La MaldiciÓn Del Valle Negro

EL PUEBLO DEL SILENCIO

Nadie sale de Valle Negro igual que entró.

📖 CAPÍTULO 1:

La humedad del otoño se adhirió a mis huesos desde el momento en que el autobús abandonó la carretera principal. Miré por la ventanilla, intentando dibujar el contorno de los pinos a través de la niebla que parecía tener vida propia: se arrastraba por el suelo y se colaba por las grietas de los vidrios. Había doce horas de viaje detrás de mí, doce horas en las que intenté no pensar en el porqué de mi venida, en la carta arrugada que guardaba en el bolsillo de mi chaqueta, en la madre que no me había dicho adiós.

-Valle Negro, señorita. -El conductor gruñó sin voltear la cabeza. Su voz era tan grave y rasposa como el camino que habíamos recorrido.

Me levanté; mis piernas temblaban un poco, y cogí mi única maleta, la que mi abuela me había regalado el día de mi cumpleaños diecisiete. El autobús no se detuvo del todo, solo redujo la velocidad, como si temiera quedarse atrapado en ese lugar. Salté al suelo, que estaba fangoso y frío, y el vehículo se alejó sin mirar atrás, sus luces rojas perdiéndose en la negrura.

Me quedé sola.

El silencio fue el primer vecino que conocí. Un silencio denso, que no era el vacío, sino algo más: como si el aire estuviera saturado de palabras no dichas, de secretos que no se atrevían a escapar. A mi derecha, una valla de madera rota separaba el camino de un bosque. A la izquierda, a lo lejos, divisaba unas luces tenues, quizás una casa, quizás un faro. No había señales, no había nombres, solo el viento que susurró entre los árboles y me hizo estremecer.

Caminé durante lo que pareció una eternidad, aunque en realidad no debieron de ser más de veinte minutos. La niebla se había hecho más densa; ahora me cubría los hombros y me impedía ver más de un metro adelante. De repente, una luz blanca me cegó. Me detuve, cerré los ojos y volví a abrirlos con cautela. Era una linterna, sostenida por un hombre de mediana edad, con el pelo gris y un rostro marcado por el sol y el tiempo. Llevaba un jersey de lana descolorido y botas de cuero que parecían tan viejas como él.

-No suelen llegar extraños por esta época -dijo; su voz era cálida, como el fuego de una chimenea.

-Llegué en el autobús -respondí; mi voz salió más baja de lo que quería.

-El autobús solo pasa una vez a la semana. -El hombre bajó la linterna, miró mi maleta y luego mis ojos-. Eres la nieta de la vieja Elvira, ¿verdad?

Me congelé. ¿Cómo sabía?

-Sí -murmuré.

-Ven conmigo -dijo, girándose-. La casa está al otro lado de la plaza. No te preocupes, aquí no hay ladrones, solo gente que se cuida mutuamente.

Lo seguí; su linterna iluminaba nuestro camino. Pasamos por una plaza pequeña, con una fuente seca en el centro, y varias casas de piedra con tejados de teja roja. Todas parecían iguales, todas tenían las ventanas cerradas, como si estuvieran durmiendo.

-¿Por qué es tan callado? -pregunté, rompiendo el silencio.

El hombre se detuvo y me miró. Sus ojos eran de un azul profundo, casi el color del mar en un día nublado.

-La gente aquí guarda sus secretos bien -dijo, y luego sonrió, pero la sonrisa no llegó a sus ojos-. Tu abuela era la misma. Guardaba todo lo bueno y todo lo malo en un cajón de madera en su habitación.

Llegamos a una casa de dos plantas, con una puerta de madera oscura y un letrero en la puerta que decía Elvira. El hombre llamó a la puerta tres veces, con un ritmo específico: dos golpes cortos y uno largo.

-Espero que estés preparada para lo que vas a ver -dijo, antes de girarse y alejarse sin decir su nombre.

La puerta se abrió sola.

No fue el viento, no fue un trueno: fue algo más. Una presencia, una fuerza que me hizo entrar. La habitación principal estaba oscura, solo iluminada por una vela en la mesa de centro. El olor a canela y a libros viejos me envolvió. Vi la cama de madera en la que mi abuela había dormido toda su vida, la estantería llena de libros con las portadas rotas, el cajón de madera del que habló el hombre.

Me acerqué al cajón. Estaba cerrado con un candado de bronce, pero no tenía cerradura. Lo abrí despacio. Dentro había una foto en blanco y negro, una carta y un pequeño objeto de metal.

Cogí la carta. Era la misma que mi madre me había dado. La abrí de nuevo y leí las palabras que me habían cambiado la vida: "Ven a Valle Negro, Lila. Aquí está la verdad. Aquí estás tú."

Miré el objeto de metal. Era una llave, pequeña, con un extraño grabado en la parte superior: un lobo aullando a la luna.

De repente, escuché un ruido en la escalera. Un paso, luego otro. Lentamente, alguien bajaba las escaleras. Me quedé quieta, con la llave en la mano, esperando.

La figura apareció en la puerta. Era una mujer, pero no era mi abuela. Tenía el mismo pelo castaño que yo, los mismos ojos marrones. Me miró y sonrió.

-Finalmente has llegado -dijo-. Te he estado esperando, Lila.



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En el texto hay: misterio, suspenso, romance +16

Editado: 11.07.2026

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