La luz de su mirada - Libro Ii

Capítulo 29

Clara me pidió que la dejase esa mañana en el albergue. Necesitaba hablar con Ana antes de que se celebrase el juicio. Era comprensible, por más que yo intentase apoyarla, la ayuda de un profesional en momentos como este era de vital importancia. Me despedí de ella con un "hasta pronto" y regresé a la cabaña. La soledad provocó que miles de interrogantes se formularan en mi mente, y acabasen dejándome aturdido. Que el juicio supusiera el cierre de un capítulo para mi chica, significaba, por consiguiente, que una nueva historia estaba a punto de comenzar. Si bien era cierto que estos últimos días me había demostrado con creces que estaba tan enamorada de mí como yo lo estaba de ella, no me había parado a pensar en qué sucedería con nuestra incipiente relación.
¿Funcionaría lo nuestro fuera de aquellas cuatro paredes? Lo que había entre nosotros era más que un amor de verano, lo que temía era que nuestras responsabilidades nos acabasen dirigiendo por caminos separados. Clara era una estudiante brillante, con una carrera universitaria recién iniciada; y yo, en fin, una persona que necesitaba encontrar un trabajo cuanto antes, pues no quería seguir aprovechándome de la amabilidad de Ana. Después de sabotear mis propias ilusiones llegué a la conclusión de que ese no era más que otro cajón de miedos que, una vez abierto, terminaría por empañar la felicidad que ahora sentía. Resiliencia. Clara lo llevaba tatuado en su piel y en su alma. Ella era mi ejemplo, con sus bajadas y subidas, pero fiel a esa capacidad innata de pelear hasta quedarse sin aliento.
Los chicos me acompañaron hasta el juzgado. Allí, Clara se fundió en un emotivo abrazo con Lucía, seguido de Jaime. Adrián tampoco tardó en demostrarle su apoyo... Aunque en términos románticos ya nada quedase entre ellos, la amistad que habían forjado perduraría en el tiempo. Y por último, llegó mi turno. Vacilé unos segundos, ¿debería besarla con sus padres delante, aun sabiendo que todavía no nos habíamos presentado en persona? Clara pareció leer la incertidumbre en mi mirada, y acto seguido oficializó nuestra relación.
—Mamá. Papá. Os presento a Iván —la voz de Clara sonó con cierto nerviosismo.
—Encantado —su padre fue el primero en estrecharme la mano. Nuestro primer contacto fue cálido, tal vez me sorprendió porque era una sensación desconocida para mí, el amor de un padre—... ¿Así que tú eres el motivo de que mi niña esté tan feliz? —bromeó, sacándome una sonrisa.
—Me alegro de conocerte —contestó su madre—, de camino Clara nos ha hablado de ti. ¡Bienvenido a la familia! —finalizó con un tono algo frío. Entendía que se mostrase algo reticente. En sus ojos pude ver la preocupación, incluso los resquicios del sufrimiento pasado.
El tenso momento se vio interrumpido por la llegada del abogado defensor, que acudió para repasar con Clara y el resto de chicas el transcurso del juicio. Apreté con fuerza su mano y le dediqué una sonrisa reconfortante antes de que se marchara. Las presentaciones me habían dejado un sabor un tanto agridulce, y Ana debió notarlo. Sin ir más lejos, la psicoterapeuta se acercó a los padres de Clara, mis suegros, y se enfrascaron en una conversación cuya protagonista no solo era su hija. Adrián vino a mi encuentro y, como buen profesional que era, trató de animarme:
—Tranquilo, todo saldrá bien... Y no lo digo solo por el juicio —agregó en voz baja.
—¿Crees que no me guardarán rencor por el daño que le hice a su hija? —pregunté con cierto pesar. Era una carga que me estaba asfixiando.
—Cuando te conozcan, verán que has sido su salvación —sus palabras fueron como un soplo de aire fresco. Me devolvieron la fe perdida.
—Gracias —musité. Ese agradecimiento guardaba más motivos de los que el propio Adrián imaginaba. Razones que me fueron imposibles de enumerar, ya que Ana me pidió que la acompañase.
