Giré el cuchillo entre mis dedos, sin pensar. Solo un juego... o eso intentaba convencerme. En este castillo nada era realmente un juego.
La voz de mi padre lo recordó de inmediato:
—¡¿AÚN NO HAY RASTROS DE LA NIÑA?!
El rugido retumbó contra las columnas de piedra, y el salón se quedó en silencio.
Me apoyé en la ventana. Afuera, los dos reinos se extendían como un mismo paisaje muerto: casas oscuras y un estilo algo rústico, calles silenciosas, el bosque cubierto por esa niebla que parecía eterna. Nadie diría que Varkel y Luthian alguna vez fueron distintos.
De reojo, vi al capitán, un hombre alto con cicatrices profundas que parecían contar batallas enteras, dio un paso al frente e inclinó la cabeza.
— Lo siento, majestad... hemos rastreado cada rincón, pero no hay señales de la princesa.
Mi padre entrecerró los ojos, y sus dedos comenzaron a golpear el brazo del trono, un sonido seco que aumentaba la tensión de todos en la sala.
—¡Se acabó el tiempo! Su cumpleaños está cerca... y no pienso permitir que llegue a ese día.
El capitán tragó saliva.
—Seguiremos busc—
—¡Suficiente! —lo cortó, levantando la mano. Luego me miró, y su voz cambió a un tono suave, venenoso—. Jayden. Esta vez irás tú. Es hora de que pruebes que eres mi hijo.
Sentí la mandíbula tensarse. Esa frase... siempre pesa igual.
Pero antes de que pudiera responder, las puertas del salón se abrieron de golpe. Dos guardias arrastraban a un hombre encadenado. Sus ropas estaban rasgadas, sus manos temblaban, y aun así mantenía la cabeza en alto.
—Majestad —dijo uno de los guardias—. Lo encontramos haciendo algo que... no debía.
Mi padre entendió de inmediato. Yo no. Y como siempre, no se molestó en explicarlo.
El prisionero jadeaba, con miedo, pero cuando vio al rey, algo en su mirada ardió.
—Enciérrenlo —ordenó mi padre, sin darle importancia.
Pero el hombre dio un tirón, desesperado.
—¡No! ¡No pueden! —gritó mientras lo empujaban hacia la salida.
Y justo antes de cruzar la puerta, gritó como si no tuviera nada más que perder:
—¡LA PRINCESA DE LUTHIAN VENDRÁ POR SU TRONO! ¡Y CUANDO ELLA REGRESE, TU CORONA SERÁ POLVO!
Los guardias lo silenciaron a golpes y se lo llevaron.
—¿Lo entiendes ahora? Por eso debes encontrarla. Y hacer lo que se debe hacer.
No entiendo por qué ese hombre gritó como si sus palabras importaran.
Las profecías, las advertencias, todo suena igual: ruido.
Mi padre toma decisiones por una razón. Siempre la ha tenido.
Contradecirlo no sirve de nada.
La princesa existe.
Eso basta.
Si él dice que amenaza nuestro reino, entonces es un objetivo.
Si su hallazgo es la clave para vengar a mi madre, no hay más que pensar.
Mi tarea es encontrarla.
Y terminar esto.
No es personal. No debería serlo.
Es solo la misión que me corresponde.
—Dale las instrucciones necesarias. Que no falte detalles. —La voz de mi padre recuperó la dureza de un martillo, uno que golpea sin compasión.
Kaelthar asintió. Capitán General, disciplinado. Leal a la corona desde antes de que yo respirara por primera vez. Sus ojos eran igual de duros que siempre, pero pude leer algo distinto en ellos... no hacia mi padre. Hacia mí.
El capitán asintió. Kaelthar, un hombre forjado en mil batallas, que había jurado lealtad a la corona mucho antes de que yo naciera. Sus ojos eran duros, de esos que rara vez mostraban emoción, pero reconocí en ellos un respeto contenido... quizá no hacia mi padre, sino hacia mí.
—Sí, majestad —respondió, inclinándose—. Me encargaré de todo.
El silencio cayó como un peso. El eco de las palabras de mi padre todavía flotaba en el aire.
Apreté los puños. Obedecer era sencillo. Es lo único que he hecho. Entrenar, mejorar, cumplir. Pero esto... esto era distinto.
Tenía que abandonar el castillo.
—Padre... —mi voz sonó firme, no permití que temblara—. ¿Se refiere a salir del castillo?
Su mirada fue un muro. Imposible de leer. Imposible de mover.
—No solo del castillo. —Pausó, como si midiera el impacto—. Saldrás de este mundo.
El aire pareció detenerse. No pregunté por qué. No tenía sentido hacerlo. Aun así, la lógica no encajaba.
—Jayden —dijo con esa suavidad que siempre es peor que su ira—, ¿ya olvidaste cómo murió tu madre?
No lo había olvidado. No lo olvidaría nunca.
—Esa niña lleva la sangre del enemigo que nos la arrebató —continuó—. Mientras exista un vestigio de Luthian, nuestra herida seguirá abierta. Y debilitarnos no es una opción.
Se inclinó apenas hacia adelante, como si sellara una sentencia.
—No es un capricho. Es justicia. Y es venganza. Por tu madre.
Kaelthar no se movió. El trono, el salón, todo estaba esperando mi respuesta.
—Lo haré —respondí. Directo. Definitivo.
Mi padre asintió. Aprobación o satisfacción, no lo sé. No importa.
Si esa niña se cruza conmigo, sabrá lo que es el infierno en vida.
El infierno empezará por ella...
Kaelthar ya me había dado las instrucciones. Claras. Suficientes. No quedaba nada por preguntar.
—Recuerda —dijo, clavando la mirada en mí—. Solo di: "Thalor veyra lunara".
Antes de que pudiera responder, el portal se abrió a nuestro lado. La energía me obligó a retroceder un paso; no por miedo, sino por precaución.
Kaelthar me entregó un objeto blando y unas bolsas con monedas.
—¿Qué es esto? —pregunté, sin ocultar el desdén.
—Una mochila —respondió—. Dentro tienes un uniforme similar al de su colegio, ropa para mezclarte con los jóvenes y algunos materiales. Te servirán. El oro es para imprevistos. Y recuerda: no llames la atención. De lo contrario, buscar a la princesa se volverá más complicado, con todos mirando.