A la mañana siguiente, Adrián despertó con la sensación de no haber dormido nada.
Había pasado gran parte de la noche pensando en la conversación con sus hijos.
«Queremos una mamá».
Aquellas palabras no dejaban de repetirse en su cabeza.
No era que Adrián no comprendiera lo que los niños necesitaban. Sabía perfectamente que Mateo y Sofía estaban creciendo y comenzaban a comparar su vida con la de otros pequeños.
Lo que no sabía era cómo explicarles que una persona no podía ser reemplazada.
Elena había sido su esposa, la madre de sus hijos y el amor de su vida.
No podía simplemente buscar a otra mujer y esperar que ocupara su lugar.
—¡Papá!
El grito de Mateo lo hizo levantarse de inmediato.
—¡Ya voy!
Adrián bajó rápidamente las escaleras y encontró a los mellizos en la cocina.
Sofía estaba sentada sobre la encimera, mientras Mateo intentaba alcanzar una caja de cereal.
—¿Qué hacen?
—Tenemos hambre —respondió Mateo.
—Eso ya lo veo.
Adrián tomó la caja y preparó el desayuno.
Los niños comenzaron a comer mientras él revisaba algunos mensajes de trabajo en su teléfono.
De pronto, Sofía dejó la cuchara sobre la mesa.
—Papá.
—¿Sí?
—Hoy vamos a buscar mamá.
Adrián levantó la mirada.
—¿Qué?
Mateo sonrió.
—Sofía y yo pensamos anoche.
—Eso me preocupa.
Los dos comenzaron a reír.
—Tenemos que encontrar una mamá —dijo Sofía.
Adrián dejó el teléfono sobre la mesa.
—Escuchen. Ustedes no pueden salir a buscar una mamá.
—¿Por qué?
—Porque las cosas no funcionan así.
—¿Entonces cómo funcionan?
Adrián se quedó sin respuesta.
Mateo levantó una mano como si estuviera en la escuela.
—Yo sé.
—A ver.
—Primero encontramos una señora bonita.
Sofía añadió:
—Que le gusten los niños.
—Y que sepa cocinar —continuó Mateo.
—Y que nos quiera mucho.
Adrián se llevó una mano al rostro.
—Dios mío...
Los mellizos volvieron a reír.
—No es divertido —dijo él, aunque una sonrisa apareció en su rostro.
Después del desayuno, Adrián llevó a los niños al colegio.
Antes de entrar, Sofía lo abrazó por la cintura.
—No te preocupes, papá.
—¿Por qué?
—Nosotros vamos a encontrarla.
Adrián suspiró.
—Vayan a clases.
Los niños entraron corriendo.
Adrián permaneció unos segundos observándolos.
Luego subió a su automóvil.
No podía negar que aquella conversación le había dejado una sensación extraña.
Por primera vez se preguntó si había pasado demasiado tiempo encerrado en el recuerdo de Elena.
Tal vez sus hijos no necesitaban que encontrara una mujer para reemplazarla.
Tal vez simplemente necesitaban que él volviera a vivir.
Aquella tarde, Adrián recibió una llamada de la directora del colegio.
—Señor Montenegro, no se preocupe. Los niños están bien.
—Entonces, ¿qué ocurrió?
—Sus hijos tuvieron un pequeño incidente durante la salida.
Adrián llegó al colegio pocos minutos después.
Encontró a Mateo sentado en una banca con los brazos cruzados y a Sofía junto a él.
—¿Qué hicieron?
Los mellizos se miraron.
—Nada —dijeron al mismo tiempo.
La directora sonrió.
—Sus hijos intentaron ayudar a una mujer que dejó caer unas bolsas en la entrada.
Adrián frunció el ceño.
—¿Una mujer?
—Sí. Una joven que estaba esperando un taxi.
Adrián miró hacia la puerta.
Entonces la vio.
Una mujer estaba agachada recogiendo varias cosas que habían caído al suelo.
Tenía el cabello largo y oscuro, llevaba unos jeans sencillos y una blusa clara. No parecía darse cuenta de que alguien la observaba.
Sofía tomó la mano de su padre.
—Es ella.
Adrián bajó la mirada.
—¿Ella quién?
—La mamá.
Adrián casi se atragantó.
—Sofía...
Pero antes de que pudiera decir algo más, la joven se levantó.
Sus ojos se encontraron con los de Adrián.
Durante unos segundos, ninguno apartó la mirada.
Ella sonrió cortésmente.
—¿Son sus hijos?
Adrián asintió.
—Sí.
—Son muy lindos.
Mateo se acercó inmediatamente.
—¿Tú tienes hijos?
La mujer abrió los ojos sorprendida.
—No.
—¿Quieres tener?
Adrián cerró los ojos.
—Mateo...
La joven soltó una pequeña risa.
—Algún día, quizá.
Sofía se acercó a ella.
—¿Te gustan los niños?
—Muchísimo.
Los mellizos sonrieron.
Adrián, en cambio, estaba completamente avergonzado.
—Disculpe el interrogatorio.
—No se preocupe.
La mujer recogió su bolso.
—Soy Valentina.
Adrián tardó un segundo antes de responder.
—Adrián.
—Mucho gusto.
—Igualmente.
Valentina se despidió de los niños y comenzó a caminar hacia la calle.
Los mellizos la observaron hasta que desapareció.
—Es ella —dijo Mateo.
—Sí —respondió Sofía.
Adrián los miró.
—No empiecen.
Los niños rieron.
Adrián no podía saberlo todavía, pero aquel encuentro aparentemente insignificante sería el comienzo de algo que ninguno de ellos había imaginado.
Porque Valentina había aparecido en su vida por casualidad.
O eso era lo que él creía.