La mamá que el destino les debía

Capítulo 1. Una casa demasiado grande

La casa de Adrián era enorme.

Tenía cuatro habitaciones, un jardín amplio, una biblioteca que casi nunca utilizaba y una cocina donde apenas se preparaban comidas completas. Había comprado aquella propiedad cuando todavía soñaba con una vida llena de hijos, reuniones familiares y domingos ruidosos.

Pero desde hacía cuatro años, el silencio se había convertido en el habitante más constante de aquella casa.

Adrián estaba de pie frente a la ventana de la sala mientras observaba el jardín. En sus manos sostenía dos pequeños vasos de leche que acababa de preparar.

—¡Papá! —gritó una voz desde el piso de arriba.

Adrián cerró los ojos por un instante.

—¿Qué pasó, Mateo?

—¡Sofía me quitó mi dinosaurio!

—¡Porque es mío! —respondió la niña entre risas.

Adrián dejó los vasos sobre la mesa y subió las escaleras.

Cuando llegó a la habitación, encontró a sus mellizos sentados sobre la cama. Mateo tenía cuatro años, el cabello ligeramente despeinado y una expresión de indignación que apenas podía contener la risa. Sofía, idéntica a su hermano en algunos rasgos, abrazaba un pequeño dinosaurio de peluche.

—A ver, pequeños —dijo Adrián—. ¿Cuántas veces les he dicho que los juguetes se comparten?

Los dos se miraron.

—Muchas —contestaron al mismo tiempo.

Adrián no pudo evitar sonreír.

—Entonces, ¿por qué siguen peleando?

—Porque él tiene muchos —respondió Sofía.

—¡Y ella también!

Adrián suspiró.

—Está bien. Hoy jugarán juntos.

Los mellizos protestaron, pero terminaron abrazándose entre risas.

Adrián los observó durante unos segundos.

Aquellos dos pequeños eran lo más importante de su vida.

Después de perder a su esposa, había prometido que haría todo lo necesario para que sus hijos nunca sintieran que les faltaba amor.

Pero algunas noches, cuando los niños dormían, Adrián se preguntaba si realmente estaba cumpliendo aquella promesa.

Su esposa, Elena, había muerto cuando los mellizos apenas tenían unos meses.

Una enfermedad inesperada se la había llevado demasiado pronto.

Adrián todavía recordaba el último día.

Recordaba sus manos frías.

Su mirada cansada.

Y aquella última sonrisa que había dedicado a sus hijos.

Desde entonces, había evitado hablar de ella.

No porque la hubiera olvidado.

Todo lo contrario.

La recordaba demasiado.

—Papá...

La pequeña voz de Sofía lo sacó de sus pensamientos.

—¿Sí?

La niña lo miraba con sus grandes ojos.

—¿Tú estás triste?

Adrián se agachó frente a ella.

—No, princesa.

—Sí estás.

Mateo también lo observó.

—A veces te quedas mirando la foto de mamá.

Adrián guardó silencio.

Los niños habían empezado a hacer preguntas sobre Elena desde hacía algunos meses.

Él siempre había intentado responderlas con cariño, aunque todavía le doliera.

—Mamá era una mujer muy buena —dijo finalmente—. Los quería muchísimo.

—¿Y dónde está? —preguntó Sofía.

Adrián respiró profundamente.

—Está en el cielo.

La niña bajó la mirada.

—¿Y por qué no viene?

Aquella pregunta le dolió más que cualquier otra.

Adrián tomó a sus dos hijos entre los brazos.

—Porque hay personas que se van antes de tiempo, mi amor. Pero eso no significa que dejen de querernos.

Sofía apoyó la cabeza sobre su pecho.

—Yo extraño a mamá.

Adrián cerró los ojos.

—Yo también.

Durante unos segundos, ninguno habló.

Entonces Mateo levantó la cabeza.

—Papá...

—¿Qué pasa?

El pequeño dudó antes de hablar.

—¿Nosotros vamos a tener una mamá algún día?

Adrián se quedó completamente inmóvil.

No esperaba aquella pregunta.

Miró a sus hijos y después desvió la mirada hacia la fotografía que descansaba sobre la cómoda.

Elena sonreía desde aquella imagen.

Era la misma sonrisa que había visto tantas veces.

—¿Por qué preguntan eso?

Sofía respondió con absoluta naturalidad.

—Porque todos los niños del colegio tienen mamá.

Adrián sintió un nudo en la garganta.

—Ustedes tuvieron una mamá.

—Pero ya no está —dijo Mateo.

Aquella frase le atravesó el corazón.

Adrián abrazó a sus hijos con más fuerza.

—Yo estoy aquí.

—Sí —contestó Sofía—. Pero tú eres papá.

Mateo asintió.

—Queremos una mamá.

Adrián no supo qué decir.

Por primera vez en cuatro años, comprendió que sus hijos estaban empezando a sentir de una manera distinta la ausencia de Elena.

Y no sabía cómo llenar aquel vacío.

—Vamos a dormir —dijo finalmente.

—¿Nos prometes que tendremos una mamá? —preguntó Sofía.

Adrián acarició su cabello.

—No puedo prometerles algo así.

Los mellizos intercambiaron una mirada.

—Entonces nosotros vamos a buscarla —declaró Mateo.

Adrián soltó una pequeña risa.

—¿Ah, sí?

—Sí —respondió Sofía—. Nosotros sabemos escoger.

Aquella noche, después de acostar a los niños, Adrián bajó nuevamente a la sala.

La casa volvió a quedar en silencio.

Miró la fotografía de Elena que estaba sobre la chimenea.

—Perdóname —murmuró—. No sé cómo hacerlo sin ti.

Tomó la fotografía entre sus manos.

—Pero voy a cuidar de ellos.

No sabía que, mientras pronunciaba aquellas palabras, el destino ya estaba preparando un encuentro que cambiaría para siempre la vida de los tres.

Porque muy pronto, una mujer llamada Valentina entraría en aquella casa.

Y nada volvería a ser igual.




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