La luz de su mirada - Libro Ii

Capítulo 25

La lluvia golpeaba los cristales de las ventanas y, aunque a la vista el cielo presagiase una gran tormenta, era el sonido de la batidora lo que más me preocupaba en ese preciso instante. Hasta ahora había seguido las instrucciones que aparecían escritas en el reverso de la caja, tocaba batir la mezcla para que las tortitas quedasen con la textura y consistencia adecuadas. Todo aquello lo hacía con un fin: quería compensar a Clara por su valentía, así que me había propuesto darle los buenos días con un desayuno en la cama. La chica aún permanecía dormida... Y eso era lo que realmente me tenía inquieto. Como era de esperar, la batidora empezó a hacer de las suyas, y una Clara recién despertada se dejó traslucir por la puerta de la cocina. Con el pelo alborotado y frotándose los ojos, se acercó hasta mí:
—Mmm... Supongo que tendré yo que venir a darte hoy los buenos días —esbozó risueña.
—Te prometo que lo iba a hacer. Estaba preparando una sorpresa, pero la batidora... —traté de explicarle, antes de que ella me detuviese.
—No importa, volveré a la cama y me haré la sorprendida cuando entres por la puerta gritando: "Buenos días, dormilona" —imitó mi voz, exagerando con tono grave.
Aquella respuesta provocó que una carcajada sonora se escapase de mis labios. Acto seguido, me quedé embelesado observándola, era como si cada día me enamorase más de ella. Aun así, había algo más allá de su buen humor mañanero... Veía la esperanza reflejada en su mirada. Clara había dormido toda la noche, en más de una ocasión me acerqué hasta su dormitorio para comprobar que descansaba plácidamente. El monstruo al que tanto temía parecía estar adormecido, al igual que lo estaba su miedo a la oscuridad. Ese pequeño paso era un avance transcendental. La claustrofobia estaba ligada a ese temor, y tal y como sucedió dos años atrás, la superación de uno traería consigo el desarraigo del otro. Ya solo faltaba lo esencial, que confiase en sí misma.
Una vez que concluí mis labores culinarias, me encaminé hasta el dormitorio de Clara. Tuve que hacer malabares para que los vasos de zumo llegasen sanos y salvos, y el chocolate de las tortitas no adquiriese un sabor anaranjado. A lo lejos pude ver cómo abría uno de sus ojos antes de seguir haciéndose la dormida. Intenté aguantarme la risa al imaginar cómo Clara fingiría sorprenderse con el desayuno que le había preparado... Todo en sí era un espectáculo digno de presenciar. Dejé mis pensamientos a un lado una vez que apareció la claqueta en mi cabeza y se inició la cuenta regresiva: "Tres, dos, uno... Acción".
—¡Buenos días, Clara! —exclamé con celebridad.
—Iván... ¿Has preparado todo esto para mí? —repuso, como si fuese algo totalmente inesperado—. De verdad, no tenías que haberte molestado... —agregó con honestidad.
—Te lo mereces, es una recompensa a modo de deseo concedido —expliqué, restándole importancia.
—Algún día me gustaría ver la lista de deseos que has escrito para mí —bromeó a la vez que le daba un sorbo al zumo.
—¡Tendrás que quedarte con las ganas! Así es más divertido... Y aún no he dicho que puedas empezar a comer —le reclamé, haciendo que separase con brusquedad su boca de la cañita del vaso.
—Perdón... Tenía sed —se excusó, colocando las manos en señal de rendición.
—Bueno, solo quería felicitarte por lo que has conseguido —dije con tono cursi. Era innegable que me derretía con solo verla—. Admiro tu valentía, y estoy seguro de que vencerás todos tus miedos. Solo tienes que creértelo...
Clara permaneció unos segundos callada, únicamente mirándome como quien se perdía en mitad del océano. Parecía ver a través de mí. Quizás no lo creyera, pero desde la primera vez que la vi el vínculo que sentí con ella fue tan fuerte, que no hubo ni un minuto de mi vida en el que me arrepintiera de haberle entregado mi corazón. Su luz era sanadora, me devolvía la paz a la que aspiraba llegar. Y por ilógico que sonase, en mi oscuridad ella encontraba la calma. Éramos dos piezas opuestas que se complementaban a la perfección.
