Como todo cuento, este comienza en un reino muy lejano, donde vivía un rey junto a su reina. Ambos se amaban con tal devoción que parecía no existir nada ni nadie capaz de destruir aquel lazo. Con el paso del tiempo, la reina quedó embarazada, y la noticia llenó de felicidad a su esposo y a todo el reino. En las calles se colgaron guirnaldas y en las plazas se bailó hasta el amanecer.
Pero la alegría se vio amenazada cuando, al quinto mes de embarazo, la reina comenzó a tener complicaciones. Fue un duro golpe para el rey, que pasó noches enteras sin dormir, caminando de un lado a otro por los pasillos del castillo. Gracias a unas plantas medicinales que trajeron los sanadores, la reina logró recuperarse, aunque debía guardar reposo absoluto durante lo que quedaba de su embarazo.
Todos los días, su esposo le llevaba hermosas flores que él mismo cortaba del jardín real. Pasaba las tardes a su lado, leyéndole o simplemente tomándole la mano, y dejó a un lado sus deberes de gobierno hasta que llegó un día en que ya no pudo posponer más un viaje. Con el corazón encogido, dejó a su esposa al cuidado de sus doncellas y del médico de la corte, a quien ordenó que no se separara de ella ni un instante.
Durante el viaje, el rey se sentía inquieto. Odiaba tener que dejar a su reina en ese estado, pero debía cumplir con sus obligaciones, como el buen rey que era.
Una noche, sus caballeros lo invitaron a beber un poco para olvidar las preocupaciones. Al principio se negó, pero no podía negar que necesitaba un respiro después de esos arduos meses. Conversó con sus hombres alrededor de la fogata, se rieron de anécdotas de su pasado y, cuando empezó a sentirse un poco mareado, decidió retirarse a su tienda, donde acampaba con su gente.
Al entrar, se sorprendió al encontrar a una hermosa mujer desnuda que lo esperaba. Su sorpresa se transformó enseguida en rabia y ofensa. ¿Cómo se atrevía esa mujer a entrar en los aposentos del rey? Y, peor aún, ¿cómo podía pensar que él engañaría a su esposa?
Sin perder tiempo, le ordenó que se fuera, pero ella insistió en que quería darle placer. Lleno de ira, el rey la tomó de los brazos y la sacó a empujones de la tienda. Jamás le faltaría a su mujer. Aunque llevaba varios meses sin intimidad, la única persona con quien su majestad estaría sería su esposa. Ninguna otra ocuparía su lugar.
Dio varias vueltas en su lecho antes de poder dormir. La rabia y los tragos le impedían conciliar el sueño, hasta que por fin se tranquilizó y se durmió con la conciencia en paz.
Unas suaves caricias lo hicieron despertar sobresaltado, pero se sorprendió al ver a su esposa, desnuda, sobre él. Con los tragos aún en la sangre, no pudo pensar con claridad, y el rey terminó entregándose a aquella mujer que parecía ser su reina. Sin saberlo, había sido engañado.
Cuando despertó, jamás había sentido tanta rabia en su vida. A su lado dormía plácidamente una mujer de cabello oscuro, desnuda. Él sabía que jamás traicionaría a su esposa. Aquello tenía que ser alguna clase de brujería, porque recordaba haber estado con su esposa.
Poseído por la ira, tomó a la mujer del brazo sin importarle que se quejara y la arrastró hasta uno de sus caballeros, que custodiaban la entrada.
—Quiero que te lleves a esta mujer. No sé qué hizo ni cómo lo hizo, pero me embrujó, y… —la miró con furia y se inclinó hasta quedar a su altura—. Vete lejos o te juro por mi espada que cortaré tu cabeza.
—No puedes hacerme esto —decía la mujer entre sollozos—. Yo te amo.
El rey escupió a los pies de la mujer, un gesto que era señal del mayor desprecio.
—Quítenla de mi vista —ordenó con molestia, y se dio la vuelta para entrar de nuevo a su tienda.
Con el tiempo, aquel suceso quedó olvidado. El rey no volvió a beber una sola gota de licor y no se separó nunca más de su amada esposa.
Pasaron los meses y nació una hermosa niña. Los reyes y todo el reino no cabían de felicidad. Las campanas repicaron durante tres días seguidos.
Un día, alguien le avisó al rey que una mujer lo buscaba. Por alguna razón, le vino a la mente aquella mujer, y no podía permitir que nadie se enterara, así que fue a reunirse con ella en un lugar lejano.
Lo primero que le sorprendió fue verla en un avanzado estado de embarazo. Si pensaba que iba a cargarle ese hijo, estaba muy equivocada.
La mujer lucía una sonrisa al ver a su rey. Lo había amado desde mucho antes de que él contrajera matrimonio, aunque él ni siquiera parecía recordarla desde el día en que la salvó de unos hombres que querían abusar de ella. Desde entonces, su admiración se había convertido en obsesión, y maldijo el día en que lo vio casarse con esa mujer. Maldita y mil veces maldita, decía. Pero ahora esperaba un hijo varón, y sabía muy bien que sería el próximo rey, pues una mujer estaba mal vista para reinar.
—Hola —susurró, tratando de acercarse, pero el rey tomó distancia.
—¿Qué haces aquí? —dijo con molestia—. ¿No te dije que no quería verte más?
La mujer contrajo la mandíbula. Esto no sería fácil.
—Vamos a tener un bebé —dijo, acariciándose la barriga—. Es un niño, tu próximo heredero.
El rey la miró de arriba abajo y soltó una carcajada.
—¿Quién te hizo pensar que yo aceptaría a ese bastardo? —dijo, apuntando a su vientre—. Ese niño no es mío y jamás lo será.
La mujer apretó los puños. Había hecho de todo para quedar embarazada y, ahora que por fin lo tenía, no pensaba dejarlo ir.
—Es tu hijo, un varón —dio unos pasos hacia él—. Sabes que necesitas uno. Tu hija no podrá gobernar y…
El rey tomó una silla y la lanzó contra la pared, junto a ella, y la madera se hizo pedazos.
—¡No te atrevas a nombrar a mi hija! —gritó, y se acercó para tomarla de los brazos—. Jamás vuelvas a mencionar a mi familia con esa boca —apretó con más fuerza, arrancándole un gemido de dolor—. No sé qué hiciste, mujer, pero estoy seguro de que eres una bruja, y haré que te quemen en la hoguera.