No siempre fui así.
Hubo un tiempo en el que creía que quedarse era un acto natural, casi instintivo. En el que pensaba que amar implicaba insistir, resistir, sostener incluso cuando dolía. No lo cuestionaba. Simplemente lo hacía.
Hasta que dejó de ser suficiente.
La recuerdo en fragmentos, nunca completa. Como si mi memoria hubiera aprendido a protegerme incluso de ella, su voz cansada al final del día, la forma en que evitaba mirarme cuando algo no iba bien, las discusiones que empezaban por nada y terminaban hablando de todo.
Yo me quedaba.
Siempre me quedaba.
Creía que el amor era eso: permanecer aun cuando el suelo se volvía inestable. Ceder un poco más, callar lo necesario, hacer espacio incluso cuando ya no lo había.
Hasta que un día entendí que quedarse también puede ser una forma lenta de desaparecer.
No hubo gritos aquella vez.
No hubo escenas memorables.
Solo una frase dicha sin intención de herir, y que aun así lo hizo.
—No sé si quiero esta vida contigo —me dijo, mirándome como si yo ya no estuviera ahí.
No habló de otra persona.
No habló de falta de amor.
Habló de cansancio.
Y yo no supe qué hacer con eso, Claire con esos ojos que un día tuvieron un brillo hermoso que tanto amaba, hoy apagados me dedican una mirada vacía esas palabras, que martillaban en mi mente y corazón con una fuerza que no sabía de dónde venía.
Me di cuenta entonces de algo que nadie te enseña: que puedes amar profundamente y aun así no ser el lugar donde alguien quiere quedarse. Que no todo lo que se entrega es recibido de la misma forma.
—¿Tu decisión es definitiva? —pregunté sin sonar herido, solo con una curiosidad de saber que tanto fue lo que hice mal.
—No estoy terminándote… solo necesito espacio —respondió, evitando sostenerme la mirada.
Supe entonces que ya era el final.
—Para mí esto es terminar —dije con una calma que no sentía—. Si ya no puedes mirarme, algo se rompió antes de esta conversación.
—Conocí a alguien más —confiesa entre sollozos —no te he engañado, solo que él ha estado cuando tú no, me escucha y me presta atención, cosa que contigo, parece que tengo que exigir atención, todo es tan robótico a tu lado, deje de ser yo. — me mira con dolor.
Me fui esa noche sin dramatismos.
Recogí mis cosas en silencio.
Cerré la puerta sin promesas.
Y en ese gesto aprendí algo que se volvió regla: no volver a quedarme donde mi presencia pudiera convertirse en peso.
Creí que ella siempre estaría, que podríamos resolver nuestros problemas juntos, que nunca ocultaríamos nuestros sentimientos aún sabiendo que podríamos lastimar un poco al otro, porque eso también es parte de una relación.
Creí muy en el fondo que Claire sería la persona con quien podría formar una familia, pero no fue así.
Desde entonces, elegí la distancia. No como castigo, sino como límite. Aprendí a reconocer el momento exacto en el que algo empieza a importar demasiado. Y a irme antes.
No porque no sienta.
Sino porque siento demasiado.
Por eso Almaia me descolocó.
Porque no pidió.
Porque no exigió.
Porque no intentó retener nada.
Y eso hizo que todo en mí quisiera quedarse.
Entendí, con una claridad que dolía, que no era ella lo que me asustaba. Era la posibilidad de volver a ser ese hombre que creía que amar era aguantarlo todo.
Y, sin embargo, algo había cambiado.
Porque esta vez no sentía que tuviera que salvar nada.
Ni sostener a nadie.
Ni demostrar que merecía quedarme.
Solo estar.
Y quizá eso era lo más peligroso de todo.
Esa noche pensé en Almaia no como se piensa en una herida, sino como se piensa en un lugar al que aún no sabes si tienes derecho a volver.
Y por primera vez desde que aprendí a irme, me pregunté si huir seguía siendo una forma de cuidado… o solo una manera elegante de no volver a amar.
...
A la mañana siguiente, los recuerdos volvieron sin permiso. No solo la ruptura, sino lo anterior: los parques, las cenas improvisadas, los viajes a lugares nuevos, las risas que alguna vez fueron suficientes.
Luego las discusiones.
Los silencios.
Los planes que dejaron de pronunciarse en voz alta.
Preparé mi licuado de proteína como cada día y fui al gimnasio. La rutina es una forma silenciosa de ordenarlo todo. El cuerpo obedece cuando la mente no puede.
Al regresar a casa, algo llamó mi atención.
Una pequeña niña se acerca a saludarme.
Editado: 20.02.2026