La Luz Que No Se Quedo

Lucien... Algo Pasa

Me llamo Lucien.
Y siempre he sabido que no soy alguien fácil de sostener.

No porque no sienta, sino porque pienso demasiado antes de quedarme.
Mi vida se ha construido así: con pausas, con mudanzas pequeñas, con decisiones que nunca terminan de sentirse definitivas.

Trabajo con ideas más que con personas. Paso horas frente a una pantalla, corrigiendo, ajustando, buscando sentido donde otros solo ven rutina. No es un trabajo que exija ruido, y quizá por eso me acomoda. Me permite existir sin explicarme demasiado.

Aquella tarde estaba en la cafetería por costumbre.
Es mi refugio silencioso. El lugar al que voy cuando necesito pensar sin ser interrumpido. Siempre pido lo mismo, siempre me siento en la misma mesa, siempre observo sin participar.

No esperaba nada.
Nunca lo hago.

La vi antes de que hablara.

No de una forma cinematográfica, no como esas historias que prometen destino. La vi porque estaba quieta. Porque parecía estar en su propio mundo, como si el lugar no terminara de tocarla.

Y entonces habló.

—¿Piensas en cómo se crearon los pantalones o en algo más interesante?

No supe qué responder al inicio.
No por la pregunta, sino por la naturalidad. Por la ausencia total de intención. Nadie me habla así sin querer algo.

Sonreí antes de pensarlo.
Y en ese gesto supe que ya era tarde.

Almaia no llenaba los silencios.
Los respetaba. Y eso es raro. Eso es peligroso.

—En realidad me preguntaba algo más… ¿Por qué Tarzán en las películas de Disney siempre está afeitado?

Soltó una risa fuerte, honesta. Me reí con ella, más por su risa que por lo que dijo. Fue imposible no notarlo: tiene una sonrisa peligrosamente hermosa.

—No lo sé —respondió—. ¿De verdad piensas en ese tipo de cosas?

—¿Nunca te has preguntado algo así de interesante?

La observé un segundo de más, o quizá solo lo suficiente.
Así comenzó.

Hablamos de cosas simples. Y aun así, sentí que algo se acomodaba en mí, como cuando encuentras una canción que no sabías que necesitabas. No hubo promesas, ni gestos grandes, ni palabras que pidieran quedarse.

Y, sin embargo, quise hacerlo.

No porque creyera que debía, sino porque con ella todo parecía posible… incluso lo que sé que no puedo ofrecer.

Cuando nos despedimos, sentí alivio.
Y culpa.

Alivio por no haber cruzado una línea.
Culpa por haber deseado hacerlo.

Caminé pensando que algunas personas llegan a tu vida no para quedarse, sino para recordarte lo que aún eres capaz de sentir. Y eso, aunque no lo admitamos, también duele.

Pasé por la oficina solo para recoger lo que quedaba de mis cosas, tomé mi abrigo y fui directo al auto. En mi mente no había espacio para nada más que su risa, su sonrisa, sus ojos.

—No puedo perderme en esto —dije en voz alta—. No la volveré a ver.

Conduje hasta la casa de mis padres. No sé por qué. Supongo que necesitaba algo familiar.

Mi madre regañaba a mi hermano, como siempre. Él la escuchaba con fastidio mientras ella soltaba groserías en ruso, un idioma que aprendió solo para que no entendiéramos cuando se enoja.

Al verme, se detuvo, me abrazó y me llevó del brazo.

—Dile a tu hermano que está mal ser un mujeriego —dijo sin aviso.

Me reí. No porque me sorprendiera, sino porque sé que él no cambiará hasta que, según dice, llegue “la indicada”.

—Y yo que creí que me preguntarías cómo estoy —respondí con dramatismo—, pero no, me pides que aconseje a un caso perdido.

Mi madre suspiró y luego me miró con atención.

—¿Por qué te veo tan relajado?

No supe qué contestar. Ni yo lo entendía.

Quizá fue solo un día distinto.

Uno de esos que no prometen nada, pero dejan algo.

Más tarde, ya en casa, me duché, preparé algo de comer y llamé a mi padre. Colgué pensando que, sin buscarlo, el día me había cambiado un poco.

Esa noche, el silencio de mi casa no pesaba.
Era distinto.
Como si algo hubiera quedado encendido en una habitación que no pensaba volver a visitar.

Pensé en ella sin construirle un lugar.
Sin imaginar futuros.
Solo como se piensa en una canción que aparece en la radio y, sin saber por qué, se queda sonando incluso después de apagarla.

Me dije que no volvería a verla.
No como una decisión firme, sino como esas frases que uno repite para sentirse a salvo.

Afuera, la noche seguía igual.
El mundo no había cambiado.

Pero yo sí había tocado algo, algo breve, algo que no era mío.

Y aunque no lo supe en ese momento, hay luces que no buscan quedarse, solo recordarte que aún puedes ver.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.