Clara y yo íbamos de camino al cementerio. Si su madre había sido la primera en saber de nuestra relación, Sandra sería la segunda. Nos bajamos del coche y, tomados de la mano, nos dirigimos hasta el mausoleo de mi hermana. Desde que había regresado al campamento, no había podido visitar su tumba tan a menudo como acostumbraba. Sandra, allá donde estuviese, comprendería que Clara necesitaba mi apoyo incondicional para superar su recaída, y pensar en ello me ayudaba a no sentirme mal. Con un precioso ramo de gladiolos rojos, le presenté a mi novia. Tal vez para otros serían idioteces, pero compartir este tipo de confesiones con mi hermana era un bálsamo curativo que aplacaba su ausencia. Tiempo atrás habría querido estar al otro lado junto a ella, pero hoy tenía cientos de razones para aferrarme a este mundo, y una de ellas era Clara.
—¿Quieres que os deje a solas? —me preguntó, curvando sus labios hacia arriba.
—No, quédate, por favor —le supliqué, apretando su mano.
Clara no había llegado a mi vida para alejarla en momentos como este, al contrario, nuestro vínculo y la confianza que tenía depositada en ella hacían que quisiese compartir incluso mis recuerdos más tristes. Al fin y al cabo, la ausencia de Sandra sería más fácil de sobrellevar con su apoyo. Por más que me hubiese gustado que llegasen a conocerse, sentía que contándole nuestras anécdotas, las vivencias pasadas, conectarían aunque fuese en un plano espiritual. Cada lágrima que traía consigo su recuerdo terminaría convertida en risa, la huella de Sandra sería imborrable pero no me quedaba otra que aceptar su marcha y guardar lo bonito que vivimos en mi memoria.
—Te quiero, hermanita —le dije antes de despedirme de su lápida—. ¿Sabes? Creo que por fin he vuelto a ser feliz. Gracias por tanto, Sandra.
Clara y yo nos montamos en el coche. Por primera vez sentí cómo ese sentimiento de culpa, que por tanto tiempo había estado arraigado en mi pecho, se aligeraba. La culpabilidad y el miedo guardaban algo en común, para poder soltarlos primero había que aprender a vencerlos. Solo superando aquello que nos atormentaba, lograríamos ser libres... Libres como las mariposas que adornaban la muñeca de Clara. Ese era nuestro próximo destino, pero antes alguien necesitaba aliviar su propia carga emocional. Mi novia, que descansaba la cabeza sobre la ventanilla del vehículo, pareció contagiarse de la tranquilidad que le transmitía observar las montañas que dejábamos atrás. Esa paz la llevó a que al fin abriese la jaula que retenía al monstruo... No podría soltarlo si no daba ese paso, aunque, contradictoriamente, fuese a suceder justo lo opuesto.
—¿Crees que mañana podré mirarlo a la cara, después de todo el daño que me hizo? —inquirió con la mirada perdida en el paisaje.
—A veces para conseguir lo que quieres, tienes que hacer lo que no quieres. Es un monstruo, y como tal no se merece otra cosa que acabar entre rejas —traté de hacerle entender la razón del sobreesfuerzo que debía hacer.
—Es que con solo pensar que volveré a coincidir con él... No sé si seré capaz, Iván —sollozó. No podía dejar que Clara se sintiera intimidada, y menos que se subestimara.
—Cuando piensas en él, ¿qué es lo primero que sientes? —le formulé la pregunta, intentando que imaginase la situación a la que se expondría.
—Lo primero que siento es... Asco, odio, repulsión —contestó, mirando al frente.
—¿Y miedo? ¿Temes que pueda volver a hacerte daño? —proseguí.
—No, estará custodiado por guardias, y sé que no podrá hacerme daño. Ni a mí ni a nadie más —repuso con seguridad.
—Ese es el objetivo, Clara... A ti y a otras chicas os privó de vuestra libertad, y os hizo cosas deleznables... cosas que solo un monstruo podría hacer. Pero a partir de mañana ya nadie correrá peligro a su lado, será castigado por sus delitos. Y todo eso requiere de un acto de valentía, vuestro testimonio será su condena. Así que, cuando sea tu turno, con la cabeza bien alta relatarás todo lo que te hizo sufrir bajo su yugo. Rememorar la experiencia te traerá malos recuerdos, pero valdrá la pena. Sé la Clara valiente que conozco, la que lleva tatuada la libertad en su muñeca y la que es un claro ejemplo de resiliencia —la animé, besando el dorso de su mano.