—¿Cómo puede ser la oscuridad tan inmensa, y que yo me sienta como si estuviera encerrada en una caja diminuta? —lanzó al aire el interrogante, adquiriendo un tono filosófico.
—No puedo dar respuesta a eso... Quizás ni siquiera exista una razón, y sea solo una jugada de nuestro cerebro —admití, enfrascándome en mis propios pensamientos—. Puede que esa sea la clave, desafiarnos a nosotros mismos.
—¿Tú también te has sentido así? —quiso saber sobre esa etapa de mi vida que con tanto recelo había intentado esconderle.
—Para mí, la oscuridad era como una espiral de la que no podía salir... A veces pienso que si no hubiese sido por Ana, aún estaría sumergido en ese mundo —confesé. No ganaba nada ocultándoselo, y tampoco merecía que la aislara de esa pesadilla en la que viví—. Aunque no fue solo gracias a ella, un pequeño rayo de luz acabó filtrándose en ese agujero negro.
—¿De verdad? —Clara me miró como si no hiciesen falta palabras para confirmar de quien hablaba—... ¿Quieres saber un secreto?
—Soy todo oídos —me acerqué, deseando escucharlo.
—Esta noche no he tenido miedo por dos razones: la primera, porque sabía que estabas al otro lado protegiéndome... y la segunda... porque, mientras todo se fundía en negro, yo solo soñaba con tus ojos, con esa oscuridad que no temía, allí donde podría perderme toda la vida —se ruborizó una vez que completó su confesión.
—Te quiero, Clara —aquella declaración salió con suavidad de mis labios, tanto como lo era el tacto de su piel en mis manos.
Sus palabras me llegaron a lo más profundo de mi corazón. Actué sin pensarlo, fue más un impulso que un acto deliberado. Quería demostrarle que ya no estaba encadenada a esa pesadilla que llevaba manteniéndola cautiva durante tanto tiempo, que muy pronto ese monstruo que la atormentaba ni siquiera gozaría de libertad... Quería recordarle que pronto no habría motivos para temer a su regreso. Yo siempre la protegería, se lo prometí, pero al dejarme llevar por ese impulso estaba cometiendo el mayor de los errores.
Una de mis manos viajó hasta su mejilla, con delicadeza acaricié su rostro hasta llegar a su tentadora boca. La chica se mordisqueó el labio inferior, sirviendo como detonante de ese torbellino de emociones que débilmente trataba de reprimir. Mis labios se aproximaron a los suyos, un toque sutil entre ellos bastó para que nos fundiéramos en un profundo beso. Aquel no solo era un símbolo de unión o de amor, sino de reconocimiento... De recordar lo que un día fuimos y de soñar con lo que un día podríamos volver a ser. Pero entonces, esas ganas de revivir lo que nunca di por perdido acabaron cagándola...
Solo existíamos ella y yo, ni la lluvia que caía con intensidad ni la bandeja con el desayuno que nos separaba fueron impedimento alguno para apagar el fuego que comenzaba a arder en mi interior. Posé la otra mano sobre su cintura, buscando acercar su cuerpo al mío. Maldije el momento en el que me dejé llevar por la pasión, maldije el momento en que mis dedos se deslizaron hasta su cadera tocando esa cicatriz que le hacía recordar lo mucho que sufrió... Y de tanto maldecir, el de arriba pareció castigarme lanzando un furioso trueno que hizo retumbar toda la estancia. Aquel estruendo rompió en pedazos el cielo, pero no más que mi alma en el instante en el que Clara, asustada y aturdida ante mi contacto, se alejó de mí. Ni el zumo que se derramó sobre la sábana me hizo reaccionar, fue su voz la que me sacó del trance en el que estaba sumido.
—Lo siento —murmuró Clara, a la vez que sus mejillas se humedecían por las lágrimas.
—Perdóname, Clara... Por favor, perdóname —logré articular con el corazón encogido. Intenté acercarme a ella, pero finalmente desistí. No quería herirla más todavía. No otra vez—. Yo... yo... Lo siento.



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En el texto hay: superacion, romance, drama

Editado: 15.03.2026

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