La Maldicion De Ser Visto

Capítulo 40: Un pequeño recuerdo

La ciudad seguía en movimiento, ajena a todo lo que había sucedido. Los autos avanzaban, los semáforos cambiaban, la gente caminaba con sus bolsas y las tiendas permanecían abiertas. Para cualquiera que mirara desde fuera, era un día completamente normal. Pero para Yuuto no lo era.

Tras todo lo ocurrido en la escuela —los folletos, los rumores, el dolor de revivir el pasado—, había decidido salir cubierto de pies a cabeza. Pantalones holgados, sudadera amplia, guantes, cubrebocas ocultando la mitad del rostro y la capucha echada sobre la cabeza. Apenas se veían unos mechones plateados que escapaban por los costados.

Había pasado mucho tiempo desde la última vez que salió así. Durante meses su vida se había reducido a un camino corto: de casa a la escuela, de la escuela a casa. Cuando necesitaba algo, le pedía a su madre que lo comprara. No porque quisiera encerrarlo, sino porque sabía lo que suponía salir. Sabía lo que podía pasar si alguien lo reconocía. Y tras lo de su antigua escuela, ninguno de los dos quería volver a pasar por eso.

Pero hoy había salido por una razón sencilla, casi absurda. Había olvidado comprar algo: un pequeño adorno para el estuche que tenía desde hacía poco. No era caro, ni necesario, ni importante para nadie más que para él. Era algo que llevaba años queriendo tener, un detalle relacionado con una serie que veba de niño junto a su abuelo.

Recordaba sentarse a su lado frente al televisor. Recordaba cómo su abuelo fingía entender la historia aunque a veces no tuviera idea. Las tardes tranquilas, las risas, los comentarios sin sentido… y la certeza de que, mientras estuviera con él, nada malo podía pasar. Tras su partida, Yuuto había guardado muchas cosas. No por su valor, sino porque eran recuerdos. Y este pequeño adorno era uno que aún no tenía.

Por eso había salido. Aunque significara enfrentarse a esa sensación incómoda de estar rodeado de gente.

Bajó las escaleras de la estación. El murmullo creció a su alrededor. Se detuvo un instante frente a las puertas, respiró hondo y susurró:

—Está bien… solo voy a comprar y volver.

Pasó su tarjeta y entró. El vagón estaba lleno, aunque no tanto como para resultar insoportable. Se puso de pie cerca de la puerta, rígido, vigilando todo. Una persona pasaba; otra miraba el móvil; dos estudiantes hablaban de una tarea. Nadie lo miraba. Nadie susurraba. Nadie parecía haberlo notado.

Yuuto parpadeó. Miró a un lado y al otro. Nada.

Qué extraño… La última vez que viajó así, sintió que todos lo veían. Cada mirada le parecía larga, cada susurro sobre él. Ahora era como si no estuviera. Se acomodó la capucha. Supongo que así es cuando estoy completamente cubierto. Debería haberle dado calma, y en parte lo hacía… pero también le hizo preguntarse:

¿De verdad llamo tanto la atención cuando no llevo todo esto?

Pensó en el día con Minori-sensei, en las miradas que recibió. Pensó en cuando salió como Mika. Y en Goro, reconociendo algo familiar en ella. Cerró los ojos un instante. Habían pasado demasiadas cosas en muy poco tiempo. Y sin embargo, algo era cierto: ya no estaba solo.

Apoyó la frente contra el cristal. Pensó en Ayaka —directa, ruidosa, la primera en hacerlo sentir cómodo de nuevo—. En Reika —serena, firme, dispuesta a interponerse entre él y el mundo entero—. Susurró tan bajo que nadie pudo oírlo:

—Gracias…

Pensó en Shiori, su hermana sin lazos de sangre, siempre pendiente de si había comido, de si dormía, ferozmente protectora. Sonrió al recordarla enfrentándose a todos. Da miedo cuando se enoja de verdad… pensó con una pequeña risa. En Airi, que siempre encontraba cómo animarlo. En Kaito, que veía lo que otros no. En Goro, que simplemente estaba ahí, sin necesidad de palabras, constante como un refugio. Y en Minori-sensei, que nunca lo presionaba, que le recordaba que podía avanzar a su propio ritmo.

Durante tanto tiempo creyó que estaba solo. Quizás nunca lo estuvo; quizás solo tenía demasiado miedo para verlo.

Y pensó en su madre, que nunca lo miró con rechazo cuando su apariencia cambió, cuando su cabello se volvió plateado, cuando empezó a verse distinto. Siempre lo protegió. Él creyó que sin ella no tendría a nadie. Ahora sabía que no era así. Era miedo: miedo a sí mismo, a ser diferente, a que otros vieran lo que él mismo no sabía aceptar.

Miró su reflejo en el cristal: capucha, cubrebocas, guantes, ropa holgada. Todo oculto. Y por primera vez no sintió rechazo, sino cansancio.

—Quizás ya no necesito todo esto…

Negó suavemente. Todavía no. Y admitirlo también era avanzar. No tenía que hacerlo de golpe. Podía ir poco a poco.

El tren aminoró la marcha. La voz automática anunció la estación. Yuuto se separó del cristal. La tienda estaba cerca. Tocó el estuche que llevaba, lo abrió un poco: ahí estaban sus lápices, sus materiales, aquel espacio vacío esperando el adorno. Sonrió:

—Abuelo… hoy finalmente voy a comprarlo.

Bajó del tren. Mientras caminaba, su mente volvió a algo que intentaba evitar: el uniforme femenino que tenía colgado en su habitación. La imagen no le resultaba extraña. Lo que le asustaba no era la ropa, sino las miradas. ¿Qué pensarían? Imaginó a Airi emocionada, a Ayaka burlándose con cariño, a Shiori diciéndole que por fin dejaba de esconderse. A Kaito actuando con naturalidad. A Goro sonriendo y diciendo «Te queda bien». Y a Reika… Sintió calor en las mejillas y sacudió la cabeza.

Pero la imagen se quedó: él entrando sin capucha, sin cubrebocas, sin esconderse, con el cabello suelto y la cara descubierta. El corazón le latió más rápido.

—Todavía no…

No estaba listo. Pero tampoco podía negarlo: por primera vez, no lo veía como algo imposible. Solo necesitaba tiempo. Y quizás eso era suficiente.

Vio el letrero de la tienda. Sus ojos brillaron detrás de la tela. Apretó suavemente el bolso. Era solo un pequeño adorno, un recuerdo, algo sencillo. Pero lo compraba él. Solo. Por decisión propia.




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