Su colorida y bastante sencilla vida, se había complicado demasiado en solo cuestión de algunos días.
El colegio mantenía su mente ocupada en las mañanas y por las tardes, los entrenamientos con Mateo la dejaban prácticamente fuera de combate. El único consuelo que tenía hasta el momento, era saber que por lo menos había conseguido hacer que Mateo se tambaleara a media "pelea"
Sus amigos recuerdan casi nada de la fiesta después de las diez de la noche, y justo como Mila pensaba, aquella noche se encontraban tan lejos del lugar, que nadie escuchó nada. Lo único que la mantenía un tanto preocupada, era el hecho de casi no haber visto a su mejor amiga desde aquel día.
Lo que más le causaba intriga, era el comportamiento de Miranda. Desde aparecer absolutamente sana y radiante a la mañana del lunes después de la fiesta, hasta ser prácticamente imposible verla después del colegio aquellos días.
Ella sabía que algo malo estaba ocurriendo con su mejor amiga, se veía ligeramente más delgada, cada vez comía menos en la cafetería y podría casi jurar que no la había visto probar bocado en el transcurso del horario escolar. Y eso sin mencionar que lucía cada vez más pálida, sus ojos ya no tenían aquel bonito brillo que Mila tanto adoraba de ella.
A estas alturas de su extraña vida, Mila ya no sabía si su mejor amiga se había convertido a algún extraño culto o si tenía más problemas familiares de los que ella no tenía conocimiento.
Su padre también era alguien a quien prácticamente no veía mucho últimamente. El pobre se la vivía mucho más de lo normal en el hospital, realmente estaba trabajando duro para encontrar la respuesta a la "epidemia" que estaba enfermando al pueblo.
Aunque, a decir verdad, Mila estaba comenzando a creer en todo lo que Mateo le decía sobre "la historia de su pueblo", y estaba contemplando la posibilidad de que los nahuales tuvieran algo que ver con aquella enfermedad.
Después de todo, Mateo le había dicho que aquella maldición los hacía capaces de controlar ciertos grados de magia negra.
Hace varios días que Mila ha visto a su padre intentando investigar, algo que ella sospecha... no tiene nada que ver con los ancianos del pueblo.
Y aunque quisiera ir directamente a preguntarle al respecto, no se atreve. Tiene la ligera sospecha de que su padre intenta averiguar lo que realmente le ocurrió a su madre y no sabe cómo sentirse respecto a eso. Sabe que la muerte de su madre no fue una simple enfermedad, ahora lo tiene claro, su madre fue asesinada. Asesinada en batalla mientras luchaba para proteger al pueblo... y aunque eso aún le suene a historia digna de cuento, está en proceso de aceptar la realidad y solo tiene una preocupación al respecto... no sabe si su padre podría ser capaz de aceptar la verdad... toda la verdad.
-- Por favor dime que no te pondrás extraña como Miranda -murmura Paulina tomando asiento junto a Mila.
Había olvidado que se encuentra en la cafetería del colegio.
--Solo estaba pensando en algo, Pau -intenta explicar.
--Parecía que estabas sobre pensando, amiga.
--Lo siento, tengo muchas cosas en la cabeza estos días -intenta suavizar Mila
--Está bien, lo entiendo. No te preocupes, solo venía a hablarte sobre las noticias nuevas -susurra a modo de secreto.
--¿Qué pasó?
--¡Un chico nuevo se une al instituto! -cuenta con evidente emoción.
El ceño fruncido de Mila contrasta totalmente con la vibrante alegría de Paulina y tiene claro el porqué.
Si la llegada de Mateo fue una situación demasiado rara, el hecho de que dejen entrar alumnos después del gran partido del año, es una completa locura.
Se encuentran literalmente en el peor momento del año escolar para que alguien decida cambiar de colegio. Justo a mitad del año y del periodo.
--¿Hay alguna clase de letrero que esté invitando a las personas a mudarse al pueblo? -murmuró con sarcasmo, más para sí misma que para su querida y excesivamente emocionada amiga.
Con todas las cosas nuevas ocurriendo no solo en su vida, sino en el pueblo entero, tener a más extraños divagando por doquier no le da ni un poco de tranquilidad.
--¡No lo sé, pero es demasiado guapo! -prácticamente se derritió sobre la mesa de la cafetería-... incluso me atrevería a decir que es más guapo que Mateo...
Si le dieran dinero por la cantidad de veces que ha escuchado a sus amigas fantasear con los chicos guapos del mundo... seguro que podría pagar por adelantado la universidad.
--Si Mateo te escucha, seguro que se siente herido -murmuró a modo de broma hacía Pau.
--No tengo que preocuparme por eso querida -respondió con resignación--... incluso aunque lo tuviera justo al lado en este momento, el chico no escucharía ninguna de mis palabras... él solo te presta atención a ti.
La mirada llena de picardía que le estaba lanzado, definitivamente se le antojaba bastante fuera de lugar.
Es verdad que Mateo se ha vuelto un poco más amable con ella, pero tampoco es que le lleve flores y bombones a todos lados, su vecino sigue siendo el mismo chico medio gruñón, medio mandón que conoció hace poco más de dos meses. El único cambio destacable a su parecer, es que Mateo ahora sonríe con más frecuencia y suele mostrar un poco más su lado divertido y juguetón... aunque eso pasa casi siempre cuando están solos entrenando.
--¡Eso no es verdad! -intentó refutar-Mateo solo es mi vecino... además, casi no coincidimos en el instituto. ¡Ni siquiera somos amigos!
Estaba casi segura de que no podría encontrar algo que decir en contra de su lógica. Después de todo, casi no se dirigían la palabra dentro de la escuela.
No tenía claro cuál era el tipo de relación que tenían, solo sabía que Mateo era su vecino y su instructor, en algo en lo que tampoco tenía idea de qué era.
Como debía llamarlo...¿Curos intensivo para guerreros principiantes?