Ya me aburrí...
Mejor pienso en cómo le explico a mi madre que un tipo que parece trabajar en una morgue me retrasó hablándome en la salida. Se hace tarde... y él sigue aquí.
Cuando habla, su voz no es agresiva. Tampoco amable. Es... recta. Como si la pregunta fuera solo un paso más de algo que ya decidió.
—Y por eso le preguntaba dónde vive. —termina por fin de hablar.
Lo miro. No directo a los ojos; miro su postura, su respiración, el sudor...Claro, está mintiendo.
—Ajá. Escucha, amigo —respondo—. No soy de dar mi ubicación al primer espécimen humano que aparece de la nada. Y menos a uno guapo que transpira como pollo hervido cada vez que miente.
Él frunce un poco el ceño. Da un paso más cerca.
No.
Eso no.
—Pareceré distraída —continúo, sin subir la voz—, pero soy observadora. Mucho. Y tú mientes peor que un niño con la boca llena de dulces robados.
Quiero que se vaya.
Quiero que retroceda.
No era una mentira. —contestó.
No levanta la voz. No se explica. No intenta agradar. Eso me desconcierta más que un insistente.
Mi corazón late rápido. No porque él sea peligroso, sino porque no lo entiendo.
Con los animales es fácil: hambre, miedo, cuidado. Con las personas... siempre hay algo oculto, algo torcido.
—Oye, lunático con complejo de protagonista —le digo, acercándome apenas—, Cereal untado en excremento de caballo, maíz mal cocido del intelecto humano. Eres tan ignorante que podrías devorar hígado de zorro creyendo que es sabiduría. ¿Qué eres? ¿Una estrella ascendente del mundo pervertido y por eso te me acercas? o eres solo otro cerebro extraviado por Elyndher?
Sigo hablando. Sé que exagero. Sé que insulto más de lo necesario. Pero si paro, se acerca más. Y no quiero que nadie se acerque.
—Y para que quede claro —digo—: si me sigues otra vez, volverás a perderme. Ya lo hiciste ayer, ¿verdad? Por eso preguntas mi dirección. No sé qué planeas, pero te recomiendo que no te acerques más.
—No te seguí —dice después.
No suena ofendido. Tampoco molesto. Suena a... final. Como si el tema ya estuviera cerrado para él.
No le creo.
—Claro —respondo—. Y yo confío en los humanos...
Paso a su lado sin tocarlo. Camino unos metros y, aun así, me aseguro de que no me esté siguiendo. Recién entonces me interno en el bosque.
Después, vi a un lobo que forcejea torpemente con un conejo blanco que intenta liberarse.
—Scott —digo con firmeza—, ni siquiera lo intentes. Sabes que Kevin no es comida.
—Pero...
—No.
No levanto la voz. No hace falta. Scott suspira y aparta la pata que mantenía sobre la cola del conejo. Kevin aprovecha y corre directo hacia mí, escondiéndose detrás de mis piernas.
—Creí que te ibas a controlar —murmuró—. Al menos con Kevin. Sabes que es mi amigo.
—Sí... —responde Scott, bajando la cabeza—, pero si no fuera porque me salvaste de las trampas de los cazadores aquella vez, ya me habría servido la cena. No he comido nada hoy.
Lo miro en silencio unos segundos.
—Entiendo —digo al fin—. Tengo un pedazo de chuleta en casa. Si me acompañas, te la daré... pero solo por hoy. Si mi mamá se entera, me prohibirá entrar a la cocina de por vida.
Los ojos de Scott se iluminan de inmediato.
—Te sigo, Sher.
Sonrío, aunque no lo diga en voz alta. Hablar con los animales siempre fue lo más natural del mundo para mí. Ellos no mienten. No ambicionan. No matan por monedas. Los cazadores, en cambio... prefiero no pensar en ellos.
Llegamos a casa y me detengo en la entrada.
—Espera aquí —le digo a Scott—. No te muevas.
Entro.
—Sheryl —la voz de mi madre suena apenas cruzo la puerta—. ¿Dónde estabas?
—Yo...
—Te estuve esperando —dice, dejando lo que estaba haciendo—. Dijiste que volverías antes del anochecer.
—Lo siento.
—¿Lo sientes? —me mira con seriedad—. ¿Tienes idea de cuántas cosas pueden pasar en el camino? ¿Sabes por qué te pedí que no te demoraras?
—Sí, mamá.
—Entonces explícame por qué tardaste tanto.
Dudo un segundo.
—Un chico... se me acercó al salir.
—¿Un chico? —sus cejas se fruncen de inmediato—. ¿Un extraño?
—Es de mi curso. No recuerdo su nombre... es raro, pero no me hizo nada.
—Sheryl —su tono baja, pero se vuelve más firme—, sabes que no debes hablar con desconocidos. Nunca. No aquí.
—Puedo cuidarme sola —respondo, quizá más rápido de lo que debería—. Tú me enseñaste.
—Una cosa es saber defenderte y otra muy distinta es confiar —replica—. Hay personas que no parecen peligrosas hasta que ya lo son.
Aprieto los puños.
—Lo sé. Sé que podrían ser de Elyndher. No soy tonta.
El silencio se instala entre nosotras.
—A veces —añado en voz baja— siento que algo me falta... tal vez papá.
Su expresión cambia. Se vuelve cansada. Dolida.
—Te dije que él no los quería —responde—. Si no hubiera huido, quizá... quizá no te habría visto crecer.
—Dijiste que cuando cumpliera dieciocho y recibiera mi marca podría ir a verlo —insisto—. Ya tengo mis poderes. Eso significa que él perdió sus poderes, ¿verdad?
—Sí —admite, dudosa.
—Entonces podré ir —digo—. Y tú también podrías ver a Sariel. Era tu mejor amiga.
Por un instante, creo ver nostalgia en sus ojos.
—Elyndher es un mundo peligroso —dice al fin—. Luthian es hermoso, sí... Varkel también. Todo es más intenso. Incluso los animales.
—Lo extrañas —sonrío un poco—. Y según lo que me contaste... el trono me corresponde antes de los diecinueve.
Su rostro se endurece.
—Y esa es la razón por la que no debemos volver —dice—. Tu padre quería el poder para él solo. Te veía como un obstáculo.
Bajo la mirada, frustrada.
Silencio.
Mi abuelo entro en ese momento.