesada contemplando la fotografía en la que aparecía con mi hermana.
—¿Con que ya no quieres recuperarlo? —mi voz sonó más apagada, lejos del tono juguetón que tenía hasta ahora.
—No, ya no... Me hubiese gustado conocerla —repuso con cierta melancolía.
—Ojalá fuese posible... Sandra era... —y me desmoroné. Las lágrimas emanaban de mis ojos como ríos. Su recuerdo estaba tan presente, todos los días... Pero hablar de ella, eso eran palabras mayores.
—Iván, lo siento —Clara me rodeó con sus brazos, convirtiéndose en mi refugio en mitad de la tormenta. Aquello no aplacó mi llanto, al contrario, me dio la confianza para desahogarme, para liberar todo lo que llevaba reteniendo. Al cabo de varios minutos, escuché su voz de nuevo—. "Por cada lágrima me debes una risa", recuérdalo... Se lo debes a ella.
—Lo sé, pero es complicado. La echo tanto de menos, que a veces me olvido —asumí, añorando lo que suponía no tenerla a mi lado.
—Es comprensible —me dijo acariciándome las manos—. A ella le gustaría verte feliz, que sonrías... —agregó curvando los labios.
—La sonrisa no siempre es una muestra de felicidad, en ocasiones enmascara la tristeza —aquella frase desdibujó la suya propia. Ella más que nadie conocía su significado, y yo supe leerlo entre líneas—. A veces nos da miedo pedir ayuda, pero en eso consiste la vida... En aprender a tomar la mano que nos brindan... Nunca es demasiado tarde, te lo digo por experiencia. ¿Vienes? —le tendí la mano con la esperanza de que aceptase mi ayuda.
—Claro —murmuró en voz baja.
Llevé a Clara hasta el pasillo, y me detuve justo en la mitad. Algo más de un metro separaba las puertas de nuestros dormitorios. Por un momento cerré los ojos y reviví aquel momento. Cuando Sandra y yo tan solo éramos dos niños ajenos a la atrocidad que nos rodeaba, un hermano mayor que cuidaba de su bien más preciado. Por entonces no comprendía el miedo que mi hermana sentía con el solo hecho de pensar en que dormiría sola. Quizás ella tenía su propio monstruo, pero ahora mismo la inspiración que buscaba al recordar esa historia era otra.
—De pequeños, Sandra y yo dormíamos en la misma habitación. Entraba en pánico con solo imaginar que llegaría el día en el que dormiría sola. Y fue entonces cuando me convertí en el genio de la lámpara mágica... Clara, ¿puedes abrir tu puerta? —le pedí haciendo un gesto con la mano.
—¿También has cambiado mi cama de sitio? —se extrañó al comprobar que ambas camas tenían la misma distribución: desde el umbral de la puerta de su cuarto podía observar mi cama, y viceversa.
—Correcto... Pero no te mentiré, mis poderes no dan para tanto... He tenido que tirar de fuerza para moverla —bromeé antes de proseguir—. Esta noche cuando la luz se apague...
—No —me interrumpió ella—, quédate a dormir conmigo. Solo así podré dormir con la luz apagada.
—Me recuerdas a la pequeña Sandra, cómo me suplicaba que no la dejase sola. Pero, ¿quieres saber qué fue lo que pasó? —Clara asintió deseando conocer cómo acababa la historia—. Le prometí que si se despertaba en mitad de la noche, aunque yo no estuviese a su lado, la protegería de cualquier monstruo que viniese a asustarla. Al principio, se mostró algo reticente, no estaba del todo convencida. Pero entonces le pregunté si ella haría lo mismo por mí... Si me protegería aunque ya no siguiese conmigo. Y Sandra cumplió su promesa, me rescató de ese oscuro pozo en el que estaba sumido. Clara, sé que tú no dudarías en enfrentarte a cualquier monstruo con tal de salvarme, es más ya lo has hecho... Por favor, deja que te salve.
Los ojos de Clara me miraban con la profundidad del bosque, verdes como sus hojas, verdes como el color de la esperanza. Quería ver cómo desafiaba sus miedos, quería que recuperase la fe perdida. No rompí el contacto visual que compartíamos, sobraban palabras para describir nuestra conexión. El acuerdo mutuo que habíamos forjado, ahora se reforzaba con esa pequeña muestra de valor. La chica se dirigió hasta su dormitorio, dispuesta a pelear su propia batalla con uñas y dientes. Su espíritu luchador, su valentía, incluso su terquedad, remaban a favor de obra.
Clara lo llevaba tatuado en su antebrazo, esas mariposas que le devolverían la libertad para ser ella misma. Solo necesitaba recordárselo... Los poderes del genio mágico no solo servían para conceder deseos, sino también para demostrar que la verdadera magia residía en creer y confiar en uno mismo. Y con ese aprendizaje, los dos nos tumbamos sobre nuestra cama. La oscuridad de la casa se acompasaba con la penumbra de la noche. La protección mutua que nos habíamos prometido era la clave para avanzar. Jamás imaginé que la oscuridad de mi mirada bastase para ensalzar su propia luz... O, quizá, fuese ella la que estaba iluminando mi mundo sin saberlo. Clara confiaba en mí, y ahora empezaba a creer en que existía la posibilidad de salir de ese bucle. Mi salvación era la suya, y su salvación era la mía.



#7171 en Novela romántica
#1006 en Joven Adulto

En el texto hay: superacion, romance, drama

Editado: 15.03.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.