Sabía que había intercedido por mí, pero también era conocedor de que sus elogios no serían muestra suficiente para que depositasen su total confianza en el causante de la recaída de su hija. Aun así, Adrián estaba en lo cierto, lo esencial era que no me juzgasen sin antes conocerme. Y eso era lo que Ana había conseguido, desvanecer cualquier prejuicio que tuviesen sobre mí, en especial su madre. Les debía una disculpa, por Clara, por lo que le había hecho sufrir, y por el daño que indirectamente les provoqué a ellos.
—Lo siento, espero que algún día... —su madre me detuvo. Con todo el cariño que una madre puede albergar, me acarició las mejillas, tal y como yo hacía con Sandra cuando estaba triste. Actué como el padre y la madre que mi hermana nunca tuvo. Pero, ¿y yo? ¿dónde quedó ese amor parental que nunca recibí?
—Te entendemos, Iván. Ana nos ha hecho ver que no ganamos nada quedándonos con lo malo, al revés, perdemos todo lo que nos importa. Y si Clara es feliz a tu lado, nosotros no nos opondremos —me explicó, aún con las manos sobre mi rostro—. Perdóname por lo de antes, mi hija lo es todo para mí... Aunque tendremos que asumir que la familia ha crecido —rió, aligerando la carga emocional de sus palabras—. Desde hoy, te confiamos a nuestra pequeña. Aquí nos tienes para lo que necesites.
No podía estar más emocionado ante su declaración. Se notaba cómo emergía desde lo más profundo, cargada de sentimiento. "Estar con Clara no solo significaba contar con su apoyo; sino que también me había ganado el cariño de unos padres que, puede que algún día, suplieran el amor que mis propios progenitores no supieron, o quisieron, darme", pensé para mí mismo. Alcé la vista y mis ojos se posaron sobre los de ella. Por un segundo me miró con extrañeza, pero su expresión se tornó en alegría cuando una sonrisa curvó mis labios. La amaba, con todo mi ser.
—¿Estás preparada, cielo? —su padre la rodeó entre sus brazos.
—Eso creo —exhaló el aire que guardaba en sus pulmones, como si con ello también desaparecieran sus nervios.
—Ya verás cómo todo saldrá bien... —le besó el cabello su madre.
—¡Estamos contigo, Clara! —Lucía habló en nombre de los chicos.
—Lo conseguirás, confía en ti —la animó Ana con su voz sosegada.
Los ojos de mi novia se empañaron de lágrimas, pero no de tristeza sino de felicidad. Clara se sentía arropada por los suyos. Esa pequeña familia que había formado, ya fuese con lazos sanguíneos o de corazón, estaba dispuesta a acompañarla hasta los confines del mundo si fuese necesario. Y yo no era la excepción. Rebusqué dentro del bolsillo de mi pantalón, aún guardaba la pulsera trenzada que tantas idas y venidas había traído consigo. Más que un amuleto, con ella quería cederle parte de mi magia... Sí, un recordatorio, eso era: un recordatorio de que soltar el miedo no borraba el camino, pero sí abría la puerta a la esperanza.
—Tengo un regalo para ti —le dije, extrayendo la pulsera—. ¿Puedo ponértela?
—¿No deberías esperar... —dudó rechazando en un primer momento mi obsequio— ya sabes, a que supere todos mis miedos?
—Clara, ya los has superado... Te quiero —y sus ojos brillaron con una ilusión renovada. Justo antes de que terminase de anudar la pulsera, las puertas se abrieron llamando a los presentes.
—Yo también te quiero —me susurró, apresurándose a entrar en la sala.
Fue tanto lo que Clara me enseñó... Su capacidad de perseverancia, de lucha, de superación... De seguir adelante y de olvidar cualquier adicción que no fuese estar a su lado... De soñar menos y de vivir más... De dejar atrás el miedo y de confiar en mí mismo... De aprender a que de nada serviría el perdón de los demás si no me perdonaba a mí mismo... De recordar a los que ya no estaban con una sonrisa en los labios... De vivir el presente... De que en la oscuridad quedasen las cicatrices, de acompañarnos y, sobre todo, de brillar juntos. Porque las razones por las que me enamoré de Clara nunca serían suficientes para completar la lista. A fin de cuentas, ella era luz en mi oscuridad... Solo podía pensar en una cosa: en dejarme guiar por la luz de su mirada.



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En el texto hay: superacion, romance, drama

Editado: 28.03.2026

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