—Lo haré... —susurró con determinación. A pesar del cúmulo de sentimientos encontrados, veía en ella el arrojo y el valor de quien se sentía preparada para enfrentarse al mayor desafío de su vida. Ya lo habíamos hablado, aunque esa pesadilla siempre estaría ahí, debía cerrar ese capítulo. Era momento de dejar atrás el pasado, viviríamos el presente. Juntos. Si alguien me preguntase un par de semanas antes, le habría dicho que renunciar a Clara fue la mayor muestra de afecto que pude hacer. No obstante, ¿qué era el amor si no luchábamos por él? El destino, aunque cruel, nos había reunido... La oscuridad y la luz se fusionaban, iniciando una nueva etapa: el crepúsculo. Un cambio que pronto llegaría a nuestras vidas...
La pesadez del ambiente se fue distendiendo conforme las cadenas montañosas dieron paso a siluetas edificadas. Nuestra siguiente parada, antes de regresar al campamento, fue un estudio de tatuajes. Clara y yo llegamos a un acuerdo, el próximo tatuaje consistiría en una frase que simbolizase nuestro amor. Podría parecer demasiado cursi, pero ambos estábamos en esa fase de romanticismo en estado puro. Alguna que otra sonrisa cómplice se escapó de mis labios al descubrir el diseño que mi novia había escogido, con el que estuve de acuerdo desde el primer momento en el que vi su idea bocetada en papel.
—Eres luz en mi oscuridad —leyó Clara la tinta que adornaba mi clavícula. La zona, antes únicamente serigrafiada con su inicial rodeada por un corazón, ahora se complementaba con tan profunda declaración. Un par de pequeñas estrellas destellantes le aportaban el toque mágico a la oración... Sin magia, tal vez nuestras almas seguirían perdidas divagando entre las sombras del pasado. Ella no solo era la protagonista de mis tatuajes... sino de mi vida entera. Clara era la llama que iluminaba mi camino, la luz dentro de mi oscuridad.
—En la oscuridad quedan las cicatrices, acompáñame y brillaremos juntos —no supe el mensaje que había decidido tatuarse hasta que no volvimos a la cabaña después de un largo día, "nuestra primera cita". Ahora me encontraba extendiendo la crema sobre su cadera. Mientras, Clara repetía la misma acción, aunque sus dedos eran un tanto osados y me acariciaban el pecho.
—¿Te ha gustado la sorpresa? —quiso saber, aún ensimismada en su tarea.
—Me ha encantado —afirmé con una sonrisa un tanto bobalicona—, gracias por tenderme la mano y compartir tu brillo conmigo...
—Gracias a ti, genio de la lámpara mágica, sin tu magia no lo habría conseguido —me besó con dulzura—... Ese podría ser tu próximo tatuaje, ¿te parece buena idea?
—Te recuerdo que te llevo uno de ventaja... —reí, como si con ello estuviese desestimando su propuesta—. Otra razón más para añadir a mi lista: por ella, me tatuaría al genio de la lámpara mágica.
—¿De verdad aún conservas esa lista? —inquirió mi novia, enarcando una ceja.
—¿De verdad pensabas que no la conservaría? —contraataqué demostrándolo con pruebas fehacientes. Abrí el cajón de la cómoda y extraje el papel. Busqué un bolígrafo y lo dejé por escrito—. Deberías empezar a preocuparte... —añadí moviendo el arma estilográfica que sostenía entre mis dedos.
Entre risas y varios intentos de huida, fallidos todos, acabamos con el cuerpo garabateado. Ni la huella de tinta permanente que ahora compartíamos ni las muestras de la última batalla liderada, podían simbolizar el enorme impacto que Clara había supuesto en mi vida. Seguiría añadiendo razones y razones a la lista. Amaba a Clara. Ese sentimiento era como una pequeña semilla que con el afecto y el cariño mutuo iba creciendo día tras día. Nuestros corazones, antes repletos de miedos, latían al unísono. Estábamos viviendo el presente, y ya solo quedaba un capítulo del pasado, o más bien una pesadilla, por cerrar.