Lo primero que sentí al despertar fue frío, que carcomía hasta mis huesos.
Era un frío extraño, que parecía atravesarme incluso con el abrigo puesto. Intenté abrir los ojos, pero durante unos segundos solo pude distinguir manchas borrosas y sombras que se movían sobre el techo.
No estaba en el suelo.
Estaba acostado sobre un viejo sofá.
Me incorporé lentamente y llevé una mano a mi cabeza. El mareo había desaparecido, aunque todavía sentía una presión incómoda detrás de los ojos.
Miré a mi alrededor.
La habitación no me resultaba familiar, pero algo en ella me producía una sensación extraña.
Había una chimenea apagada, varios muebles cubiertos con sábanas blancas y una enorme biblioteca repleta de libros antiguos. Sobre una mesa descansaban varias velas consumidas.
Entonces recordé.
La mansión.
El hombre.
La voz.
Y el Bienvenido a casa.
Me levanté de golpe.
—¿Dónde estoy?
Mi voz resonó por la habitación.
No obtuve respuesta.
Me revisé los bolsillos. El abrigo seguía conmigo, pero cuando busqué la carta, sentí que algo no estaba bien.
La saqué.
El papel amarillento había cambiado.
Las palabras que antes estaban escritas en aquella extraña caligrafía habían desaparecido.
Todas.
Excepto una.
Marcos.
Me quedé inmóvil.
—Esto no puede estar pasando...
Pasé los dedos sobre la tinta, esperando descubrir que simplemente se había borrado por la humedad.
Pero no.
El nombre parecía recién escrito.
Un ruido proveniente del pasillo me hizo guardar rápidamente la carta.
La puerta se abrió.
Era el hombre que había visto antes.
Ahora podía observarlo con mayor claridad. Parecía tener unos treinta años. Vestía completamente de negro y llevaba el cabello ligeramente despeinado. Sus ojos verdes seguían siendo lo más extraño de su rostro.
Se quedó mirándome durante varios segundos.
—Así que finalmente despertaste.
—¿Quién eres?
El hombre no respondió inmediatamente.
Caminó hasta una pequeña mesa y encendió una lámpara.
—Me llamo Adrián.
—¿Adrián qué?
Su expresión cambió.
—Zaldaña.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Eres de mi familia?
Adrián bajó la mirada.
—Eso depende de lo que recuerdes.
—No recuerdo nada.
—Eso es precisamente lo que temíamos.
Me acerqué a él.
—¿Qué significa eso?
Adrián me observó en silencio.
Por primera vez, pude notar algo diferente en su rostro.
No era miedo.
Era preocupación.
—Marcos, hay muchas cosas que debes saber. Pero antes necesito hacerte una pregunta.
—¿Cuál?
Se acercó lentamente.
—¿Alguna vez has tenido sueños sobre esta casa?
No supe qué responder.
Porque la respuesta era sí.
Desde que tenía memoria había tenido el mismo sueño.
Un pasillo largo.
Una puerta roja.
Un reloj marcando las doce.
Y una voz que siempre pronunciaba mi nombre.
Pero nunca había pensado que aquel sueño pudiera tener alguna relación con mi vida real.
—Sí —respondí finalmente.
Adrián palideció.
—¿Qué ves?
—Un pasillo. Una puerta roja. Y un reloj.
El silencio volvió a apoderarse de la habitación.
—¿Qué pasa? —pregunté.
Adrián se alejó de mí.
—No deberías recordar eso.
—¿Por qué?
—Porque nadie te habló de la habitación.
—¿Qué habitación?
Adrián no contestó.
En ese momento, un sonido profundo recorrió toda la mansión.
Dong
El reloj.
Me giré hacia la puerta.
Dong.
El sonido volvió a escucharse.
—¿Qué está pasando?
Adrián miró hacia el techo.
—Son las doce.
—¿Y?
Su expresión se volvió seria.
—El reloj lleva detenido más de veinte años.
Sentí que la sangre se me helaba.
Dong.
El tercer golpe resonó por toda la casa.
Las velas de la habitación se apagaron al mismo tiempo.
Adrián corrió hacia la puerta.
—¡No salgas de aquí!
—¿Por qué?
Pero ya se había marchado.
Me quedé solo.
La oscuridad volvió a envolverme.
Entonces escuché algo.
Unos pasos.
Lentos.
Provenían del piso superior.
Uno.
Dos.
Tres.
Cada paso parecía acercarse más.
Recordé las palabras de Lía en el restaurante.
«Sombras que se mueven tras sus ventanas».
«Aullidos que provienen del bosque».
Y por primera vez comprendí que quizá aquella mujer no estaba intentando asustarme.
Quizá estaba intentando advertirme.
Me acerqué a la puerta.
No debía salir.
Eso había dicho Adrián.
Pero entonces escuché una voz.
Una voz que reconocí inmediatamente.
Era la misma que había escuchado antes de perder el conocimiento.
—Marcos...
Me quedé paralizado.
La voz volvió a hablar.
—Ven a buscarme.
Miré hacia el pasillo.
No había nadie.
Sin embargo, al fondo de las escaleras había aparecido algo que antes no estaba allí.
Una puerta roja.
Sentí que el corazón me latía con fuerza.
Era exactamente la puerta de mis sueños.
Di un paso.
Después otro.
Y otro.
Sabía que debía regresar.
Sabía que debía esperar a Adrián.
Pero una extraña sensación me impulsaba hacia aquella puerta.
Cuando llegué frente a ella, descubrí algo grabado en la madera.
Un símbolo.
Un círculo atravesado por tres líneas.
Y debajo, una frase:
«La sangre siempre encuentra el camino de regreso».
Toqué el picaporte. estaba helado.
Antes de abrir, escuché un ruido detrás de mí.
Me giré.
Adrián estaba al final del pasillo.
Su rostro había perdido completamente el color.
—¡Marcos! —gritó—. ¡Aléjate de esa puerta!
Demasiado tarde.
El picaporte comenzó a girar solo.
#4419 en Thriller
#2052 en Misterio
#8427 en Fantasía
#2679 en Personajes sobrenaturales
Editado: 21.08.2026