No pensé en ella al despertar. Eso fue lo primero que noté.
El día comenzó como todos: el mismo café, la misma prisa medida, la mima sensación de estar cumpliendo con algo que no exigía demasiado de mí. Me convencí de que lo ocurrido en la cafetería había sido solo eso: un momento agradable, una conversación sin consecuencias.
Y sin embargo, algo estaba fuera de lugar.
No era nostalgia, no era deseo, sino una especie de eco.
Durante la mañana, mientras trabajaba, me descubrí repitiendo gestos que no me pertenecían del todo: pausas más largas, miradas perdidas, silencios que no necesitaban explicación.
Pasaron un par de horas desde que llegue al trabajo y como suele suceder tres veces a la semana, hoy era día de una reunión. Una a la cual, sorprendentemente no quería asistir, y no porque me sintiera estresado ni mucho menos, sino porque el día de hoy tenía un matiz diferente.
Ya en la reunión me di cuenta de que estaba más distraído de lo que en realidad quisiera admitir.
—Oye amigo ¿Estás bien? —comenta mi amigo y compañero de trabajo—apenas y prestaste atención a la reunión, y aquí me tienes explicándote las cosas, lo cual no es propio de ti—me dice con el ceño fruncido.
Y claro que sé que tiene razón, la verdad es que ni yo sé que me ocurre el día de hoy.
—Cosas personales—menciono—sé que tengo que separa lo laboral de lo personal, ni que lo digas. Es solo que hoy, me afecto más de lo que pude manejar. —digo con total honestidad.
—Vale no te preocupes. —se queda mirando por la ventana un momento—¿Te parece si vamos a buscar algo bueno para comer? Me muero de hambre y ya es tarde—menciona.
Veo la hora y, claro, tiene razón, pues todavía, después de comer tengo que comenzar a plasmar algunas ideas para la próxima reunión. Así que decidimos salir a buscar un buen lugar de comida.
Encontramos un lugar de comida tailandesa, decidimos quedarnos porque el hambre pudo más que nosotros, y la curiosidad de mi amigo. A decir verdad, prefiero la comida menos picante y condimentada, pero nada mal.
Caminando de regreso a la oficina, me sorprendí esperando nada. Y aun así esperando.
Eso fue lo incómodo. Y es que en mi mente no lograba descifrar algo concreto de lo que me ocurría.
Y entonces comprendí, Almaia no aparecía en forma de recuerdo claro. No veía su rostro con nitidez, ni escuchaba su voz completa. Era más bien una sensación: la calma que había traído consigo, la forma en que el tiempo parecía haberse detenido sin pedir permiso.
Me molestó darme cuenta de que lo había notado.
El día de oficina terminó, aunque decidí quedarme un poco más, pretendiendo hacer horas extras, aunque en realidad, solo quería una excusa para salir solo a despejarme un momento.
Tomé el celular y los audífonos casi por inercia.
Abrí la aplicación de música y la dejé en modo aleatorio, sin pensar demasiado.
Y entonces comenzó.
Una canción nostálgica, de esas que cargan algo que no sabes explicar del todo.
Intemperie, de Miss Caffeina.
La dejé sonar sin prestar atención al inicio, caminando sin dirección fija, fingiendo que no estaba escuchando.
“Y sé que cura, y sin ti que pase el tiempo…”
Bajé un poco el volumen, como si eso pudiera apagar lo que empezó a moverse dentro.
“Te has convertido en intemperie…”
No quise escuchar el resto.
No porque doliera, sino porque reconocí algo en esas palabras.
Y no estaba listo para nombrarlo.
Seguí caminando, ignorando el peso suave que la canción había dejado en mí,
convenciéndome de que era solo música,
de que no significaba nada.
Mentí otra vez.
Y seguí adelante.
Pasé por la cafetería sin pensarlo demasiado. No entré. Solo caminé frente a ella. Me dije que era coincidencia, que era parte de mi rutina. Mentí con naturalidad.
Desde afuera, el lugar se veía igual. Las mesas ocupadas, el murmullo constante, la puerta abriéndose y cerrándose sin promesas. Nada indicaba que algo ahí hubiera cambiado. Nada, excepto yo.
Seguí caminando.
Comprendí entonces que lo que me inquietaba no era la posibilidad de volver a verla, sino lo que su ausencia estaba provocando. Porque hay presencias que no reclaman espacio, pero cuando se van, lo dejan vacío.
Y eso es peligroso.
Esa noche, mientras intentaba leer, dejé el libro abierto sobre mis piernas sin pasar página. Pensé en lo fácil que había sido hablarle. En lo poco que había sentido la necesidad de protegerme. En cómo, sin darme cuenta, había bajado la guardia sin sentir miedo.
Eso no es habitual en mí.
Mi distancia siempre ha sido mi forma de cuidado. No solo hacia otros, sino hacia mí mismo. Aprendí a irme antes de necesitar quedarme. A cerrar puertas sin dar portazos. A no prometer lo que no sé sostener.
Pero Almaia no me pidió nada.
Y esa es la grieta.
Editado: 10.01.2026