Las estrellas siguieron brillando en la oscuridad de la noche, o eso supuse. Mi atención estaba totalmente centrada en la chica que tenía frente a mí, hacía tiempo que me había dejado perder entre sus labios. Mis manos buscaban sentir el tacto de su piel, colándose bajo la tela de su ropa y recorriendo cada centímetro de su espalda. Mientras tanto, Clara dejaba un camino de besos en mi cuello que terminó con un jadeo de mi parte al acariciar esa zona sensible detrás de mi oreja. Mi instinto me llevó a tirar de su cuerpo, demasiado tiempo estuvimos separados, y aquel acto tan pasional la hizo suspirar.
Poco después nos encontrábamos en mi dormitorio, quitándonos, con una calma apabullante, las capas de tela que se interponían entre nosotros. No quedaba ni rastro de los nervios de aquella primera vez. Nos estábamos dejando guiar por lo que sentíamos, sin tropiezos ni pasos apresurados. Esta vez la decisión de hacerla chocar contra la puerta fue deliberada. Nos detuvimos un momento, buscando confirmar en la mirada del otro si queríamos repetir los tres deseos que el genio de la lámpara mágica, tan noble y gentil, nos había concedido. Y sí, a veces me olvidaba que Clara también tenía poderes, y los deseos, cuando había amor de por medio, siempre eran cosa de dos.
Entre besos y caricias acabamos entregándonos al amor. Nuestros cuerpos, que danzaban en completa armonía, eran el medio físico a través del cual confluían nuestros sentimientos. Esa corriente de excitación, aunada al amor que nos profesábamos, nos hizo volar hasta tocar el cielo en más de una ocasión. Si bien, no había estrella más bonita en el firmamento que la que tenía entre mis brazos, y estaba dispuesto a no soltarla jamás, a menos que ella así me lo pidiese. Exhaustos tras la efusividad de nuestro encuentro caímos dormidos en un sueño profundo, aunque no tanto como el sincero "te amo" que salió segundos antes de nuestros labios.
El suave roce de sus dedos sobre mi piel sirvió como alarma para despertarme a la mañana siguiente. Clara acariciaba el tatuaje de mi clavícula, y lo hacía tan ensimismada que ni siquiera se percató de que estaba embobado contemplándola. Me deleitaba ver cómo esa diminuta muestra de tinta significaba tanto para ella. Clara no solo me había marcado la piel, sino el alma. Y hablando de marcas... mis dedos viajaron hasta la cicatriz de su cadera, aquella que con tanta devoción mis labios habían recorrido la noche anterior. El asombro pronto inundó el rostro de la chica, que, sonrojada, me dio un casto beso:
—Buenos días... Siento haberte despertado —se lamentó, haciendo un mohín con los labios que me volvió loco.
—Buenos días, cariño —le devolví el beso, recreándome más tiempo antes de despegarme de sus labios—. Al contrario, quiero que todos los días me despiertes y, si es con un beso, mejor —bromeé, rozando ligeramente su nariz.
—¿Te he dicho ya lo mucho que te quiero? —esta vez fue ella la que acabó devorándome con ansias—. ¿Qué?... No me mires así, tengo hambre.
—Voy a preparar un buen desayuno, tendremos que recargar las pilas —le dije a la vez que me incorporaba ya dispuesto a cumplir con ese menester.
—Esta cama siempre me ha gustado más que la mía, así que me quedaré un ratito más... —y la arropé entre las sábanas.
Mientras yo me enfrascaba en preparar la mezcla de las tortitas (esta vez no dejaría que ningún malentendido nos chafase el desayuno), escuché que Clara se estaba dando una ducha. Y no solo lo supe por el sonido del agua, sino por la canción que la chica estaba entonando a todo pulmón. Se me había olvidado que cuando Clara estaba feliz lo demostraba cantando, tal vez fue un hábito que copió de mí. Me aproximé a la puerta del baño, y completé la estrofa que le seguía:
Linda casualidad
Cuando te conocí
Cómo es que olvidé
Lo que era sentir
Nervio y frenesí
...Oí cómo Clara dejaba escapar una risita antes de continuar con el siguiente fragmento de la canción...
Por primera vez
De las mil y una dudas
Ya no queda ninguna
Y aunque perdí la fe
La recuperé
Pero esta vez
...Y los dos juntos nos sumamos al estribillo. Era algo irónico, ella bajo la ducha cantando y yo al otro lado de la puerta del baño. Aun así, nuestras voces gritaban al unísono al compás de la música que sonaba a través del altavoz portátil...
