La lycoris que nació esa tarde de diciembre

DULCE AMARGO

Nunca se preparó mentalmente para enfrentar al hombre traicionaría al final del camino. Sin embargo, fue capaz de mantener la mirada fija en aquel hombre que permanecía imperturbable. Esperaba una reacción de enojo o un golpe, incluso ser asesinado en ese lugar, pero el silencio y la falsa tranquilidad que Kahé le transmitía era peor que la muerte.

 

Recordó como lo conoció. Ese lugar era como un paraíso que parecía florecer con cada palabra que ese hombre plasmaba en los libros que tenía a su lado. Así fue como se creo el primer mundo al que llegaron, incluso el mismo notó que no era el mismo y las cosas no estaban pasando de la misma manera. Revivió un par de veces más para notarlo, Kahé alteraba cada realidad para proteger a Sonia, siempre pensó en Sonia antes que Alessia y odiaba que ella no tuviera la oportunidad de ser salvada. Armando odiaba a Sonia porque ella había empezado el sufrimiento de Alessia, lo había empezado en el instante en que la apuñaló.

Creía ser inteligente, ocultar sus verdaderas intenciones tras un mar de mentiras que ambos se habían encargado de crear.

 

Le había prometido a Kahé que la salvaría y al final, asesinó a ambas.

«Si hubiera escuchado a Sonia por unos breves segundo, la hubiera salvado»

Empuñó sus manos ante ese vago pensamiento de lo que nunca pasará y del peso de sus acciones.

 

—¿Podemos caminar un poco? —preguntó Kahé con tranquilidad— Es una agradable noche.

Dudaba en aceptar o no esa invitación, pero a final de cuentas, no tenía más opción.

Seguía lloviendo a cántaros y a pesar de eso, Kahé tenía en sus manos un paraguas que no estaba usando, realmente no le importaba hacer énfasis en ese detalle. Solo era un poco absurdo.

Al final accedió, salió de la cabina y empezaron a caminar sin un rumbo fijo, solo seguían sus pies o probablemente solo estaba siguiendo a Kahé. Por su mente pasaba la idea de que sería asesinado en cualquier momento.

 

El silencio invadió la caminada por minutos que parecían una eternidad.

—Kahé… Realmente lo siento—habló por fin Armando—. No pensé… Estaba cegado por la ira de ese momento y no podía razonar.

Parecía una broma la forma en que se estaba disculpando.

—Ese es el problema con los humanos, nunca piensan—una risa burlona escapó de sus labios—. De todas maneras, es demasiado tarde para arrepentirse. Ahora, nos parecemos más que al inicio… Somos dos estúpidos que creyeron en mentiras.

—¿Por qué no me matas?

—¿No crees que sería muy fácil para ti? Eres un asesino que solo se “suicida” y fin. Sinceramente, me gustan las historias más complejas…Algo así como “el sufrimiento eterno”.

Armando apretó su mandíbula y se adelantó un par de pasos interponiéndose en el caminó del contrario, obligando a que se detuviera.

—Déjame cambiar las cosas… ¡Dame una oportunidad más! —levantó la voz, arrodillándose frente a este, golpeaba el suelo con desesperación siendo incapaz de levantar la mirada—. Necesito salvar a Alessia y a Sonia… Si me das una oportunidad más las salvaré… ¡Juro que no te volveré a defraudar!

 

Kahé odiaba ese cinismo. Miró un poco su paraguas y apoyó la punta de este sobre la espalda de aquel hombre hincado frente a él. Se contuvo las ganas de atravesarlo con el objeto y acabar con todo.

 

—Ese es el problema… Aunque lo quisiera, no puedo traer de vuelta su alma. Ahora, ¿Qué haré contigo…? Ya levántate.

Se hizo a un lado para continuar su camino, no quería seguir perdiendo su tiempo con ese sujeto aun cuando se las ganas de matarlo lo estaban consumiendo. Armando alcanzó a levantarse y le sostuvo de la mano para evitar que se fuera. Sus miradas se cruzaron por unos breves segundos antes de que Kahé lo golpeara con fuerza en el rostro.

—Ya cállate—murmuró Kahé—. Pero seré benevolente.

Sonrió ampliamente antes de acercarse a Armando y le tomó del cuello de la camisa antes de apoyar su frente en la del contrario.

—Si no puede regresar… Mátame—suplicó Armando—. Mátame ahora… Necesito parar el dolor… Soy cobarde y no puedo… Ayúdame…

Kahé entrecerró sus ojos y le tomó de la mandíbula.

—No tienes idea de las ganas que tengo de cumplir tu deseo, Armando. Pero no puedo hacerlo… Juré no volver a hacerlo. Somos iguales…sufrimos por lo mismo…

Le soltó y en su mano apareció una pequeña joya azul. La tomó entre sus dedos y la puso en la mano de Armando, tan pronto como este tocó la joya, se desvaneció. La piedra cayó a pocos metros de este y Kahé fue a buscarle y volvió a tomarle, cerró su mano y la piedra desapareció.

La nariz de Armando sangraba al igual que su boca, era como un efecto colateral. Si, realmente no pudo matarlo, pero le daría el peor de los castigos, sería incapaz de escapar del tormento de la culpa de tener sus manos y su mente manchadas de sangre inocente.

Rebuscó entre las prendas de Armando y consiguió su teléfono, abrió el paraguas de inmediato y marcó a emergencias. Esperó pacientemente y sonrió.

—Central911, ¿cuál es su emergencia?

—Buenas noches, señorita. Hace casi una hora les llamé. Soy quien asesinó a Sonia Castellanos… ¿Ya la encontraron?

—Señor…

Incluso la mujer se sorprendió por la frialdad de las palabras de ese hombre, estaba triangulando la llamada mientras coordinaba con la policía, Kahé lo sabía.

—Estoy en el parque universitario, pasando la última cabina. Señorita, cuiden de ella, por favor.

 

Colgó la llamada y dejó el teléfono entre las prendas de ese tipo que permanencia inconsciente. Lo observó unos segundos.

—Hasta nunca, querido Armando.

Lo dijo con más satisfacción que con pena. Se reincorporó y continuó su camino con calma.

La lluvia fue disminuyendo poco a poco que a esas alturas luego de estar empapado era algo irónico que estuviera cubriéndose con un paraguas. Pero le ayudaba a protegerse de los malos recuerdos.




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