No había transcurrido mucho tiempo desde su partida cuando una columna de humo se alzó en el horizonte, como una herida abierta en el cielo. Mavia y Shion detuvieron el paso. El viento traía consigo el hedor inconfundible de ceniza y carne quemada.
—No pueden ser las Sombras —murmuró Mavia, frunciendo el ceño.
A su lado, Shion parecía inquieto. Miró hacia el suelo, como si quisiera evitar el peso de su propia voz.
—Deberíamos… usted sabe… —musitó con cautela, arrastrando la punta del pie por la tierra—. Ir a ver qué sucede.
Mavia no respondió. Simplemente avanzó, con la determinación de quien ya ha tomado una decisión.
—¿Qué esperas, Shion? ¿Una invitación? —dijo por encima del hombro.
Él la siguió, sin poder evitar sonreír.
En cuestión de minutos llegaron a la aldea. Lo que vieron les revolvió el estómago.
Las casas ardían, consumidas por lenguas de fuego anaranjado. Las calles estaban sembradas de cadáveres, esparcidos como hojas caídas tras la tormenta. El humo se elevaba en retorcidas espirales hacia un cielo que ya no los miraba con misericordia.
Pero algo llamó la atención de Mavia.
No había mujeres entre los muertos. Ni jóvenes, ni ancianas.
Un escalofrío recorrió su espalda.
—Shion, creo que… —Se giró, pero su compañero ya no estaba—. Maldición. ¿Dónde se ha metido ahora?
—¡¿Qué significa esto?! —bramó una voz a su espalda.
Mavia giró sobre sus talones. A pocos metros de ella, montado en un corcel blanco, un hombre grueso y barbudo se debatía entre la furia y la incredulidad.
—¡Juraste que las habías capturado a todas! —vociferó, dirigiendo su ira a un subordinado que se retorcía bajo su mirada.
—Creí que eran todas, mi señor —balbuceó el otro—. Enseguida la capturaremos.
Mavia ladeó la cabeza, observándolos en silencio.
Había oído relatos sobre humanos que atacaban a los suyos, pero nunca lo había presenciado con sus propios ojos. En el mundo de las criaturas, era impensable.
El hombre más pequeño se acercó a ella. Caminaba con aire de suficiencia, como quien cree que todo está bajo su control.
—No nos hagas perder el tiempo, preciosa —dijo, cerrando los dedos alrededor de su brazo.
Tiró de ella con fuerza.
Mavia no se movió.
—Vamos, no me hagas usar la fuerza —gruñó, apretando la mandíbula.
Tiró otra vez. Y otra.
Nada.
Su rostro enrojeció de furia.
—¿¡A qué estás jugando, imbécil!? —rugió el hombre del caballo—. ¡Captúrala de una vez!
El subordinado sacó un látigo y lo alzó en el aire.
—¡Ya escuchaste, niña! Vendrás quieras o no. ¿O prefieres ser enviada al Toro y freírte viva como las demás?
El golpe descendió.
Mavia atrapó el látigo en el aire con una mano. Lo acercó a ella de un tirón. Con la otra, lo sujetó del cuello y lo alzó sin esfuerzo. Los pies del hombro se bamboleaban a centímetros de la tierra.
—¿A quién has enviado dónde?
Su capucha resbaló hacia atrás, dejando al descubierto su cabello plateado.
Pero no esperó respuesta. No la necesitaba.
Con un movimiento seco, le arrancó la garganta.
Un chorro de sangre caliente salpicó el suelo.
El otro hombre enmudeció. El corcel relinchó, sintiendo el terror de su jinete.
—¡Ataquen! ¡Mátenla! —ordenó con un grito desesperado.
Los soldados avanzaron.
Mavia levantó una mano y, con un gesto, todo terminó.
En un abrir y cerrar de ojos, los hombres cayeron como muñecos rotos. El filo de su espada encontró la carne del cabecilla y, en un solo segundo, el corcel se tiñó de rojo y su amo perdió la cabeza.
Al final de la calle, una carroza con barrotes se alzaba en la penumbra.
Mavia avanzó sin prisa, arrancó el candado con facilidad y empujó la puerta.
Decenas de mujeres salieron de la jaula de hierro, temblorosas. Algunas en lágrimas, otras con la mirada perdida.
—Están a salvo —les dijo.
Pero la palabra salvación carecía de significado en aquel lugar. Afuera, sus seres amados yacían sin vida. No esperó agradecimientos ni lamentos. Tenía algo más importante que hacer.
Encontrar a Shion.
Lo halló de rodillas frente a un toro metálico, con los brazos aferrados a un cuerpo inerte. Mavia sintió un nudo en el pecho.
—Ha sido mi culpa —susurró Shion sin levantar la vista—. Murió por mi culpa.
—No, Shion —Mavia apoyó una mano en su hombro—. No fue tu culpa. Fue la crueldad de su gente, no tu amor, lo que la mató.
—Sabía que esto podía pasar… y aun así…
—No fue... —murmuró ella sin saber exactamente que decir para consolarlo.
Podía hacer más que eso.
Los dedos del cambiador acariciaban los mechones rojizos de la joven. Mavia lo observó en silencio. Puso una mano sobre el corazón de la muchacha y cerró los ojos. Murmuró palabras en un idioma que el mundo ya había olvidado.
El aire se llenó de un fulgor negruzco, con pequeños destellos dorados. La piel de la joven sanó. Sus heridas desaparecieron. Su pecho subió, bajó y entonces, abrió los ojos.
Shion la miró, incrédulo.
—¿Cómo…?
Mavia sonrió mientras se alejaba unos pasos. Antes de que pudiera responder, el cielo rugió con furia. Rayos y truenos desgarraron el cielo. Un relámpago descendió en línea recta, golpeándola en el pecho.
—¡Mavia! —gritó Shion. Ella cayó de rodillas.
El humo se alzó de su piel como sombras en retirada.
—Tranquilo… —jadeó, con una media sonrisa—. Duele menos cada vez.
Shion se arrastró sobre las rodillas hasta su lado, aterrado.
—¿Qué demonios fue eso?
—El castigo de mis ancestros —susurró ella, levantando la vista hacia el cielo tormentoso—. Se supone que no debo hacer eso—. señaló a la mujer
—Katrina —susurró Shion al ver a su amada despierta. Volvió con ella, levantándola un poco para abrazarla—. ¿Me escuchas? ¿Qué sucedió, Katrina?
La joven no respondió, ni pestañeó, ni se movió de ninguna forma. ¿Realmente estaba viva?