La Luz Que No Se Quedo

Lucien... El Segundo Encuentro

No esperaba volver a verla tan pronto.

El primer encuentro había sido breve. Casual. De esos que uno archiva como coincidencias agradables que no se repiten.

Pero la ciudad tiene una manera extraña de devolver lo que apenas empezabas a pensar.

La vi en la librería del centro.

Estaba de pie frente a una estantería, inclinando ligeramente la cabeza mientras leía la contraportada de un libro. Hacía eso. Ese gesto. Como si evaluara las palabras antes de dejar que entraran en su mundo.

No me acerqué de inmediato.

No quería romper la escena.

Hasta que ella levantó la vista… y me vio.

Hubo un segundo de reconocimiento.
Luego una sonrisa.

—¿Me estás siguiendo? —preguntó, arqueando apenas una ceja.

—Sería muy torpe de mi parte aparecer siempre en lugares públicos si ese fuera el plan.

—Entonces la ciudad es pequeña —respondió.

—O insiste.

Se hizo un silencio cómodo. Nada incómodo. Nada forzado.

Señalé el libro en sus manos.

—¿Bueno o pretencioso?

Ella miró la portada.

—Aún no lo decido. ¿Tú juzgas libros por la portada?

—No. Los juzgo por la primera página.

Cerró el libro con suavidad.

—Eso es peligroso. Las primeras páginas pueden mentir.

—También las personas.

Ahí cambió algo.

No fue tensión.
Fue atención.

—¿Y tú mientes en las primeras páginas? —preguntó.

—Depende de quién esté leyendo.

Almaia sostuvo mi mirada un segundo más de lo habitual. No parecía intimidada. Tampoco impresionada.

Parecía… midiendo.

—Interesante respuesta —dijo al fin—. Pero incompleta.

—Las mejores historias lo están.

Ella soltó una pequeña risa.

—Entonces supongo que tendremos que leer más.

No sabía si hablaba del libro.

O de nosotros.

Caminamos por la librería sin plan. Hablamos de música. De viajes que no habíamos hecho. De lugares donde el café sabía distinto.

Descubrí que no llenaba los silencios por incomodidad. Los dejaba respirar.

Y eso me desarmó.

En un momento, mientras hojeaba otro libro, dijo sin mirarme:

—No me gustan las historias a medias.

No supe por qué esa frase se quedó conmigo.

—A mí tampoco —respondí.

Mentira.

Yo estaba lleno de historias inconclusas.

Cuando salimos, el cielo empezaba a oscurecer.

—Supongo que esto confirma que no era persecución —dijo ella.

—No. Pero no me molestaría que hubiera una tercera coincidencia.

Me observó unos segundos.

—Las coincidencias son bonitas —respondió—. Pero prefiero las decisiones.

Y ahí lo entendí.

Ella no iba a dejar nada al azar.

Nos despedimos sin promesas. Sin números intercambiados de manera dramática. Solo un “nos vemos”.

Pero esa noche, por primera vez en mucho tiempo, pensé en alguien sin que el recuerdo doliera.

No sabía que eso también podía asustar.

Esa noche, llegue a casa con una sensación agradable en el pecho.

No me esperaba para nada tener un día así de “raramente feliz” como diría mi madre, pero claro que había algo más, algo inquietante.

De algo estaba seguro esta noche, y eso era, que quería volver a verla. Un deseo peligroso a mi parecer.




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