La lycoris que nació esa tarde de diciembre

MEMORIAS CONFUSAS

Su respiración se volvió pesada. Sentía un gran peso sobre sus pulmones como si estuviera muriendo, pero era tan difícil despertar. Su cuerpo parecía reaccionar poco a poco pero incluso era incapaz de moverse a voluntad.

Un ruido metálico que parecía cercano a donde estaba ella hizo que esa zona silenciosa se rompiera. Había otros ruidos a su alrededor, pasos o murmullos, aun no lograba distinguirlos bien. Logró abrir sus ojos luego de un rato, pero apenas y podía mantener sus ojos abiertos.

 

Su cuerpo maltrecho yacía en el piso frio de una celda al final de un pasillo oscuro que apenas estaba iluminado por unas lámparas. Su cuerpo permanecía en las sombras aun cuando se arrastró hasta los barrotes para intentar levantarse, pero sus piernas no respondían.

Abrió su boca para intentar pronunciar palabra alguna, quería pedir ayuda, pero ninguna palabra salió de su boca, solo sonidos erráticos y quejidos que fueron silenciados con los pasos de alguien acercarse a ese lugar.

 

«¿Dónde estoy…?»

 

La luz de una lamparilla le ayudó a visualizar a una mujer tras las rejas. Parecía tener un vestido de una tela muy fina bajo una capa oscura. Ella poseía un hermoso cabello rubio que lograba escapar de la capucha, unos ojos verdes como la más hermosa esmeralda bajo un semblante doloroso. Se arrodilló frente a ella y le pasó un par de panes y bocadillos, junto a una botella de leche que traía bajo la capa.

No entendía la amabilidad de la mujer, ¿Por qué ayudaría a alguien tan miserable? Después de todo estaba en una celda con ratones. De la nada, un hambre voraz le hizo perderse de sus pensamientos y empezó a comer como si su vida dependiera de ello. Tenía la sensación de que no había comido en semanas. Era como si se hubiera vuelto salvaje, bebió de la botella de leche con tanta desesperación que no le importó derramar aquel líquido sobre sus prendas, que de por sí, estaban sucias y rotas.

 

—Su alteza…—la voz dulce de esa mujer le hizo detenerse—. Jamás quise que usted sufriera… Haré todo lo posible para salvarla, se lo prometo.

La mano de esa mujer se encargó de limpiar su rostro sucio de migajas, su tacto era delicado y por un momento, quería creer en esa promesa.

—¿Po...por qué? —por fin su boca era capaz de pronunciar palabra alguna—. Debes…ser feliz…él te ama.

«¿Por qué estoy diciendo esto?¿Quién es esta mujer? ¡Sácame!»

Había una parte consciente en ella, pero no podía hacer nada más que observar como su cuerpo se movía por si mismo.

La mujer frente a ella se desmoronó en lágrimas antes de sujetar sus manos con firmeza e inclinó su cabeza, apoyando su frente sobre los nudillos de ella.

—Su alteza…El verdadero amor del emperador es usted… Por favor…No deje de luchar—la voz suplicante de esa mujer solo le hizo sonreír con la poco fuerza que le quedaba—. Cui…cuídalo hasta el final…Tú serás la…la nueva emperatriz.

Aquella mujer negó rápidamente y con su rostro lleno de lágrimas se aferró a ella.

Los soldados se acercaban, sus pasos se habían más prominentes hasta que llegaron hasta la celda, encontrándose con esa escena que dejó a todos sin palabras, aunque no todos. Un hombre caminó al frente y al ver a la mujer rubia le ayudó a levantarse y pidió a los guardias que se la llevaran.

 

El lugar se fue quedando sin espectadores, solo aquel hombre y unos cuantos guardias. Su figura se vía tan imponente incluso detrás de las rejas. Ella retrocedió y bajó la cabeza hasta el suelo, suplicando piedad.

La celda se abrió lentamente, rechinando todo lo que fuese posible y ese hombre, entró. Vio sus zapatos a escasos centímetros de su cabeza. Un golpe bastó para obligarla a mirarlo, sentía que algo rodaba por su mejilla, pero no estaba segura de que era hasta que bajó la mirada poco después. Caían gotas de sangre al suelo seguido de lágrimas que no pudo contener.

 

Quiso ver al hombre frente a ella, pero no podía ver su rostro, la oscuridad era tal que le provocaba aún más miedo.

—Fuiste capaz de atraer a la mujer que amo con tus mentiras… ¿Qué intentabas? ¿Querías arruinar su reputación? —su fría voz solo provocaba que el dolor en su corazón aumentara—. Mujer asquerosa.

Ella negó con desesperación, pero otro golpe en el rostro le hizo mantenerse inmóvil, con la mirada en el suelo, siendo incapaz de levantarse y huir. Además, ¿Dónde podría huir? Ese era su destino, siempre lo supo.

—Su alteza… Por favor…—ella suplicaba mientras se aferraba a la pierna de ese hombre—. Cree en mi… Mírame como me mirabas cuando éramos niños… Te lo suplico… Por nuestro bebé…

—Un mocoso heredero de la sangre de traidores—espetó sin contemplación alguna—. Eso solo aumenta mis ganas de matarte.

—Su…alteza…

Él desenvainó su espada y pudo el filo contra el cuello de esa mujer que yacía de rodillas, suplicante frente a él. No lo lamentaba, en su mirada solo había odio acumulado.

—Nunca te amé—las palabras de ese hombre rompieron la última esperanza de aquella mujer.

Una sonrisa amarga y dolorosa se dibujó en el rostro de aquella mujer mientras el hombre levantaba la espada contra ella.

—Siempre…te amaré.

Luego de aquel corte, la espada cayó junto a la humanidad de esa mujer. Donde hubo una promesa de amor solo quedaba un mar de lágrimas en un río de sangre.

Solo quedaba dolor y una promesa rota.

 

Entonces, despertó.

 

Su respiración estaba agitada y parecía que el corazón podría salirse de su pecho. Se levantó de inmediato al sentir que le faltaba la respiración, en el trayecto dejo caer el libro al suelo. Debido a la pasta dura que provocó un golpe seco contra el suelo, Alessia se despertó.

Se había quedado dormida en el sofá y se levantó asustada, gritando. Ambas se miraron sin poder explicar lo que estaba sucediendo, pero era evidente que todo ese caos lo había causado Sonia. Alessia volvió a sentarse en el sofá, dejó caer su cuerpo contra el espaldar y tomó una gran bocanada de aire.




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