Conocí a Lucien un día que no tenía nada de especial.
No había prisa ni expectativa. Era uno de esos días que pasan sin pedir recuerdo.
Había salido a hacer lo de siempre. El mismo camino, la misma hora, el mismo cansancio leve en el cuerpo. Pensaba en cosas pequeñas: en lo que faltaba en casa, en el clima, en nada que mereciera quedarse.
Lucien estaba ahí sin estarlo del todo.
Sentado cerca, distraído, como alguien que no quería ocupar espacio. No llamó mi atención de inmediato; fue su quietud lo que me hizo mirarlo.
—¿Piensas en cómo se crearon los pantalones o en algo más interesante? —pregunté sin saber por qué hice una pregunta así. Simplemente lo hice.
Él me miró con algo de desconcierto, pero esbozó una leve sonrisa.
Y después de eso, solo recuerdo la naturalidad.
Como si la conversación hubiera estado esperando ese momento exacto para empezar. Como si no hubiera necesidad de presentaciones largas ni preguntas innecesarias.
Hablamos de cosas simples.
Demasiado simples para significar algo: el día, una canción, una observación que no pretendía quedarse. Y, aun así, algo se acomodó en mí sin que pudiera explicarlo.
Lucien escuchaba de verdad.
No respondía para llenar el silencio; lo dejaba existir. Eso me desarmó más de lo que debería. Había en él una calma extraña, una forma de estar presente sin imponerse.
No hubo coqueteo.
No hubo promesas disfrazadas. Solo una sensación tranquila, casi peligrosa, como si el mundo hubiera bajado el volumen apenas un poco.
Cuando nos despedimos, no sentí emoción.
Sentí algo distinto: normalidad.
Como si su presencia pudiera repetirse.
Como si no fuera extraordinaria… y justo por eso pudiera volverse importante.
Llegué a casa más relajada de lo normal. En mis hombros no había pesadez; no sentía esa carga de estrés del día que suele acompañarme.
Al subir las escaleras me encontré con mi hermano Daniel, que caminó hacia mí para saludarme.
—¿Cómo estuvo tu día? —preguntó al abrazarme.
—Muy bien, gracias. ¿Qué tal el tuyo? —respondí, devolviéndole el abrazo. No se me hacía raro… solo que no suele abrazarme por tanto tiempo.
—Bien. Salí temprano del trabajo hoy y luego salí con Jaz —me contó rápidamente.
Jaz es su novia. Me cae bien, es linda con todos en la familia. A veces pienso que ojalá se case con mi hermano.
Daniel continuó hablándome de su día mientras me invitaba a sentarme con él en su habitación, hasta que, de pronto, mencionó algo que me tomó por sorpresa.
Me dijo que había ido a una cafetería y que, justo cuando iba saliendo, me vio conversando con un tipo.
—Almaia… —dijo, deteniéndose un poco, con esa mirada de preocupación tan suya—. ¿Acaso tú estás saliendo con alguien y no has querido contarnos?
Mi familia se preocupa mucho por mí en ese aspecto. Mi última relación —como suele pasarnos a muchos— terminó en desastre. Un desastre que me llevó un año entero superar. No exagero; hay amores que duelen más de lo que uno quiere, más de lo que uno espera.
—No estoy saliendo con nadie, Dani —contesté con calma—. Solo fue alguien que conocí en la cafetería y nos llevamos bien. Admito que tiene buen sentido del humor, eso es todo. No te preocupes.
Me levanté para ir a mi habitación.
—Te quiero, Dani. Gracias por preocuparte, pero te aseguro que no pasa nada.
Sin más, salí del cuarto en silencio, con la misma calma con la que había llegado a casa.
Esa noche pensé en él solo un instante.
No como se piensa en alguien que llega para quedarse, sino como se piensa en una luz suave que apareció sin avisar y siguió su camino.
Todavía no sabía que algunas presencias empiezan así: sin anunciarse, sin prometer, dejando una huella silenciosa.
Y, aun así, sin darme cuenta, yo ya había empezado a recordarlo.
—Descansa, Almaia… solo descansa—me dije a mí misma.
Editado: 09.01.2026