La maldición
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Hace veinte años, la primavera llegó junto a dos vidas destinadas a la gracia y la belleza. Las flores nacieron del llanto de aquellas recién nacidas y el viento trajo consigo un hermoso don para que recorriera el camino junto a ellas.
La brisa se colaba entre las cortinas de la pequeña cabaña, mientras una hechicera se disponía a obsequiarles un regalo hermoso, aunque peligroso.
Una luz blanca envolvió las dos cunas. De un lado, nació un ave que llenó la estancia con su dulce canto. Del otro, una flor abrió sus pétalos.
—Estas dos princesas crecerán dotadas de gracia y belleza, y con un cabello dorado como el primer rayo de sol al amanecer. —La reina sonríe.
—Es un hermoso don, mi lady.
La gran hechicera correspondió a su sonrisa—. Alto, querida. Aún no he terminado.
—¿Aún no? —preguntó la reina con sorpresa.
—Nuestra querida Eveline recibirá el don de la vida. Las aves descenderán del cielo solo para oírla cantar. Todo ser vivo que escuche su voz, la amará. Adondequiera que vaya, la belleza abundará.
—Que gentil de su parte. —La reina observa a su hija con ternura.
—Y nuestra amada Livia… recibirá el don del despertar. Allí donde descansen sus manos, aquello que duerme abrirá los ojos. Las semillas romperán la tierra, los árboles despertarán de su letargo y las flores florecerán aun después del invierno. Adondequiera que vaya, la primavera encontrará el camino. —La reina Leah vuelve a sonreír. Jamás había escuchado palabras más bonitas.
—Muchas gracias, Freya.
La hechicera permaneció en silencio durante unos segundos. Luego, su sonrisa desapareció.
—Pero, como todo don, hay un precio.
La expresión de la reina cambió—. ¿Un precio?
—Cuando llegue la primavera… —Freya miró a las dos niñas— también llegará su primer amor.
La brisa se detuvo.
—Y cuando conozcan el amor que haga latir sus corazones por primera vez, bastará un solo beso que les hará perder el aliento.
La reina frunció el ceño—. ¿Qué quieres decir? —Freya levantó lentamente la mirada.
—El primer beso de amor será también el último.
—No… —Leah palideció.
—Sus dones les traerán belleza, vida y amor —continuó la hechicera—. Pero el mismo amor que las hará florecer, será también el que las lleve a la muerte.
Los ojos de la reina se abrieron con horror.
—¡No!
Leah se abalanzó hacia las cunas, pero una fuerza invisible la detuvo.
—¡Eice!
Su cuerpo salió disparado hacia atrás y golpeó con violencia el enorme espejo que descansaba contra la pared. El cristal se quebró. Leah cayó al suelo. Freya permaneció inmóvil, observándola.
—Ahora lo sabes. —La reina intentó incorporarse, pero el dolor le robó el aliento.
—Por favor...
Freya dio un último vistazo a las niñas—. Nadie puede conocer su destino —alzó una mano—, ni siquiera ellas.
La luz blanca volvió a llenar la cabaña, y cuando desapareció, la hechicera ya no estaba.
Solo quedaron las dos cunas. El canto lejano de un ave, el llanto de las dos niñas, y una reina que jamás tendría la oportunidad de contar lo que había sucedido aquella mañana de primavera.
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Veinte años después
La noche había caído sobre Atenia, mientras el rey y toda la familia real disfrutaba de un banquete, Bella se disponía a ordenar la bodega. Esa noche tenía que dormir en ese lugar: un poco oscuro, frío y no había cama ni mantas, pero si volvía a su casa, Vivianne iba a obligarla a hacer los deberes que ella no hizo temprano por servir a la princesa. Ese día había enfermado y no tenía fuerzas para aguantar tanto maltrato y humillación.
Había mucho desorden en ese lugar que antes de dormir prefirió hacer lo que mejor le salía, limpiar.
Le había mentido a Helena diciendo que llevaría unas mantas a lavar, pero necesitaba algo con qué envolverse, aunque sabía que no sería suficiente.
Mientras ordenaba uno de los estantes, no pudo evitar cantar una melodía. Las veces en las que ella se sentía en aflicción, la música le permitía desahogar todo lo que antes no podía.
Someday I’ll wish upon a Star
And wake up where the clouds
Are far behind me
Mientras se puso de puntillas para alcanzar el último estante, Theo entró en la bodega: sin hacer ruido, sin hacerle notar su presencia. Su cabello estaba desordenado y sus mejillas sonrojadas. No estaba ebrio, pero sí había tomado de más. Pudo haberla interrumpido, pero al oír su voz no pudo evitar escuchar.
Where troubles melt
Like lemon drops
Away above the chimney tops
That’s where you’ll find me
—¿Qué haces aquí? —Al oír su voz, Bella dio un respingo, golpeó otro frasco y este cayó al suelo.
—¿Po-por qué no me avisa que está ahí? Casi me da un infarto. —Lo regaña. Él traía su camisa alborotada y mal puesta. No pudo evitar reír al verlo con ese aspecto.
Theo también contuvo una risa—. Perdona. No quería asustarte.
—Pues, lo consiguió. —Ella puso sus manos en la cintura y lo observó con más detenimiento.
—Ya veo… —parecía desorientado.
—¿Qué hace aquí? —le preguntó un poco confundida.
—Vine por esto —señala una botella de vino—, mi padre me pidió vino de Eldor. Es muy quisquilloso a veces… —murmura. Ella vio cierta ternura en el joven príncipe esa noche, y por algún motivo desconocido, sonrió nuevamente, pero esta vez su corazón palpitó más de lo que debería.
—Pudo haber enviado a un sirviente, ¿por qué lo hizo usted?
—En realidad… yo me ofrecí. —Bella no pudo evitar sentir un poco de sorpresa—. Es que… demasiado bullicio. Necesitaba respirar un poco y fue la excusa perfecta.
—Ah… bueno, vaya con cuidado… —lo observó con detenimiento unos segundos más—. ¿Está ebrio? —no supo identificar si estaba preguntando o solo lo cuestionaba.