La magia prohibida | libro I

♔ Capítulo II ♔

La muerte dormida — parte I

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Hay males que no llegan con ejércitos ni anuncian su nombre. Se esconden en la oscuridad infinita y juegan con la vida de las personas. Pueden ocultarse en el agua que calma la sed, en el más silencioso de los bosques o en las palabras de un viejo acertijo.

Todo mal tiene un origen. Y toda oscuridad, un lugar donde nació.

Las aguas guardan secretos, alimentan la vida... y cuando son corrompidas, también la arrebatan.

♔♔♔

La noche fría envolvió a Magoria, los árboles que danzaban por el viento dejaron de hacerlo, el murmullo del agua desapareció por completo. Frente al antiguo pozo del pueblo, una figura femenina emergió de entre las sombras. Una capa escarlata ocultaba parte de su rostro, y el viento hacía ondular el vestido rojo que rozaba la piedra húmeda.

—Que las aguas olviden el don de la vida y abracen el silencio eterno. Que quien beba de ellas sienta primero el fuego consumir su sangre, luego el peso de un sueño del que ningún llamado podrá despertarlo, hasta caer en un letargo tan profundo que serán llamados muertos.

Bunyip aquarum tenebrārum, evoca te. Ex hoc puteō domicilium tuum fac, et aquas corrumpe.

✦ ━━━ ☾ ━━━ ✦

Había pasado un mes desde que el joven Rhys comenzó a ser sirviente del heredero de la corona. Creyó que terminaría acostumbrándose; que dejaría de odiar la presencia del príncipe cuando servirle se convirtiera en su rutina.

—Ten. Primero: limpia mis botas. Después, mi armadura, siempre tengo que tenerlas preparadas para cualquier tipo de ocasión. Y, finalmente, ordenarás mi cámara. Tiene que quedar impecable. ¿Oíste? —Rhys rodó los ojos.

—Sí, sí te oí. Pero... ¿y si no quiero hacerlo? —Theo lo fulminó con la mirada, su sirviente traía una sonrisa irónica, entonces el joven príncipe no hizo más que repetir su expresión.

—Lo harás, Rhys, y luego, por pasarte de listo, limpiarás los establos. —Le dio una palmada burlona en su mejilla.

Rhys comenzó con sus deberes, aunque cada movimiento alimentaba su fastidio. Desde el momento en que Quintus le dijo «deberás ser su sirviente» supo que su vida estaba acabada por dos razones: 1) o terminaría quitándose la vida antes que soportar al príncipe, o 2) porque asesinaría al príncipe con sus propias manos. No sabía cuál de las dos opciones ocurriría primero.

Su corazón se inquietaba un poco. Sabía el don que poseía, sabía todo lo que era capaz de hacer, pero también sabía que no podía hacerlo.

—Madre, ya debo irme... —Cassandra entró a su habitación y notó que sus padres seguían dominados por un profundo sueño, sonrió y prefirió no molestarlos. Sabía lo duro que trabajaban por ella y su hermana, por mantener a la familia. Nadie más que ellos merecen descansar el tiempo que deseen.

Fue a buscar a Florianne, su hermana. Al ingresar en su cuarto también vio que seguía dormida, besó su frente y notó lo alta que estaba su temperatura corporal.

—No puede ser... —susurra—. Ahora debo irme. ¿Qué hago si ella está en este estado? —Se lamenta.

Fue en busca de sus padres y trató de despertarlos. Varias veces ella los zarandeó pero no obtuvo respuesta. Después de pensar qué debía hacer, no se le ocurrió mejor opción que ir por Quintus para que los examine. Era la persona en la que más confiaba.

—Están ardiendo de fiebre.

—¿Así toda la noche? —Cassandra niega.

—No lo sé. Llegué tarde y cuando lo hice ya los tres estaban dormidos. No quería molestarlos entonces simplemente los dejé. No les di importancia.

—¿Tus padres no despertaron? —Vuelve a negar—. Entonces... No te preocupes. Yo iré a ver qué ocurre, tú debes permanecer con la princesa, yo me ocupo. —Cassandra asintió agradecida y le dio un abrazo.

—Gracias, usted es la persona más honorable y buena que he conocido. Estaré agradecida por siempre por todo lo que hace por mí. —Quintus sonrió y palmeó su espalda.

—No es nada, niña. Ahora vete. Yo inmediatamente partiré hacia tu casa.

Cuando Cassie se fue, Quintus tomó todas las pociones medicinales que haya preparado y partió lo más pronto posible. El erudito sospechaba que algo extraño estaba acechando a su familia. Debido a las descripciones de Cassandra, él llegó a la conclusión sobre que una enfermedad había caído alimentado sus cuerpos. Un virus, tal vez.

Pasó varios minutos examinando a cada uno, comenzando por la niña. La fiebre era extremadamente alta, sus manos estaban heladas y sudaba frío. Odiaba dar diagnósticos con tanta prisa pero... estaban tan profundamente dormidos que parecían sin vida.

—¿Me mandó a llamar, tío? —Entra Rhys en la casa de su nueva amiga pero no lo encontró por ningún lado.

—Estoy aquí, muchacho. —Lo llama desde la habitación de Florianne.

—¿Qué sucede? —Se pone de cuclillas y observa a la joven muchacha. Estaba durmiendo con una serenidad casi imposible, sus manos descansaban sobre su abdomen y sus labios eran de un color carmín, delicados como una rosa—. Parece...

—Muerta. —Completa su mentor.

—¿Lo está?

—No. Respira. Pero lo parece.

—Si no me decía, yo de verdad hubiera creído que estaba muerta. —Ambos se observan.

Quintus sabía que no era algo cotidiano, que una fuerza oscura estaba acechando nuevamente y que debía descubrir el origen de la maldad.

—Oye, Rhys —el muchacho se vuelve a él—. Quiero que vayas y le comentes lo sucedido al príncipe —al oírlo mencionar, no pudo evitar rodar los ojos con molestia.

—Voy. —Responde de mala gana.

Mientras tanto, la princesa observaba a los caballeros entrenar desde su cámara, oía los pasos de Cassandra por todos lados, tal actitud la ponía nerviosa.

—Cass, te adoro, pero ¿podrías dejar de caminar así? Alteras mis nervios. —Su sirvienta se detuvo y aunque ella no la veía, igual le hizo una reverencia, indicándole que lo sentía. Helena se dio la vuelta para observarla—. Eres muy trabajadora y no descansas ni un minuto, pero hoy... te noto un poco intranquila, ¿qué tienes?




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