No creo en las coincidencias.
Creo en las repeticiones.
Por eso cuando lo vi en la librería, no pensé qué casualidad.
Pensé: ah, otra vez tú.
Estaba frente a la sección de narrativa contemporánea cuando sentí esa sensación extraña de ser observada. No incómoda. Solo… presente.
Levanté la vista.
Ahí estaba.
No parecía sorprendido. Parecía evaluando si debía acercarse.
Eso me divirtió un poco.
—¿Me estás siguiendo? —pregunté cuando finalmente se decidió.
Lo hice con ligereza. Pero quería ver cómo reaccionaba.
—Sería muy torpe de mi parte aparecer siempre en lugares públicos si ese fuera el plan.
No se defendió. No se puso nervioso.
Punto para él.
—Entonces la ciudad es pequeña.
—O insiste.
Esa respuesta me gustó más de lo que debía.
Observé cómo miraba el libro que tenía en las manos, no con superioridad, sino con interés genuino.
—¿Bueno o pretencioso? —preguntó.
—Aún no lo decido. ¿Tú juzgas libros por la portada?
—No. Los juzgo por la primera página.
Cerré el libro despacio.
—Eso es peligroso. Las primeras páginas pueden mentir.
Lo dije por decir… y no.
—También las personas —respondió.
Ahí lo sentí.
No fue incomodidad. Fue una grieta.
No en mí.
En él.
—¿Y tú mientes en las primeras páginas? —pregunté.
No buscaba coquetear. Buscaba entender.
—Depende de quién esté leyendo.
Respuesta hábil.
Demasiado hábil.
Lo sostuve con la mirada un segundo más. No quería impresionarme. Quería medirlo.
Había algo en su manera de hablar que parecía ensayado… pero no artificial. Como alguien que ya había tenido conversaciones difíciles y había aprendido a cubrirse.
—Interesante respuesta —le dije—. Pero incompleta.
No me gustan las personas incompletas.
Caminamos entre estanterías sin plan. Hablamos de música, de viajes, de cafés donde el tiempo se siente distinto.
No intentó impresionarme. Eso fue un alivio.
Pero sí noté algo.
Cuando el silencio aparecía, él lo soportaba… pero no lo habitaba. Como si en esos segundos su mente se fuera a otro lugar.
Y yo ya he aprendido a reconocer cuando alguien no está del todo donde sus pies dicen que está.
Mientras hojeaba otro libro, dije casi sin pensarlo:
—No me gustan las historias a medias.
No lo miré cuando lo dije.
A veces es mejor lanzar las frases al aire y ver quién las recoge.
—A mí tampoco —respondió.
No supe por qué, pero no le creí del todo.
No era una mentira abierta.
Era más bien alguien que quería que eso fuera verdad.
Cuando salimos de la librería, el cielo empezaba a oscurecer.
—Supongo que esto confirma que no era persecución —le dije.
—No. Pero no me molestaría que hubiera una tercera coincidencia.
Ahí estuvo el momento.
Podía dejarlo al azar.
O marcar la diferencia.
—Las coincidencias son bonitas —respondí—. Pero prefiero las decisiones.
Lo vi procesarlo.
No me asustan los hombres interesantes.
Me asustan los hombres indecisos.
Nos despedimos sin intercambiar promesas absurdas. Solo un “nos vemos” que no pesó.
Mientras caminaba de regreso a casa, pensé en él más de lo necesario.
No por lo que dijo.
Sino por lo que no dijo.
Y algo dentro de mí —ese instinto que rara vez se equivoca— susurró:
Cuidado.
No porque fuera peligroso.
Sino porque podría doler.
Y yo ya no estoy para historias que comienzan incompletas.
Editado: 20.02.2026