La maldición de la sangre

Capítulo 7: El mundo de el

Kai

La vista del bosque oscuro se mostraba frente a mí en los grandes ventanales de mi hogar. Dorian estaba leyendo en un rincón de la sala mientras Mae estaba bebiendo una copa de sangre recostada en el sillón. La calma perpetuaba en mi salón hasta que un viejo punzón en mi pecho la interrumpió, lo conocía muy bien y no lo sentía desde hace cien años.

El llamador de la sombra.

Un golpe seco en el pecho, como si alguien hubiera clavado sus dedos en mi corazón.

—Algo pasa con Morgan —susurré, levantándome de inmediato.

El Llamador de Sombras vibraba en mi mente, un eco oscuro que me guiaba directo hacia ella. No había duda: estaba en peligro.

—¿Qué pasa? —Mae me detuvo apenas crucé la puerta. Su voz afilada, como siempre.

—Es Morgan —respondí, sin perder tiempo—. La están atacando.

Dorian no preguntó nada más. Agarró su espada, la runa grabada en la madera brilló con un resplandor azulado, y salió tras de mí. Maerys corrió a nuestro lado, ya sacando una de sus dagas. Salimos con velocidad rumbo a lo más profundo del bosque.

El bosque estaba demasiado callado. Demasiado expectante. Y entonces lo escuchamos: un rugido que nunca debió pertenecer a este mundo. Lo había escuchado solo una vez hace más de cien años y venia acompañado de un olor petrificante.

El Ulrakk. Una criatura creada en los inicios de la guerra y que a diferencia de las que la acompañaban esta estaba repleta de magia oscura y enviada por criaturas que había dejado de existir en este mundo, o al menos en la tierra.

Lo vi antes que ellos, encorvado sobre Morgan, que yacía en el suelo, luchando con las manos temblorosas por levantar un hechizo que se deshacía entre sus dedos. El monstruo la estaba drenando, había sido creado para drenar magia y alimentarse de ella. Sentía su magia fluir hacia él, como un río arrancado de su cauce.

No pensé.

Corrí.

Me lancé contra la criatura, mis sombras expandiéndose como cuchillas, y lo empujé lejos de ella. El Ulrakk gruñó, su piel cubierta de marcas rojas que latían como si fueran venas al descubierto. Intentó morderme, pero lo recibí con un golpe en el pecho y lo tiré hacia atrás.

—¡Dorian! —grité.

Mi amigo levantó su espada y dibujó una runa en el aire. El suelo tembló bajo nuestros pies, cadenas de energía azul emergiendo de la tierra, envolviendo las patas de la bestia.

El Ulrakk rugió, rompiendo una de ellas, pero el sello le retrasó lo suficiente.

Maerys aprovechó el espacio.

Sacó un frasco y lo lanzó directo al torso del monstruo. El vidrio estalló en un chorro de humo verde y ácido que quemó la piel del Ulrakk. Su chillido desgarró el bosque entero.

No le dimos respiro.

Yo hundí mis colmillos en su hombro, no para alimentarme, moriría en el intento, sino para inyectar mi sombra, porque igual que el, mi magia era poderosa y oscura, corrosiva, un veneno que mataba desde dentro. La criatura se estremeció, convulsionando, y en ese momento Dorian cerró su sello con un golpe de bastón contra la tierra.

Las cadenas lo apretaron.

El humo de Maerys lo consumía.

Mi sombra lo desgarraba.

Y el Ulrakk se deshizo en un torbellino de ceniza y humo, dejando tras de sí solo el olor a hierro y podredumbre. Me di dos segundos para recuperar la respiración y girarme para ver el cuerpo de Morgan en el suelo. Yo caí de rodillas junto a Morgan antes de que su cuerpo perdiera más el color. Estaba pálida, helada. Sus labios temblaban, apenas un hilo de respiración escapaba de ellos.

—Morgan —murmuré, tomándola en mis brazos. Su cabello oscuro caía sobre mi pecho, su rostro se veía demasiado frágil. Sentí cómo mi corazón, un corazón que no debería latir, se sacudía dentro de mí como si quisiera arrancarse.

Mae y Dorian se acercaron, jadeantes.

—¿Está viva? —preguntó ella, arrodillándose.

—Sí. Pero dreno mucho de su energía. —Mi voz sonó más preocupada de lo que quise.

La apreté contra mí, incapaz de soltarla. El calor de su piel se desvanecía demasiado rápido.

No lo soportaba.

No podía perderla.

—No voy a dejarte, ¿me oyes? —susurré en su oído, aunque sabía que estaba inconsciente—. No voy a dejarte.

Y con ella en mis brazos, me levanté.

Mae y Dorian no dijeron nada, pero vi en sus rostros la misma verdad que yo: el ataque no había sido casualidad.

Ese monstruo había venido por Morgan.

Y si no la hubiera escuchado…

Ni siquiera quise terminar el pensamiento.

Corrimos de vuelta a la mansión y rápidamente recosté a Morgan en el sillón. Mi amiga rápidamente tomo el control de la situación tomando el rostro de Morgan. Casi no respiraba y su cuerpo parecía haber perdido el color, su piel, su cabello, todo. Dorian parecía leer a su hermana porque se retiró y en unos segundos dejo un cofre de madera que solo ella conocía a la perfección.

Dorian se movía con calma metódica mientras buscaba un hechizo en uno de sus libros, nuestra magia era diferente a la de Morgan, pero habíamos vivido lo suficiente para conocer los hechizos necesarios.

—Dreno parte de su magia, por eso no tiene heridas físicas es espiritual—dijo Dorian—No podemos esperar, la grieta que está en su alma puede expandirse.

Me arrodille frente a Morgan y toque su frente, estaba helada.

— ¿Qué hacemos?

Mae sacó varios frascos diminutos de su cofre, los preparo siglos atrás cuando jugaba a mezclarse con alquimistas y brujas antiguas. La observe elegir uno con pulso firme y asintió antes de acercarse a Morgan nuevamente.

—Extracto de vernum oscuro—nos explicó—No se curarla, pero la estabilizara lo suficiente para ganar tiempo…

— ¿Estas segura? —pregunto su hermano—Es arriesgado.

—Es eso, o que la brujita se pierda en cuestión de horas—me dijo antes de lanzar la botella a mi dirección. La tomé en una mano y no perdí el tiempo.

Abrí el frasco, el olor a metálico invadió la estancia. Tome la nuca de Morgan con una mano mientras que con la otra acercaba el líquido a sus labios. Pero ella no reacciono.



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En el texto hay: fantasia, romance, romantasy

Editado: 05.01.2026

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