La sala del consejo estudiantil estaba bañada por la luz suave de la mañana. Sobre la mesa descansaban informes y calendarios del festival, pero Reika no los miraba. Tenía los brazos cruzados y la mirada fija en la pared, repitiéndose una y otra vez la misma frase, como si fuera un conjuro:
Yuuto es mi amigo. Solamente mi amigo.
Asintió, queriendo convencerse.
—Es una persona importante para mí, pero eso no significa que esté enamorada de él.
Sin embargo, la voz le sonó demasiado débil. Y lo peor era el recuerdo de la pregunta de Ayaka: ¿Te molesta tanto que digan que eres la novia de Yuuto?. No había podido responder. No había podido negarlo con la firmeza que siempre la caracterizaba.
—¡Ahhh…! —se cubrió el rostro con las manos—. ¡Maldita sea, Ayaka!
Se miró en la superficie pulida del escritorio. Sus mejillas aún conservaban un tono rosado.
—¿Desde cuándo me comporto así? —murmuró—. Yo, Reika Himuro, que siempre mantengo la cabeza fría… estoy perdiéndola por un chico que ni siquiera se da cuenta del efecto que tiene en mí.
Un chico tímido, silencioso, que se escondía bajo capas de ropa como si fueran un escudo. Un chico con rasgos tan delicados que tantos habían confundido. Un chico que, poco a poco, le estaba mostrando al mundo la persona tierna y valiente que había detrás de todo aquel silencio.
Yuuto Kanzaki.
Suspiró y apoyó los codos en la mesa. Por mucho que intentara negarlo, algo había crecido en ella desde el momento en que decidió mirarlo más allá de los rumores. Quizá incluso antes.
Recordó la culpa que la había invadido cuando supo la verdad: que aquel chico que siempre veía apartado sufría en silencio desde hacía años. Que ella, con todo su poder y autoridad, había mirado hacia otro lado. Y entonces, en lugar de alejarse, Yuuto les había dado una oportunidad. A ellos, que le habían fallado. Aquel gesto la había conmovido tan profundamente que tomó una decisión: no volvería a dejarlo solo. Lo protegería de Sakura, del director, de quien fuera. No importaba el costo.
También recordó la conversación con sus padres. Cuando le preguntaron si creía estar haciendo lo correcto, no le pidieron explicaciones ni le prohibieron verlo. Le dieron su apoyo. Hasta que su madre, con esa sonrisa traviesa, había dicho: Deberías presentárnoslo algún día. Quizá estemos hablando de nuestro futuro yerno. En ese momento le había parecido absurdo. Pero ahora…
Reika se llevó una mano al pecho. Su corazón latía deprisa.
—¿Desde cuándo…? —susurró.
No sabía exactamente cuándo había cambiado todo. Quizá cuando él empezó a confiar en ella. Quizá cuando la llamó por su nombre, no como la presidenta, sino como Reika. Quizá en cada pequeño gesto, en cada mirada tímida, en cada vez que le sonreía solo a ella. Y lo más extraño: la idea de que algún día pudieran ser algo más… ya no le parecía imposible.
Cerró los ojos.
—Si fuera Yuuto…
Se incorporó de golpe.
—¡¿QUÉ ESTOY PENSANDO?!
Caminó de un lado a otro como si el movimiento pudiera ahuyentar sus propios sentimientos.
—Es mi amigo. Solo mi amigo. Lo protejo porque lo necesita. Eso es todo.
Se dejó caer en la silla y apoyó la frente sobre el escritorio.
—¿Por qué no puedo convencerme?
Y entonces volvió a vivir aquel momento, la noche anterior, en la puerta de su casa…
El aire fresco de la tarde los envolvía. La madre de Yuuto se había retirado, dejándolos solos. Él se había quitado el cubrebocas, aunque mantenía la capucha puesta, y la miraba con seriedad.
—Deberías tener cuidado —le dijo—. Sé que haces todo esto por mí. Pero no quiero que termines metiéndote en problemas por mi culpa.
Reika sonrió con ternura.
—Recuerda lo que te dije: tienes que dejar que los demás te quieran. No puedes cargar tú solo con todo.
Yuuto apretó los labios.
—Pero tú también eres importante para mí. No quiero que sufras por mi causa.
El corazón de Reika dio un vuelco. Antes de que pudiera responder, él le tomó las manos. Sus dedos eran cálidos, suaves, casi vacilantes. Se acercó un poco más y ella quedó sin aliento: su rostro a pocos centímetros, el cabello plateado brillando bajo la luz del porche, esos ojos violetas mirándola con una sinceridad que la desarmaba por completo.
—Sé que siempre intentas parecer fuerte —dijo él—. Pero yo sé que no puedes con todo tú sola. Déjame ayudarte a ti también. Quiero estar ahí para ti, igual que tú lo estás para mí.
Reika no supo qué decir. No porque sus palabras fueran románticas, sino porque nacían de lo más profundo de alguien que apenas empezaba a creer que merecía ser cuidado. Quería apoyarse en ella y al mismo tiempo sostenerla. Aquella reciprocidad, tan tierna y sincera, la conmovió más de lo que nadie lo había hecho jamás.
—Yo… —había intentado decir, pero la voz le tembló.
Yuuto pareció preocuparse.
—¿Reika? ¿Estás bien?
Ella asintió, retiró las manos con suavidad y se despidió antes de que su rostro se pusiera del todo rojo. Caminó a casa con el corazón a mil por hora, sintiendo que acababa de escapar de algo mucho más peligroso que cualquier discusión.
—¡Ese chico es peligroso! —repitió Reika en voz alta, llevándose las manos a las mejillas que ardían—. ¡¿Cómo quieres que mantenga la compostura si me mira así, me toma las manos y me dice que soy importante para él?!
Se detuvo de pronto. Y entonces, pese a todo, sonrió. Una sonrisa pequeña, tímida, que no pudo contener.
—Pero… no me molestó. Cuando me tomó las manos… no quise apartarme. Cuando dijo que le importaba… sentí lo mismo.
Respiró hondo y se miró a sí misma con honestidad.
—Creo que… me estoy enamorando de él.
Las palabras fueron apenas un susurro. Y al decirlas, todo pareció encajar de golpe. No era solo deber. No era solo culpa. Era él: su bondad, su valentía, la forma en que la veía como nadie más lo hacía.
—No lo presionaré —se prometió—. Aún está aprendiendo a ser él mismo. No quiero añadirle peso. Estaré a su lado. Lo apoyaré. Y dejaré que las cosas sucedan a su propio ritmo.