La enfermería de la academia estaba tranquila, iluminada por la luz del sol que entraba a través de las ventanas. El aroma del desinfectante flotaba suavemente en el ambiente mientras Minori-sensei terminaba de limpiar la herida que Yuuto tenía en la frente.
El muchacho estaba sentado en el borde de una camilla, con las piernas juntas y las manos apoyadas sobre las rodillas. Su capucha y su cubrebocas descansaban a un lado, sobre una silla, dejando su rostro completamente al descubierto. El cabello plateado caía alrededor de sus mejillas y sus ojos violetas seguían con atención cada movimiento de la enfermera.
Minori, por su parte, tenía una expresión que mezclaba preocupación y resignación.
—Yuuto, cariño… ¿cómo es posible que siempre termines metido en algún problema?
Yuuto frunció los labios.
—¡No es culpa mía! —respondió con su voz natural—. ¡Solo intenté ayudarla! Además, no tengo tanta fuerza como para detener a alguien que se cae por unas escaleras.
Minori se detuvo. Después levantó lentamente la mirada hacia él.
—¿Ah, sí?
—Sí.
—¿Y se supone que debo creer que no podías hacer otra cosa?
—¡No podía dejar que se cayera!
—Eso ya lo sé, pequeño héroe.
Yuuto se relajó un poco, creyendo que la conversación había terminado. Fue un error.
Minori extendió un dedo y le picó suavemente una mejilla.
—Pero, dime una cosa… ¿cómo es posible que un hombre tenga tan poquita fuerza?
Yuuto abrió los ojos de par en par.
—¡Oye!
Minori volvió a picarle la mejilla.
—¡Se supone que los hombres deben ser fuertes! ¡Mira qué brazos tienes!
—¡Mis brazos están bien!
—¿Ah, sí? Entonces, ¿por qué acabaste debajo de una chica que se caía?
—¡Porque intenté sujetarla y perdí el equilibrio!
—¡Qué tragedia! Nuestro caballero intentó rescatar a una dama y terminó derrotado por la gravedad.
—¡Minori-sensei!
La enfermera soltó una risita y le dio una última palmadita en la cabeza antes de guardar el material médico.
Yuuto infló las mejillas, indignado.
—¡Soy un hombre! ¡Aunque alguien me vea por primera vez, no significa que pueda decidir lo contrario!
Minori lo observó durante unos segundos. Después se llevó una mano al mentón, fingiendo analizarlo con la seriedad de una experta.
—Mmm… Cabello plateado, ojos violetas, rostro delicado, piel suave…
—¿Qué estás haciendo?
—Una evaluación profesional.
—¡Eso no parece una evaluación médica!
—Y una apariencia tan bonita que, si alguien te viera por primera vez, probablemente pensaría que eres una princesa de novela o la heroína de algún anime romántico.
Yuuto se quedó completamente inmóvil. Sus mejillas comenzaron a teñirse de rojo.
—…
Minori sonrió.
—¡Oh! ¡Mira esa carita! ¡Hasta te sonrojas como una princesa!
—¡YA BASTA!
Yuuto levantó los puños y comenzó a golpear suavemente las manos que Minori había colocado frente a él para defenderse.
—¡Toma! ¡Y esto también! ¡Y esto!
—¡AAAAH! ¡El ataque tierno de la princesa plateada!
—¡NO SOY UNA PRINCESA!
—¡Sus puñitos son demasiado adorables! ¡No puedo defenderme!
—¡DEJA DE LLAMARLOS ADORABLES!
Yuuto siguió golpeándole las manos con pequeños puñetazos, cada vez más colorado y enfadado. Por supuesto, no estaba haciendo ningún daño. Minori podía haber apartado las manos en cualquier momento, pero aquello era demasiado divertido para desperdiciarlo.
—¡Cuidado! ¡La princesa ha desatado toda su furia! —exclamó ella, protegiéndose teatralmente—. ¡Estamos perdidos!
—¡TE VOY A…!
Yuuto se interrumpió. No sabía qué iba a hacerle exactamente, pero estaba dispuesto a encontrar una amenaza suficientemente aterradora.
Minori aprovechó su silencio para pellizcarle suavemente la mejilla una vez más.
—¡Qué lindo!
—¡¡¡MINORI-SENSEI!!!
La enfermería se llenó de risas. Y fue precisamente en aquel momento cuando la puerta se abrió.
—¿Se puede saber qué está pasando aquí? —preguntó una voz femenina.
Minori y Yuuto se quedaron quietos. Ambos giraron la cabeza hacia la entrada.
Allí estaban Reika y Ayaka. Pero no habían venido solas. Junto a ellas se encontraba Nano Fujimoto, que había acompañado a las dos chicas hasta la enfermería después de enterarse de que Yuuto se había lastimado.
Durante unos segundos, las tres contemplaron la escena. Minori con las manos levantadas, como si acabara de defenderse de una amenaza terrible. Yuuto sentado en la camilla, con los puños preparados y las mejillas rojas. Y el rostro descubierto del muchacho, completamente visible bajo la luz de la ventana.
Yuuto palideció.
—¡Ah…!
Se apresuró a tomar su cubrebocas, el instinto de esconderse fue más fuerte. Se llevó las manos a la cabeza, intentando cubrirse el rostro con el cabello.
Reika lo notó de inmediato.
—Yuuto, tranquilo —le dijo con suavidad—. No necesitas esconderte.
Él la miró con incertidumbre. Reika se acercó un poco más.
—Nano ya sabe cómo te ves. Te vio el fin de semana en la tienda donde fuiste a comprar.
Yuuto volvió la mirada hacia Nano. Ella no parecía confundida ni horrorizada. De hecho, lo observaba con una expresión de sorpresa y curiosidad que resultaba difícil de interpretar.
—Es verdad —añadió Ayaka, cruzándose de brazos—. Así que puedes dejar de intentar convertirte en una bola de cabello plateado.
Yuuto bajó lentamente las manos. Nano, entretanto, dio un pequeño paso hacia delante. Y luego otro. Sus ojos se movían de un lado a otro, estudiando el rostro de Yuuto con una fascinación cada vez más evidente.
—Vaya…
Yuuto parpadeó.
—¿Eh?
Nano se acercó un poco más. Demasiado más. Tanto que Yuuto tuvo que inclinar ligeramente la cabeza hacia atrás para mantener una distancia razonable entre sus rostros.
—Así que este es tu aspecto real… —murmuró ella.