La maldición de amarte Queen

La creación del tulipán de la muerte

<El tulipán de la muerte>

Recuerdos de la infancia
12 años.

Mis padres siempre me han enseñado que llorar es para débiles, y me lo creí cada vez que tengo la impotencia de llorar. Yo mismo me castigo.

¿Cómo?…

Fácil.

1: hago lo que no me gusta hacer. La oscuridad es mi mayor miedo eso nadie lo sabe.

2: me corto las venas. Haciéndome cicatrices. No solo eso, sino que también:

3: me veo en el espejo y comienzo a insultarme a mí mismo, diciéndome: “inútil”, “no vales nada”, “muérete, así tu familia se alegra de tu muerte y ya no estorbarás”.

4: me sumerjo completamente en la oscuridad, porque sí, mi miedo es la oscuridad. Y más cuando me dejan solo, encerrado en el baño. Nadie lo sabe, pero como el baño es mi segunda seguridad, con él puedo estar tranquilo sin que nadie me vea vulnerable. También…

es mi mayor miedo.
¿Qué estúpido, no?…

Ya me he acostumbrado tanto al dolor que ya no sé si en verdad soy humano.
Mi vida, desde que yo nací, no tenía sentido. Todo era tan simple. Y barato.

Nada me impresionaba.

Miento.

Hubo alguien que me sacaba lo que ninguno podía hacer, ni siquiera mi propia madre. Ella…
Esa rara niña de ojos cafés, como la miel. Pura. A mi perspectiva era muy hermosa, tanto que nadie quería ser amiga de ella.
Ojos de color miel, morena, labios ni tan rosados ni tan de su color. Eran curiositos. Ese cabello espantado que parecía una bruja cuando no se lo peinaba.

O cuando se espantaba cada vez que nos tocaba educación física.

¿Quién podía creer que tan solo ver a esa niña torpe, inocente, y con sus emociones débiles pero a la vez fuertes, capaz, valiente —que si tú la haces enojar ella es capaz de tirarte una piedra y hacerse la que no—, podría hacerme cambiar de parecer?
Cuando yo estaba en mis peores momentos.

Ella es… se llama… Ka—
—Señor, despierte.<Esa voz, esa voz horrible, yo la conozco> —2, 3, 4, 20 veces me está llamando esa voz toda insípida como un carbón.

Cierro duro los ojos para seguir con esa niña de ojos miel. No quiero desertar, aún quiero verte. Más, solo un poquito más, por favor, no te vayas.

—¿No te gusta que te llame por tu nombre? —pregunta la niña con su vestido rojo.

—No. —contestó con indiferencia, mirando lo superior que es. Qué enana es, pobre de las chicas como ella. Deben tener una vida difícil. Ojalá que crezca y no le vaya tan duro en la vida.

—O sea que te llamas… ¿entonces cómo te llamo? —curiosea la enana.

—Ponme como tú quieras, pero vete y no me molestes, enana. —le saco la lengua para molestarla más.
Pero no es así; en vez de ponerse a llorar, me estampa un puño en mi mejilla derecha.

—Con razón tu familia no te quiere, ni yo te hubiera querido. Grosero, ya no te quiero. —se cruza de brazos, sacándome la lengua y volteando los ojos, imitándome.

—¿Terminaste, enana que la fábrica desechó de milagro? —frunzo el ceño manteniendo la compostura.

—“El tulipán de la muerte” —dice ella con un susurro, agachando la cabeza.
Pierdo mi compostura, indagando:

—¿El qué o qué?, no escuché, estoy sordo.

—“El tulipán de la muerte”, quiero llamarte así. —grita la enana, quitando los brazos de forma brusca.

—No grites. Verdad que estoy sordo el día de hoy, pero tampoco es para tanto. ¿Por qué me quieres llamar así? —le vuelvo a preguntar con un tono diferente.

—Él es de hombre, tulipán son mis flores favoritas, y de la muerte porque en tus ojos veo maldad. Veo que quieres estar solo, que nadie se meta en tu camino, y si alguien tiene intenciones de hacerlo, tú lo acabas sin dudarlo. Es por eso que te quiero llamar así, porque eres mi tulipán.
Silencio…

¿Cómo una niña de 9 años ve en mis ojos lo que quiero hacer? Y lo más importante, ¿por qué sabe eso de muertes, etc.? Se supone que ella debe tener inocencia.

—¿Te gusta? —pregunta la enana con esos ojitos brillantes y haciendo pucheros.
Enarco una ceja.

—No me gusta, pero tampoco me disgusta, niña. —hago una mueca tratando de sonreír; ella lo nota, o eso creo.

—Adiós, eres el primero en no irte y llamarme loca. Gracias. —No alcanzo a decir algo cuando veo que ya no está y se ha ido. Sola.

<Presente>

—Señor, despierte, ya son las 2:30 p. m. Lleva 12 horas durmiendo.
Auch, tengo mucho dolor de cabeza. No quiero abrir mis ojos todavía, aún quiero
Verla, me siento tranquilo.

—Mmmm, cinco minutos más. —le estampo una palmada en la mano al ridículo que se atreve a despertarme.

—Eso dijo hace 8 horas.
Abro los ojos lentamente, dejando que se acostumbren a ver la luz de la tarde. Lo primero que ven mis ojos es al ridículo, medio atentado por mi mano derecha, sosteniendo un balde con agua.

El ridículo parpadea varias veces, mira el balde que tiene en las manos y luego me mira a mí. Hace eso varias veces hasta que al final me sonríe.

—Eh… no es lo que usted cree que iba a hacer, jajaja. Solo quería echarle agua a las flores muertas, para que tengan un motivo para vivir y que no… mueran.

—¿Terminaste? —hago mi mayor esfuerzo para sentarme en la cama y fulminarlo con la mirada—. Primero, sí creo fielmente lo que me ibas a hacer. Segundo, no tengo flores y menos en mi habitación. Si me ibas a tirar agua, solo dilo y ya, no te voy a matar.

—Me mira y baja el balde, dejándolo al lado de mi cama, sacudiéndose las manos y soltando un aire de alivio.

—Ay, gracias, hoy se ha despertado muy generoso de su parte, señor.

—Aún —sonrío psicopáticamente— nunca dije que mis otros ineptos, al igual que tú, no te iban a matar. Tranquilo, yo no lo voy a hacer, pero ellos sí.

Agarro el cuchillo que tengo debajo de la almohada para levantarme de un salto y perseguirlo.

—Muere, jajajaja. ¿Qué te he dicho de no confiar en nadie y menos en tu jefe Muere por pendejo.




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