El primer día de clases debería venir con un manual de supervivencia: cómo no morir corriendo a las siete y cuarenta de la mañana, con un hermano gritando como alarma viviente.
—¡Thalira, ya son las siete y cuarenta! — la voz de mi hermano Darian retumbó por todo el pasillo, como si decir la hora con dramatismo fuera su talento oculto.
Abrí los ojos de golpe. Parpadeé. Intenté recordar mi nombre, mi existencia, y por qué el mundo era tan cruel tan temprano. Luego me incorporé de un salto... o más bien intenté hacerlo, porque las sábanas decidieron aferrarse a mis piernas como si me quisieran retener.
—¿¡Las siete y cuarenta!? —grité, buscando con la mirada el uniforme que se supone había dejado listo la noche anterior.
Corrí hacia el escritorio, pero mis pies decidieron que era más divertido desviarme hacia la izquierda. Me tambaleé, mareada, con la vista nublada. Clásico. Así era mi cuerpo: lento para despertar, rápido para humillarme.
Me obligué a respirar hondo, sacudí las piernas, y me puse el uniforme a la velocidad de la desesperación. Botones chuecos, medias desparejas... detalles. Lo arreglaría después. Primero, sobrevivir.
Corrí al espejo y casi me infarto. Mi cabello castaño, que en las mañanas siempre parecía más oscuro de lo que realmente era, parecía un nido atacado por un huracán.
—Perfecto... —murmuré con ironía, estirando mechones como si con eso fuera a resolver algo.
Lo peiné a toda prisa y lo sujeté con un broche cualquiera. Quedó más o menos decente, aunque juraría que una parte aún parecía rebelarse contra mí.
En ese instante, Darian asomó la cabeza por la puerta... y claro, terminó entrando como si fuera su cuarto.
Me miro de arriba a abajo. Cruzó los brazos y sonrió de lado.
—Tranquila, todavía llegas... si corres como nunca en tu vida —dijo, y antes de que pudiera protestar, me alborotó el cabello con la mano.
—¡Hey! ¡No hagas eso, recién lo acomodé! —chillé, mientras rebuscaba en los cajones como si allí estuviera escondida la salvación.
Él solo levantó una ceja y señaló hacia el piso, debajo del escritorio. Allí estaba la corbata. Arrugada. Mirándome como si se burlara de mí también.
Bufé y la recogí, mientras Darian sacudía la cabeza de un lado a otro, riéndose como si todo mi drama del primer día en una escuela nueva fuera una comedia barata. Para él, que ya había terminado el colegio, esto no era más que un espectáculo gratis.
—Deberías verme como inspiración —me dijo con tono burlón, mientras desaparecía por el pasillo.—. Yo jamás me atrasaba así.
—Ajá, claro, y también eras el estudiante modelo —le respondí, medio ahogada entre la prisa y el sarcasmo.
El problema era que, para mí, aquel día no era solo un inicio de clases. Era el inicio. Un nuevo colegio, un intento de empezar otra vez, de dejar atrás lo que pasó en el anterior. Una oportunidad para olvidar lo que había pasado en el anterior, ese lugar que todavía me dolía recordar...
No. No voy a pensar en eso ahora.
Sacudí la cabeza y traté de atar la corbata como pude. Spoiler: no pude.
—¡Thalira! —Darian volvió a gritar, arrancándome de mis pensamientos.
—¡Ya voy! —respondí, mientras me colgaba la mochila al hombro.
Sentía las manos frías, el estómago revuelto y el corazón latiendo demasiado rápido. No sabía si era por la carrera contra el tiempo... o porque en el fondo me daba miedo lo que me esperaba en esa escuela nueva.
Corrí hasta la entrada de la casa, donde Darian ya me esperaba apoyado contra la puerta como si llevara horas ahí. En una mano tenía una manzana, en la otra las llaves que hacía girar con impaciencia.
—No desayunaste —dijo, extendiéndome la manzana apenas me vio.
—¿Y en qué momento iba a hacerlo? —resoplé, agarrándola mientras seguía caminando.
Él rodó los ojos, me tomó del brazo y prácticamente me arrastró hacia la calle. Yo apenas lograba morder la manzana sin morir ahogada, y para empeorar las cosas, el nudo de la corbata me colgaba chueco como un lazo mal hecho.
—Por favor... —alcancé a decir entre resoplidos— no me digas que también te vas a reír de esto.
—¿Reírme? —Darian me dio una mirada de esas que mezclaban fastidio y cariño al mismo tiempo—. No, hermanita, voy a salvarte la vida.
Y justo en medio de la carrera, sin detener el paso, se inclinó hacia mí y con un movimiento ágil comenzó a amarrarme la corbata. Yo sentía que me ahogaba con tanto correr, y encima él dándoselas de caballero experto en uniformes.
—Aprieta tú al final —me dijo, ajustando el nudo a medias.
—Claro, no es como que esté a punto de morir desmayada ni nada—bufé, terminando de acomodarlo mientras casi me tragaba media manzana de golpe.
Darian se rio bajito, como si disfrutar de mi desgracia fuese su deporte favorito.
Cuando al fin puse un pie dentro del colegio, el timbre retumbó por todo el colegio. Justo a tiempo. Qué oportuno... aunque con mi corazón latiendo como tambor, no estaba segura de sobrevivir al primer día.
—¡Que te vaya bien! —me gritó Darian desde la entrada, levantando la mano en señal de despedida.
Yo solo alcé los pulgares, sin aliento, antes de girar y correr directo al acto cívico... donde esperaba que nadie notara que estaba a un paso de desmayarme.
Después del acto, cuando todos empezaron a dispersarse hacia las aulas, escuché una voz justo a mi lado. Una chica de cabello rizado, ojos brillantes y una energía que parecía no tener interruptor.
—¡Holaaa! Nueva en el colegio, ¿verdad? Soy Mirle —se presentó como si el mundo entero fuera su sala de estar.
Ni siquiera esperó mi "hola" a cambio. Ya estaba dándome un tour verbal del infierno escolar: profesores que mejor evitar, materias mortales, y compañeros que nadie en su sano juicio querría cerca.
—Ese grupo de allá —susurró, señalando con la barbilla sin perder la sonrisa—. Ni se te ocurra. Uno cree que es irresistible, el otro vive enamorado de su reflejo, y el tercero... bueno, digamos que si entra a terapia, sería un avance.