Tú me has devuelto las ganas
Yo quiero todo contigo
Perdidos en una playa
Hasta que el sol se vaya
Y la luna sea testigo
Tú me has devuelto las ganas
Ya no me siento perdido
Saltemos por la ventana
Lo que pase mañana
Yo se lo dejo al destino
Te lo repito que yo quiero todo
Contarte, darte mil besos
Y enamorarte, verte, tenerte
De miércoles amarte tanto
Te juro que no aguanto
Dime si tú quieres saber
Dónde, cómo y cuándo
Toda la vida entera
Como lo hizo cualquiera
Yo quiero darte mi amor
Toda la vida
Toda la vida
Lástima que la melodía se detuviese y la voz autómata del altavoz pronunciase el remitente de la llamada entrante: Mamá. La madre de Clara estaba al otro lado del teléfono, probablemente querría acordar la hora a la que pasaría a recogerla para asistir al juicio que, inminentemente, se celebraba mañana. Eso fue lo que me dijo su hija antes de rogarme que atendiese la llamada o, de lo contrario, palabras textuales: "Mi madre se preocupará y estará tocando a tu puerta antes de que me dé tiempo a vestirme". De modo que después de carraspear un par de veces, como si entonar una canción a pleno pulmón no sirviese para calentar la voz, al fin me decidí a descolgar la llamada:
—Hola, Clara está terminando de ducharse... ¿Quiere que le diga algo de su parte?
—Mmm... ¿Hola? —escuché segundos más tarde la voz de su madre, que parecía extrañada al no oír a su hija— ... ¿Quién eres?
—Yo... yo... —balbuceé, dudando de si debía revelarle o no mi identidad. Y en caso de que lo hiciera, Clara y yo aún no habíamos bautizado nuestra relación con un nombre.
—Hola, mamá. Ya estoy aquí —me arrebató el teléfono de la mano—. Y ese chico es Iván, mi novio, y tu yerno —agregó, dibujando una sonrisa en mis labios. Sí, "novios", oficialmente lo éramos. ¿Qué había más oficial que me presentara así delante de su madre?
La chica terminó la llamada al cabo de unos minutos. En efecto, había acordado con sus padres que la recogerían en el albergue y la acompañarían hasta el juzgado. Clara me explicó que era algo que ya le habían propuesto antes de que yo regresara y que, aunque le sabía mal no ir conmigo, no quería defraudarlos. Por mi parte, le quité hierro al asunto. Al fin y al cabo, acudir por separado no significaba que no estuviese allí para apoyarla. Así que sin más contratiempos, nos sentamos a desayunar. "¡Bendita la hora en la que dejé el tarro de la crema de chocolate sobre la mesa!", pensé...
—¡Están deliciosas! —me felicitó mi novia—. Pero... —se relamió los labios antes de continuar— les falta chocolate.
—Ahí tienes el tarro, "señorita gourmet" —le señalé, al tiempo que aplaudía con entusiasmo. Debí suponer que ese festejo adelantado no era un buen presagio...
Clara abrió el recipiente y con suma delicadeza fue agregando la crema de chocolate, más y más sirope de chocolate... Tanto que podría darle allí mismo una crisis hiperglucémica. El plato había pasado de ser "tortitas con chocolate" a "chocolate con sorpresa en su interior", pues ni por asomo alguien podría descifrar qué era lo que se encontraba debajo de esa cobertura marrón. Cuando creí que ya había llegado el momento de disfrutar de ese manjar edulcorado, muy amablemente me invitó probarlo, ofrecimiento que decliné. Pero aquello no término ahí...
—¿Seguro que no quieres más chocolate? —me jacté de ella al ver los restos de sirope que quedaban alrededor de su boca—. ¡Tienes hasta en la nariz!
—¡No te rías! —me amenazó, abalanzándose sobre mí.
—¡No! ¡Clara, ni se te ocurra! —traté de frenarla.
—Estoy pensando dónde será tu próximo tatuaje —vaciló acercándose a mi torso aún desnudo... ¿Por qué no me habría vestido, al menos?
—¿Otro? —inquirí mientras Clara depositaba un beso detrás de mi oreja, lo que provocó que de mi boca se escapase un gemido ahogado y casi me dejase sin aliento para seguir hablando—. Aún estoy esperando el tuyo... —y llevé mi mano sobre su cadera—. Clara, prometí besar tus cicatrices y, en su lugar, acabé abriendo heridas nuevas...
—No te mentiré, estuve dolida por lo que pasó... Pero eso ya es pasado —me sonrió con la intención de disuadir ese aura melancólica—. Además, tus besos son curativos, y ya no queda ni rastro de la herida que un día hubo. Iván, mañana todo será pasado.
—Entonces, vivamos el presente —me rendí ante sus encantadores labios. Esos que también me habían curado el alma—. Me equivoqué: las cicatrices, aunque imborrables, son recuerdos del pasado, pero solo tú, Clara, podrás escribir el presente. Tú eres la dueña de tu futuro.