Almaia siempre pensó que el amor debía anunciarse con ruido.
Con certezas.
Con pasos que se quedan.
Por eso no supo reconocerlo cuando llegó en silencio.
Lucien apareció como aparecen las cosas que no se buscan: sin intención, sin promesas, sin prisa.
No irrumpió en su vida; simplemente estuvo.
Como la luz de la tarde entrando por una ventana que nadie abrió del todo.
No recuerda el momento exacto en que empezó a importarle.
Recuerda, eso sí, los detalles pequeños: la forma en que él escuchaba sin interrumpir,
cómo sonreía apenas, cómo parecía estar siempre a punto de irse, incluso cuando se quedaba.
Nunca hablaron de lo que eran.
Nunca fue necesario.
Había algo delicado sosteniéndose entre ambos,
algo que pedía cuidado, no definición.
Almaia aprendió su presencia como se aprende una canción suave: sin darse cuenta, repitiéndola por dentro.
Y, aun así, había una sombra.
Una intuición leve, casi amable, que le decía que algunas luces no están hechas para quedarse, solo para enseñar el camino por un instante.
Aquella tarde, mientras el cielo se apagaba despacio, Almaia lo miró y pensó —sin tristeza, sin miedo—que tal vez amar no siempre significa retener.
A veces, amar es reconocer la luz y agradecer que pasó.
Y aunque todavía no lo sabía, ahí comenzaba todo.
Editado: 09.01.2026